UN CUENTO, UNA TRAGEDIA Y UNA FARSA
DEPENDIENDO DEL PRISMA, ASÍ ES LA VIDA
“La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre el escenario y después no se le oye más; un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.
William Shakespeare, “Macbeth”, acto quinto, escena quinta.
Conviene no generalizar, porque eso puede llevarles a incurrir en un error. A mí, unas veces, el barullo me fue adverso, baldío, inútil; y, otras, el revoltijo, su primo hermano o carnal, me resultó fecundo, prolífico, propicio. Por las razones que fueran (no se las refiero a ustedes porque las desconozco, de veras), nuestra mente es un totum revolutum, y de ese maremágnum no saqué nada de provecho, en claro. Ahora bien, por otras, ídem, el abajo firmante, el mismo sujeto, logró extraerle todo el jugo y, por ende, el máximo partido. Así pues, a ustedes, atentos y desocupados lectores (ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios) de estos renglones torcidos, les ruego encarecidamente que no me pregunten, insisto e itero el quid, por el o los porqués, porque los ignoro. Pero no que esos hechos, contradictorios entre sí, sucedieron.
Hoy, mientras me hallaba descansando, durmiendo en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, he soñado que cuatro amigos míos habían acudido a mi casa sin haber sido llamados por servidor. El póquer lo formaban William Shakespeare, Demetrio de Falero, Cayo Suetonio Tranquilo y Karl Marx. Al parecer, alguien se había ido de la mui y los cuatro se habían enterado de que mi estado de salud no se iba a mantener estable ni a recuperar; ergo, en plata, que solo podía empeorar, como era el inconcuso caso.
Mientras esperaban fuera de la habitación, en una sala aneja, a que me adecentaran el lecho, he escuchado, porque los cuatro miembros del cuarteto gastan sendos vozarrones, qué contaban. Shakespeare, que ha sido el primero en darle a la sinhueso, ha recordado, por ejemplo, qué le hace decir a Macbeth, protagonista de su tragedia del mismo nombre, cita que encabeza las líneas que contiene este texto. En esta ocasión, porque se la he escuchado proferir más veces, he advertido en dicho epígrafe un cimiento o pilar, a partir del cual, Jean-Paul Sartre creó uno de sus adagios más repetidos, al reflexionar a propósito del absurdo que queda como sedimento tras vivir, esta obviedad, que “el hombre es una pasión inútil”, que cabe leer en su obra “El ser y la nada”.
Luego ha tomado la palabra Demetrio de Falero, el primer director de la biblioteca de Alejandría. Cuantas/os de ustedes hayan leído esa magnífica obra que es “El infinito en un junco”, el laureado ensayo de la filóloga y escritora aragonesa Irene Vallejo, no habrán echado en saco roto ni olvidado el mentado y crucial dato, salvo que hayan recibido el primer y devastador zarpazo de ese felino feroz que es el alzhéimer. Ha rememorado su definición clásica de amigo verdadero: “es el que, en la prosperidad, acude a tu casa al ser llamado; y, en la adversidad, sin serlo”.
Luego Suetonio ha hecho uso de su turno para narrar la anécdota que dejó escrita en su obra “Vidas de los doce césares”, sobre el final de Octavio Augusto. Estando este muy enfermo, convocó a sus amigos más íntimos en torno a su lecho de muerte. Y, antes de empezar a agonizar, les preguntó: “¿Os parece que he interpretado cabalmente mi papel en la farsa de la vida?”. Los amigos enmudecieron, pensando que había perdido el juicio. Cuando presintió que la parca había terminado de afilar su guadaña, entre burlas y veras, exclamó: “Si está bien ejecutada, aplaudidla, y todos con alegría armad bulla en nuestro honor”.
Como colofón, Karl Marx tomó la palabra para rememorar, a su vez, cuanto dejó escrito, negro sobre blanco, y cabe leer al inicio de su obra “18 brumario de Luis Bonaparte”: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.
Menos mal que, antes de que entraran en la habitación, he despertado del sueño, una pesadilla, que me ha dejado un rastro doble, agitación y sudor.
Ángel Sáez García