El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Tabla de salvación, tras el naufragio

TABLA DE SALVACIÓN, TRAS EL NAUFRAGIO

LOS SESENTONES, ¡CUÁNTO HEMOS CAMBIADO!

¡Cuánto hemos cambiado los sesentones, sí, los sexagenarios (no “sexageranios”, su anagrama, voz que no recoge el Diccionario de la lengua española, DLE, por supuesto, como había tecleado servidor al principio, que, de existir, significaría algo parecido a “sexador de geranios”, si alguien tuviera dicho oficio, claro; en lo concerniente a las creencias o ideas, sobre todo —hoy me confieso un ecléctico o sincrético, sin sentir ningún sonrojo por lo que lleva aparejado, considerarme un ser impuro, mestizo—; desde el punto de vista físico, solo hemos avejentado, envejecido; nos seguimos llamando como antaño, aunque ahora usemos más para nosotros, todos los heterónimos que agrupo o reúno bajo el mismo marbete o marca de la casa, Otramotro, el seudónimo por el que deseamos ser conocidos —si, además, somos reconocidos por nuestros pares, pues miel sobre hojuelas— en el ámbito literario)! Si echamos la vista atrás, y nos retrotraemos, por ejemplo, a cuando fuimos verdaderamente felices, mientras frecuentábamos el edén, que, para mí (quienes me lean con asiduidad ya saben dónde lo ubico), está situado en un “cronotopo” o lugar y tramo de mi vida concretos, los tres últimos años de la extinta Educación General Básica, EGB, que cursé en el seminario menor navarretano, ¡cuánto hemos mudado!

Allí, entre buena gente, tanto formadores (los religiosos camilos resultaron fundamentales en nuestra educación, pues ejercieron con nosotros de peritos motivadores o “espabiladores” —no me cabe en el cacumen ni entiendo que dicha voz no la haya acogido o recogido todavía el DLE en su seno; si despertador es la persona o el aparato que despierta, espabilador es la persona o el aparato que espabila— de dones o talentos; ¿acaso no fueron quienes nos desasnaron?) como amigos, compañeros o émulos, aprendí a ser lo que hoy en día aún aspiro y me esfuerzo por continuar siendo, una esponja; a estar atento a cuanto oía y leía, a fin de quedarme con lo precipuo o principal, con lo útil para mi formación como futuro religioso de dicha orden o, en su defecto, si no alcanzaba ese primer objetivo, por lo menos, para poder presentarme en la sociedad que me tocara en suerte con el bagaje acopiado, con el acervo cultural y la actitud o el comportamiento que me identificara como un ciudadano responsable, hecho y derecho. Está claro, cristalino, que, de aquel creyente, con la fe del carbonero (que menciona varias veces Unamuno, en su ensayo filosófico “La agonía del cristianismo”, 1925), he devenido en una persona agnóstica, atea; un sujeto escéptico redomado, como, de manera usual, suelo presentarme hoy.

Algunos años después, dejémoslo en un lustro largo, del aprendiz de ruiseñor o vate que presentó su primer poemario a un concurso literario, con el doble propósito de ver publicado su “Camino del tú”, pues ese fue el rótulo que había elegido para él y le puse al mismo, y aún permanece inédito, aunque haya publicado varios de sus poemas, dedicados en su inmensa mayoría a mi difunto hermano y mecenas, José Javier, en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, y de ser conocido cuanto antes, he pasado a ser un literato que se conforma con seguir siendo el desconocido (o casi) que siempre fue, y no tener que acudir, qué fastidio y qué pereza da solo pensarlo, a entrevistas y presentaciones que, si bien me harían más visible, también, en la misma medida, más esclavo o siervo, por la sencilla razón de que en el anonimato se vive tan plácidamente como otrora en Navarrete, en la misma gloria.

No obstante, siguen pareciéndome ajustadas, estupendas, inmejorables, oportunas, esas palabras que refiere don Quijote en el capítulo III de la Segunda parte de la inmortal obra de Cervantes: “—Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara”.

No sé qué hacer con las teselas que llevo urdidas y conforman ese mosaico que, si ve la luz un día, se titulará (a mí no me cabe la menor duda) “Algaso”, que no es una novela, aunque a mí me amaneció y empecé a trenzar las piezas del puzle o rompecabezas que componen con dicho propósito, pero, ¡cuántas veces nuestros planes o retos no se logran ni cumplen ni alcanzan, o sea, devienen en otros tantos fracasos, en agua de borrajas o cerrajas! Publicarlo acaso sea la mejor solución para salvarlo de la ceguera o la quema en una pira, hallar su tabla de salvación, tras irse a pique la nave, tras ocurrir el naufragio.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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