El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Algún bocazas se ha ido de la lengua

ALGÚN BOCAZAS SE HA IDO DE LA LENGUA

“La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal”.

Oscar Wilde, “El retrato de Dorian Gray”.

Al parecer, ayer, en los cenáculos y mentideros de Algaso, no se hablaba de otra cosa; las reivindicaciones de los agricultores, haciendo uso de sus tractores, las elecciones de Galicia y la tan traída como llevada ley de amnistía habían pasado a un segundo o tercer plano. Reconozco que a mí me había llegado algún retazo suelto o trozo menudo sobre el tema por varios canales o cauces, pero había mantenido, como prometí, que mi mui quedaba circunspecta o discreta, cerrada a cal y canto, callada. Pero está visto que no todo quídam está preparado para guardar un secreto, y este ya es vox populi.

Hay quien asegura, de buena tinta, que alguien, buscando una caja de cartón en el contenedor azul (para darle el uso que fuera), se encontró inopinadamente con un tesoro, un manojo de hojas, que le llamaron la atención por la bella caligrafía de la mano que redactó las líneas que contenían. Allí, a la luz de una farola, les echó un primer vistazo, y como cuanto entendió de lo que leyó le gustó, se interesó por lo que en el resto de las que no pudo pasar su vista por ellas se contaba; y se las llevó a casa para leerlas más atenta y detenidamente. Lo hizo sin la caja, que, por arte de birlibirloque o magia, pasó de elemento primordial o prioritario a secundario, despreciable y aun desechable. Según se cuenta, rumorea y secretea en voz baja, esas hojas pertenecieron y las trenzó un psiquiatra de la villa, que se deshizo de ellas, porque ya las había pasado a ordenador y guardado a buen recaudo donde fuera o por cualesquiera otras razones o causas (vete tú a saber cuáles o por qué).

En ellas se narraba que un sacerdote, F., que vive en un edificio de seis plantas con ascensor, atendió la petición que le hizo, tras celebrarse una junta ordinaria, la vecina del segundo C, S., y pactó con ella que la hija mayor de esta, L., acudiría a su piso, el quinto D, los martes y jueves a hacerle la limpieza, durante dos horas por las tardes. Habían acordado que le entregaría a la madre los sábados cuarenta euros por las cuatro horas semanales.

Bueno, pues, he aquí el motivo de la consulta o visita que F. le hizo al médico de la psique. Aunque, durante el mes que llevaba limpiando el piso L., nunca habían coincidido los dos en casa, el sacerdote había soñado media docena de veces que había hecho el amor con la quinceañera.

F. sabía que no había pecado en la realidad, porque nada había ocurrido, nada, y por eso no debía confesarse; pero se mostraba disgustado, porque no podía controlar a su inconsciente, que va por libre, y no lo puede manejar, ya que no lleva ni admite que se le pongan riendas. Ahora bien, como eso no le había ocurrido antes, se ha preocupado sobremanera. Ha pensado en hablar con S. y decirle la verdad, lo que le pasa, pero le ha dado vergüenza. Lo ha consultado, al menos, con dos colegas, de su máxima confianza, pero, como, a veces, ocurre, que el remedio es peor que la enfermedad, le han aconsejado posturas contrarias, diametralmente opuestas. Uno le ha recomendado que le mienta a S. y le diga que su hija limpia bien, pero que, a partir del próximo mes, vendrá a hacerle esa tarea una sobrina suya. Según su criterio, quien evita la ocasión elude el peligro. El otro día, ¡qué casualidad!, F. subió en el ascensor con L.; mientras el primero sudaba la gota gorda, a la quinceañera se le veía contenta, porque ahora dispone de dinero para pagarse sus cosas. Estaba tan alegre que no le dijo nada al respecto; tampoco a S. el sábado, cuando le entregó los cuarenta euros del ala.

El otro cura le recomendó lo adverso o antitético. Le dijo, por propia experiencia, que la única manera de salir airoso de ese trance, de vencer la tentación, no es seguir el ejemplo que acarrea y encierra el epígrafe propuesto, de Oscar Wilde, que encabeza las líneas de esta urdidura o “urdiblanda”, sino afrontándola, echándole arrestos y valor al asunto de marras. Así es como él logró vencer su doble adicción al alcohol y al juego, comprando varias botellas de güisqui y entrando en los bares a escuchar la tentadora musiquita de las tragaperras. Las botellas siguen intactas, sin desprecintarse, en el mueble bar; y el bolsillo sin agujeros.

Según mi parecer, prisma o punto de vista, la solución del problema del clérigo no está ni estriba ni radica en intentar borrar o eliminar el sentimiento de culpa de un plumazo, puesto que este ha arraigado, se ha instalado y se ha enseñoreado de la conciencia del sacerdote, sino en erradicar la importancia que este le concede, que es la que lo está alimentando. Si esos sueños se los hubiera tomado a broma, tal vez, sí, pesada, acaso el problema ya hubiera pasado de largo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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