DOS CRUCES EN EL MONTE DEL OLVIDO
JAMÁS LA DUDA SE QUEDÓ DESNUDA
Hoy, martes, veintiocho de noviembre de dos mil veintitrés (cumpleaños de mi ahijada y la mayor de mis sobrinas, Raquel, a quien por otro cauce o vía le he enviado deseos de felicidad a raudales), tras desayunar, he ido al convento y he golpeado tres veces el picaporte de la puerta, como así manda hacer el cartel colocado junto al mismo. Como el fraile portero que ha abierto el ventanuco que queda a la altura de los ojos, fray Guillermo, me conocía y yo a él, no he tenido que presentarme, así que me he limitado a darle los buenos días, de educado rigor, y a preguntarle si estaba libre de tareas fray Ejemplo, por si podía atenderme y dedicarme unos minutos. Ha cerrado la portezuela, ha ido a coronar mi petición o recado y, cuando ha vuelto de realizar dicho trámite, me ha contestado que sí a las dos cuestiones planteadas, pero no antes de habérselas hecho llegar él, claro, al interesado, y me ha abierto la avejentada y chirriante puerta de madera de roble y me ha acompañado, como ha hecho otras veces, hasta el recibidor, comentándome lo acostumbrado, antes de marcharse, que en dos o tres minutos haría acto de presencia allí fray Ejemplo.
Como era la enésima vez que acudía a su presencia, en su ayuda (a fin de que me abriera, de par en par, mi atorado cacumen o caletre, y así servidor pudiera decidir con conocimiento de causa, equidad, prudencia y sensatez; he de reconocer sin ambages que para mí una audiencia con él era y es mano de santo), él era ya conocedor exhaustivo de mis anteriores enamoramientos y de los subsiguientes fracasos cosechados; así que, por no cansarlo ni ser cargante, he hecho un escueto epítome y he ido al meollo del lío presente, pues quería evitar otro embrollo de padre y muy señor mío, de semejante jaez al anterior y último, ya que tenía la sensación refractaria de haberme metido, velis nolis, precisamente, en uno de ese tipo.
Fray Ejemplo ya me conoce, pero, como el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos puede serlo, sin duda, mas esporádico de esta bitácora, y, por ende, si no todo, lo ignore casi todo de mí, le hago un compendio o resumen breve para que tenga constancia del hecho. Filosóficamente hablando, aunque defiendo lo mismo que el escritor francés Romain Rolland, premio Nobel de Literatura de 1915, el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, fórmula que luego propagó con éxito Antonio Gramsci, tanto que muchos creen que esa idea original es suya, me siento alejado del optimismo metafísico leibniziano y cercano a la reducción al absurdo que en “Candide” (“Cándido”), novela satírica, publicada en 1759, hizo François-Marie Arouet, Voltaire, de la idea expuesta por el polímata alemán Gottfried Wilhelm Leibniz de que el mundo existente es el mejor de todos los mundos posibles. En cierto modo, me veo como un mero trasunto de Cándido, quien, constantemente, se aventura, de buena fe, en la vorágine del mundano existir, siendo siempre recto en su proceder, pero viéndose, de continuo, defraudado en sus ilusiones sobre el amor y otras materias humanas.
Transcribo, a continuación, por considerarlo pertinente, distintivo y relevante, el último parlamento suyo, que le he pedido poder grabar con mi móvil y me lo ha concedido, tras escuchar el abajo firmante qué pronunciaban sus labios, la locución adverbial “en resumen”:
“No conviene prejuzgar (ya conoces; ¡cuántos perjuicios acarrean los prejuicios!), pero de algo nos tiene que servir la experiencia, madre y maestra de la ciencia; así que debemos extraer lógicas consecuencias, positivas enseñanzas, de nuestras vivencias anteriores, de nuestras conductas pretéritas. Teniendo en cuenta las tales, y observando patrones comportamentales coincidentes con los de Mayte, me temo que vas a recibir de tu excesivamente circunspecta novia actual el mismo trato cicatero de sus precedentes. Tú vas a seguir dando amor a espuertas, como siempre has hecho (basta con echarle un vistazo rápido a los escritos que has publicado en tu blog para cerciorarse de ello) y, cuando se te pase el enamoramiento, comprobarás que solo has recibido migajas, si es que las has recibido. Lamento tener que decírtelo de nuevo; sé que, tras la ruptura, que se impone, te vas a enamorar una vez más, y que vas a ser generoso, porque solo entiendes el amor así, no rácano; en suma, que vas a cometer los mismos errores en los que has incurrido una y otra vez, y sé que, cuando vuelvan a surgirte las dudas, vas a venir a comentármelas, y me temo que yo insistiré en usar las mismas razones y acaso hasta idénticas palabras. Sé que sabes que yo no creo en el destino, pero, cada vez que vienes, aunque no te lo he comentado jamás, hasta hoy, constato que vuelvo a recordar parte de la letra de un bolero de Carmelo Larrea, “Dos cruces”, que solía escuchar en los labios de mi progenitora, que te cuadra a ti y a tus amores naufragados: ‘Están clavadas dos cruces / en el monte del olvido / por dos amores que han muerto / sin haberse comprendido. / Están clavadas dos cruces / en el monte del olvido / por dos amores que han muerto / que son el tuyo y el mío’”.
Nota bene
Está claro, cristalino, que fray Ejemplo es el mejor maestro del convento; ahora bien, si Aristóteles adujo que hay un rincón de insensatez en el cerebro del más sabio, ¿quién te dice que no ha salido de ese rincón sandio de fray Ejemplo la recomendación que acaba de hacerte? La duda, siempre la duda, que nunca llega a desnudarse del todo. ¿La llevo a cuestas, como Sísifo su proverbial roca?
Ángel Sáez García