CON TUS RAMALES, CERCAS, FORMO TRENZA
Reconozco que he escrito que he viajado a Barcelona con mis amigos “los Luises”, porque a la terna que conformamos “el trío calavera” nos apetecía un montón y nos hacía mucha ilusión conocer en persona a Javier Cercas. Una de las claves, sin duda, quizá la más importante del anhelado viaje, era esta, que los tres barruntamos que debe tener un carácter parecido al nuestro (aunque nosotros seamos muy distintos entre sí), o sea, ser un tipo divertido, tan coñón o zumbón como nosotros, pero acaso la realidad se encargue un día de objetarnos, al demostrarnos lo opuesto, que es soporífero, un muermo. Ni el bien intuido ni el mal sospechado se han confirmado ni desmentido por ahora, pues ese traslado, evidentemente, no ha ocurrido, no se ha producido en la realidad. No hay billetes de ese desplazamiento en tren ni tampoco obra en ningún archivo o cajón la factura, que hubiéramos pagado, de buena gana, a medias entre los tres, porque, al menos, a priori (tal vez no a posteriori) hubiéramos gozado lo indecible departiendo con Cercas e invitándole a comer. Sin embargo, ese viaje, nos pongamos como nos pongamos, estupendos o tediosos, sucedió, y la urdidura o “urdiblanda” que trencé a propósito y lleva mi firma es el documento fehaciente, el testimonio irrefutable, de que todo ello aconteció. He ahí la verdad o verdades que acarrean las mentiras, de las que escribió un ensayo indeleble, inolvidable, Mario Vargas Llosa.
Insisto e itero; sé, porque me consta, que de ese viaje en tren (de ida y vuelta de la ciudad condal), de los sentidos y sinceros abrazos que nos dimos con Cercas, sobre todo, al despedirnos, y de la comida y los caldos que ingerimos en un restaurante de postín no hay fotos (o, como todo quisque dice hoy, selfis), pero eso no quiere decir que de dicho acontecimiento no haya imágenes, porque de ellas hay una pila, generadas por mi peculiar imaginación desbordante, por supuesto (y en los renglones torcidos que contiene este texto, desperdigadas, cabe hallar varias).
Ese viaje a la capital catalana fue y es la expresión de un deseo. Ahora bien, ¿quién te dice que, a partir de mañana, ese anhelo no deviene cualquier día, el menos pensado, hecho palpable, tangible, realidad inobjetable?, sí, ¿quién?
Bueno, pues, hoy estoy por apostarme, doble contra sencillo, a que Javier Cercas me entiende, porque, mutatis mutandis, eso es lo que viene haciendo él con sus ficciones literarias desde el principio. Imagina algo que es verosímil, o sea, susceptible de que pueda haber sucedido o suceder, verídico, y lo escribe. Ese es el hilo del que tira, y de él obtiene el material que genera, a su vez, cuanto le sirve para crear sus novelas.
Cuanto se predica de cualquier docente, que cada maestrillo tiene su librillo, su método de enseñanza/aprendizaje, puede extenderse a todo literato o letraherido. Todo hacedor de ficciones tiene su maquinaria bien engranada y engrasada para parir, a su ritmo, patrañas sin cuento (en realidad, con mucho tal). Le basta con empuñar una péñola o enchufar y reiniciar el ordenador, y que aparezca el folio en blanco, para empezar a llenar de letras y signos ortográficos esa página.
Está claro, cristalino, que Javier Cercas no es mi amigo (pero me cae estupendamente, tanto como si lo fuera ya); entre otras razones, porque jamás de los jamases nos hemos visto, ni siquiera hemos cruzado unas pocas palabras. Nunca le he pedido que me firmara uno de sus libros, pero frecuento a diario la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela. Y he leído, salvo error u omisión, cuatro de sus obras: “Soldados de Salamina” (2001), “Anatomía de un instante” (2009), “Las leyes de la frontera” (2012), y “El impostor” (2014). Haber acariciado los lomos y las tapas o cubiertas de varios de los ejemplares de las novelas que ha publicado casi vale lo mismo y tanto o más que haberle estrechado varias veces la diestra en diferentes días del libro o san Jorges, y haberle dado un abrazo con varias palmadas en la espalda.
Con Javier Cercas me pasa lo opuesto a lo que narra Jorge Luis Borges en una ficción suya (en concreto, la titulada “El jardín de senderos que se bifurcan”, que parece dar validez a la existencia del “multiverso”, no a un solo universo; según Gilles Deleuze, Borges se basa o fundamenta en una intuición de Gottfried Leibniz para hablar de una pluralidad de mundos disjuntos), ya que, en lugar de desdoblarse, los caminos de Cercas se entrecruzan y entremezclan, formando una trenza. A veces, me veo e/o imagino que soy el río Ebro, y que recojo las aguas de los afluentes de las dos márgenes, derecha e izquierda, de mi cuenca, Cercas. Así que, cuanto más cerca estoy de Cercas, cuanto más lo leo, más amigo mío es. Como regla general, cuando termino de pasar mi vista por sus escritos o subrayar un artículo suyo (me refiero a cualquiera de los que publica, cada quince días, en las páginas de la revista EL PAÍS SEMANAL, bajo el marbete irónico de PALOS DE CIEGO), me queda en la piel, en las yemas de mis dedos, la sensación de haber paseado juntos, como lo propio hacía el peripatético Aristóteles con sus discípulos en el Liceo, mientras les aleccionaba; y, sobre todo, la impresión renuente de haber aprendido algo que no sabía, o que, si ya lo sabía, nadie lo había expresado tan bella y justamente como él acaba de hacer, en la pieza literaria de ese domingo.
Ángel Sáez García