DE LA NATURALEZA OBRA MAESTRA
Ciertamente, ese fue el símil del que echó mano Ralph Waldo Emerson para comparar a un amigo verdadero, con “la obra maestra de la naturaleza”. Tengo para mí que el escritor bostoniano dio con dicho tropo en el blanco o centro de la diana, porque el susodicho (me refiero al del alma), auténtico, fetén, además de ser la causa desencadenante de nuestro bienestar, ya que mejora nuestro estado de ánimo, es el origen de la maximización y/u optimización de nuestra salud. Me explicaré en los párrafos que el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) puede seguir leyendo más abajo, a continuación.
Reconozco que no soy un científico profesional; que no desarrollo mis tareas o labores diarias entre los matraces y las pipetas que cabe hallar en un laboratorio; que no me gano el sueldo, razón de mi sustento, llevando encima de la ropa de calle que visto una bata blanca, pero, desde que le escuché decir a mi piadoso progenitor, Eusebio, que la experiencia es madre y maestra de la ciencia (vinieron a confirmar o ratificar luego dicho aserto estas palabras cabales de fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, con las que el polímata benedictino inicia el párrafo 35 de su discurso décimo tercero, titulado “Lo que sobra y falta en la física”, del Tomo VII de su “Teatro crítico universal”, de esta guisa: “Así yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles, ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que me dictaren la experiencia y la razón”), procuro usar el método empírico, científico, inexcusable en las ciencias fácticas, llamado, asimismo, de ensayo y error, o de prueba y error. Esta metodología requiere una observación sistemática, la medición, experimentación y formulación, análisis y modificación de las hipótesis de trabajo, para comprobar, de manera fidedigna, la validez y vigencia de dichas tesis. Para aplicarlo, basta con elegir y probar las variables que influyen en el asunto o tema a estudiar y comenzar a aplicarlas para ver qué resultados dan. Este método será efectivo en tanto en cuanto se elijan las opciones mejores, las adecuadas, las que lleven a las soluciones atinadas, las certeras. Ergo, cuanto deberá hacerse es ponerlas en práctica para verificar qué resultados se obtienen. Para poder coronar dicho propósito, el científico (ora sea o se sienta ella, él o no binario) debe esforzarse en acopiar los recursos materiales y personales necesarios para poder experimentar.
Los actos, las mediciones de esos concretos hechos, son fundamentales para lanzar cualesquiera hipótesis de trabajo. Verbigracia, el martes 2 de los corrientes mes y año, por la tarde, tras dar mi paseo vespertino, después de haber escrito la tercera (y acaso también su anagrama, certera) versión de mi habitual y diario texto en prosa, entré en la farmacia que regenta Mercedes, “Merche”, Pascual, sita en la acera de los pares de la tudelana Avenida Santa Ana, para que me tomaran la citada dueña, Charo, Raquel o Sonia, sus solícitas empleadas, la tensión arterial. Estaba alta: 130/95 (soy hipertenso). Bueno, pues, aunque es cierto que la medición del tensiómetro de la casa de mi hermano Miguel Ángel, “el Chato”, suele resultar menor (entre cinco y tres décimas), ayer, miércoles 3, cuando regresé de haber tomado el aperitivo en el tafallés Bar de Javi, haber comido en el Bar-restaurante Ángel, de Barásoain, y haber tomado café y jugado una partida de mus, que quedó en tablas, 2-2, en la benéfica (e ¿inmejorable?) compañía grata de mis amigos “los Luises” y Mari, tras volver a Tudela en el coche de Luis de Pablo, procedí a hacer dicha medición y esta arrojó una mejoría evidente (como no me fiaba de que hubiera sido exacto y fiel lo que marcaba el aparato, volví a tomarla, y comprobé que la nueva medición era clavada a la previa), 109/73. Así que la constatación del hecho, irrefutable, me empujó a lanzar la hipótesis que el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos ha podido leer en el parágrafo inicial de esta urdidura o “urdiblanda”, e itero aquí, que el contacto con los amigos verdaderos mejora nuestra salud.
Puede que los regalos que me hicieron Luis Quirico Calvo Iriarte (“La ciudad y sus muros inciertos”, de Haruki Murakami) y Luis de Pablo Jiménez (“El primer caso de Unamuno”, de Luis García Jambrina) con ocasión de mi reciente cumpleaños, también contribuyeran a mi excelente estado de salud.
Nota bene
Como el abajo firmante de las líneas que preceden no es santo venerable (con ello quiero dar a entender que no pude bilocarme, don que la religión católica atribuye únicamente a los tales, de ambos sexos), de manera inusual, este texto lo acaba de trenzar y culminar sin el apoyo habitual de la tercera y acaso certera versión de dicho escrito, pues ayer no dispuso del tiempo material para hacer lo ordinario, pues regresamos de nuestro encuentro amigable para la hora de la cena.
Ángel Sáez García