LA ATENCIÓN, REQUISITO IMPRESCINDIBLE
LO APRENDERÁ, SI QUIEN LE ENSEÑA INSISTE
“Cuando la atención se fija más tiempo o con más frecuencia de lo normal en un objeto, hablamos de ‘manía’. El maniático es un hombre con un régimen atencional anómalo. Casi todos los grandes hombres han sido maniáticos, solo que las consecuencias de su manía, de su ‘idea fija’, nos parecen útiles o estimables. Cuando preguntaban a Newton cómo había podido descubrir su sistema mecánico del universo, respondió: Nocte dieque incubando (‘pensando en ello día y noche’). Es una declaración de obseso. En verdad, nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen de atención. En cada hombre se modula de manera diversa. Así, para un hombre habituado a meditar, insistiendo sobre cada tema a fin de hacerle rendir su secreto jugo, la ligereza con que la atención del hombre de mundo resbala de objeto en objeto es motivo de mareo. Viceversa, al hombre de mundo le fatiga y angustia la lentitud con que avanza la atención del pensador, que va como una red de fondo sacando la áspera entraña del abismo. Luego hay las diferentes preferencias de la atención que constituyen la base misma del carácter. Hay quien, si en la conversación surge un dato económico, queda absorto, como si hubiese caído por un escotillón. En otro irá la atención espontáneamente, por propio declive, hacia el arte o hacia asuntos sexuales. Cabría aceptar esta fórmula: dime lo que atiendes y te diré quién eres.
“Pues bien: yo creo que el ‘enamoramiento’ es un fenómeno de la atención, un estado anómalo de ella que en el hombre normal se produce”.
José Ortega y Gasset, “Estudios sobre el amor”, 1939.
A menos de dos meses de que cumpla 62 tacos, el abajo firmante, servidor, está completa, entera y plenamente convencido de escasas cosas, pero está seguro de que una de las pocas que sí está persuadido, sin duda, es de esta, de que cualquier conocimiento que pertenezca a cualesquiera parcelas del saber es susceptible de ser aprendido y, de hecho, se aprende (esto es lo que la propia experiencia, madre y maestra de la ciencia, le ha enseñado a asimilar, al menos), siempre que se cumpla, a machamartillo y a rajatabla, esta doble condición sine qua non, que se preste la máxima atención a cuanto se hace, y que se repita machaconamente, una y otra vez, lo que ha propuesto como modelo a seguir (a fin de emularlo) el docente, hasta que arraigue. Me consta que esto no está muy alejado de lo que concluyeron otrora los clásicos didácticos grecolatinos, o sea, que se aprende por imitación de la madre naturaleza, por mímesis (a veces, sí, de los propios émulos o compañeros de estudios, como se aprende de alguno de ellos a mondar una manzana de otra manera distinta a la que tú lo hacías y, como adviertes, por el motivo o el conjunto de razones que sean, que es mejor que la tuya, la adoptas; mutatis mutandis, eso mismo sucede con cuanto te seduce, sí, su anagrama, por ejemplo, con las verdades irrefutables, apodícticas, que te enseñan, al objetar y lograr abatir del pedestal donde habías colocado la tuya, ahora derribada, los demás).
¿Acaso no es esa la misma idea ética y estética que acarrea el imperativo categórico de Immanuel Kant? Si no lo es, se le parece mucho, como una gota de agua a otra gota de agua, a cuanto antaño yo me aprendí así: “Obra de tal manera que tu forma de actuar se convierta en ley universal”. En plata, o a la pata la llana, sé buen modelo comportamental o actitudinal para tus congéneres, sean tus compañeros o tus alumnos.
Bueno, pues, la tesis anterior, que este menda pensaba que era originalmente suya, después de pasar su vista por la sección IDEOGRAFÍAS, concretamente, la tribuna que firma su autor, Braulio García Jaén, en la página 8 del suplemento IDEAS de EL PERIÓDICO GLOBAL, EL PAÍS, del domingo 11 de febrero de 2024, y el rótulo de “El filósofo que piensa desde la igualdad de las inteligencias”, comprueba (mitad defraudado, qué chasco, y mitad orgulloso, qué honor) que tres cuartos de lo propio ya lo habían advertido antes otros hacedores, verbigracia, Jacques Rancière (de quien cabe aseverar que, aunque su apellido suene a rancio, su pensamiento no lo es), quien, íntegro, honesto, reconoce, a su vez, que aprendió su idea de la igualdad de las inteligencias de su maestro (aunque este no le diera nunca una clase en aula alguna, que fue quien sostuvo cuanto había constatado, que, si todo quisque “aprende por su cuenta a hablar y a razonar, la igualdad de las inteligencias es un punto de partida, no la meta”) Joseph Jacotot (1770-1840), que Rancière dio en llamar “teoría del maestro ignorante”, ya que el alumno aprende de cuanto indaga por sí mismo, no (aunque también lo haga de) lo que le transmite el profesor.
Seguramente, a algún atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos le extrañará leer el apunte auténtico, fetén, verdadero, que haré a continuación, si no fue exalumno del conspicuo colegio navarretano, claro, ya que, en el panel, habilitado para tal fin, en la pared de cada clase de cada curso (entonces, tres, Sexto, Séptimo y Octavo), se exponían públicamente las notas de todos los discentes, tras cada nueva evaluación. ¿Saben cuál era la primera nota que encabezaba el listado de dichas calificaciones? ¡Atención!; que no era, evidentemente, ninguna asignatura reconocida por el Ministerio de Educación y Ciencia de entonces, franquista, sí, por supuesto.
Si servidor escribe algún día la novela o el guion de la película, que nota que va madurando paulatinamente en su cabeza, y se atiene al orden del mismo, comenzará el rodaje de la misma con un trávelin, en el que, tras filmar la cámara cómo el viento otoñal arremolina aquí y dispersa allí, en el patio, en forma de u invertida, las hojas caídas de los árboles, se desplaza hacia arriba y llega a la altura de una de las ventanas del aula de Sexto de Educación General Básica, donde el docente, Jesús Arteaga Romero, imparte clase de Lengua. A través de los cristales, no se escucha, lógicamente, cómo los alumnos repiten, en voz media y consensuada, al alimón, las tablas de multiplicar, sino los listados de las sílabas iniciales de las palabras de aquellas inolvidables reglas de ortografía no canónicas, que ideó el magín creativo de Pedro María Piérola García: tri-, tur-, nu-, su-, cu-, ca-, ga-, ver-…; di-, jo-, le-, en-, cla-, se-, con-, mo-, fa-…
Ángel Sáez García