El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La verdad, sin un ápice de engaño

LA VERDAD, SIN UN ÁPICE DE ENGAÑO

El hombre (cada quisque, cualquier semejante), incluido el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos, y, asimismo, por supuesto, el primero de los tales, el abajo firmante, su seguro servidor, es un misterio encerrado en una incógnita, metida esta, a su vez, dentro, pero en el mismo centro, de un enigma, o sea, alguien desconocido, una persona difícil y aun imposible de comprender del todo.

¿Por qué unos “nasciturus” mueren en su estado fetal y otros devienen en recién nacidos (con o sin problemas)? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Puede que haya una causa física desencadenante (descubierta a posteriori, tras la autopsia) del hecho o no.

¿Por qué uno o dos ocupantes de un vehículo perecen como consecuencia de un accidente de tráfico, como eso le ocurrió a mi hermano y mecenas, José Javier, y otros no, pues seguimos respirando, tras pasar 45 años cabales de aquel fatal día de Navidad? Nadie sabe cuál fue el origen (yo eché la culpa a la densa niebla y a los potentes faros de un camión, que nos deslumbraron, pero…; hoy no podría asegurarlo al ciento por ciento), aunque el hecho sí que nos constó a todos los que salimos vivos, damnificados o ilesos, del mismo; unos con más secuelas (físicas o psicológicas) que otros, está claro, y pudimos contar el choque del coche y la posterior odisea padecida, sin llamarnos ninguno Odiseo o Ulises.

Por muchos y variados planes que hayamos hecho (casarnos, viajar a dar una conferencia a un Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato, ir a la ópera, al teatro o al cine, con alguien especial, bien deudo, bien amigo), todos se pueden torcer y venir abajo o arruinar en un santiamén. Y no hablo de una simple, pero dolorosa, torcedura de tobillo, sino de algo mucho peor, perder la vida, por ejemplo, por culpa de un infarto de miocardio fulminante. He tenido un familiar y dos amigos íntimos (ella y él) que han fallecido, tras sucumbir a sendas paradas cardiorrespiratorias. Y no les sirvió de nada estar al lado de dos centros de salud y un hospital, respectivamente, pues las maniobras de reanimación cardiopulmonar fueron baldías en los tres casos. ¿Sabían, cuando se levantaron de la cama, que aquel día sería el último de sus respectivas vidas? Seguramente, no, pues hubieran puesto las medidas preventivas pertinentes, barrunto.

Como regla general, todo ser humano fue consciente, tres o cuatro años después de acaecer el hecho, del día, mes y año en el que nació, pero ignora cuándo su existencia tocará a su fin, aunque algunas/os, por la sintomatología que padecen (y con más razón, si son trabajadoras/es sanitarias/os), aventuran o intuyen que su final está próximo.

A mí, verbigracia, hallándome en Granada (donde se airea y, por ende, se escucha por doquier, en cualquier esquina o rincón de dicha ciudad, que todo es posible, hasta un milagro), antes de entrar a visitar La Alhambra, una gitana se me acercó, me pidió que le enseñara la mano izquierda y en las líneas de la palma de la susodicha leyó (pues eso me pronosticó) que servidor ganaría el Premio Nobel (de Literatura, colegí; no me lo creí, por supuesto, pero, ¿cómo supo que escribía?; sí advertí que era una estupenda añagaza o subterfugio para que la propina o voluntad que le diera fuera más espléndida). Juzgo hoy que esa profecía tiene pocos visos de cumplirse, y poco importa que esa videncia (por llamarla de alguna manera) fuera evidente para ella, pues tengo 61 años, y, aunque escribo todos los días, desde hace veintitantos años (estas líneas, verbigracia, las redacto hoy, domingo 31 de diciembre de 2023, a las cinco y cuarto la tarde) aún no he publicado un solo libro, de forma individual, si bien, de aquí a cinco años, pueden ver la luz diez; con todo, me esfuerzo por ser digno merecedor (como eso mismo, supongo, harán otros muchos letraheridos) de dicho galardón.

Dicen que no hay muerte mejor que la que acaece tras obtener un orgasmo. Para quienes llevamos décadas sin hacer el amor con mujer amada (o sin amar), de manera placentera, sin haber tenido que dar el voto de castidad, acaso sí la haya: tras firmar un texto, por ejemplo, este, por esta razón de peso, porque contiene la verdad pura y dura, sin acarrear un solo embeleco.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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