El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La esperanza eres tú portando escudo

LA ESPERANZA ERES TÚ PORTANDO ESCUDO

“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.

Julio Cortázar, en el capítulo 28 de su “Rayuela”.

Hay quien opina que el resultado de nuestro trabajo (sea este creativo, artístico o literario, reflexivo, o de cualquier otro tipo), independientemente de que se trate de “el puto amo” (EPA, que aquí, por supuesto, no es el acrónimo de Encuesta de población activa, no; se considere él así o lo reputen de esa guisa algunos de sus adeptos, adictos o partidarios) o de un donnadie, depende, en gran medida, de nuestras expectativas. Y, por tanto, cuanto más se acerque aquel a estas (sensu stricto, este a aquellas, por estas ser anteriores), mayor será el éxito que habremos conseguido y menor el fracaso, al cuadrar o encajar nuestro propósito o fin con lo logrado u obtenido. Sin embargo, yo estoy más conforme o de acuerdo con lo que defendió y sostuvo Mohandas Karamchand, “Mahatma” (“Alma grande”, lo llamó el premio Nobel de Literatura de 1913 Rabindranath Tagore), Gandhi, que “nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”.

Cabe aseverar que, de alguna manera, vino a coincidir con el pensamiento que había formulado uno de los inconcusos e indelebles padres de la independencia de la India del Imperio británico el epidemiólogo y virólogo estadounidense Jonas Edward Salk, para quien “la recompensa del trabajo bien hecho es la oportunidad de hacer más trabajo bien hecho”.

Desde hace muchos años, casi veinte, que son, precisamente, los que llevo jubilado por enfermedad, cada vez que decido empuñar un bolígrafo BIC azul con mi diestra, con la ostensible pretensión de escribir cuanto bulle en esos momentos en mi caletre (nunca he necesitado cuatro días y pico como EPA, sino poco más de cuatro minutos para dicho menester, decidirme si merece o no la pena seguir haciendo lo que hago, componer textos, aunque no cobre un euro por ello), intento que concuerden la cercanía de la belleza (no solo exterior, sino también interior) con la lejanía de la verdad (o tal vez sea eso mismo, pero a la inversa, al revés), porque me consta, de manera fehaciente, que, sin la presencia de Tamara (la última vez que estuve con ella sus labios dejaron dos improntas o huellas indelebles en las mejillas de mi cara) y su incontrovertible venustidad, que queda fuera de toda duda, soy incapaz de emocionarme y conmoverme, que es la condición sine qua non para poder emocionar y conmover a los demás (ellas, ellos o no binarios); y, sin la notoria influencia (aunque ella ande ausente de donde debería estar) de mi musa es imposible maravillarme, razón y requisito imprescindible de que pueda maravillar luego a los otros.

Aunque parezca contradictorio, pues ese vivir sin vivir en mí, que me aproxima a los místicos (ellas, ellos o no binarios), lleva aparejado un evidente contrasentido, le estoy muy agradecido a mi amada Tamara, porque, por ahora, no ha dicho que sí, pero tampoco ha dicho que no a mi propuesta. Si hubiera hecho tal cosa, hubiera abatido, derribado, echado por tierra mis ilusiones (y mi gozo hubiera ido a parar a un pozo, en cuyo fondo debe hallarse cuanto lleva mentando últimamente, hasta el hartazgo, EPA, “la máquina del fango”, barrunto, intuyo o sospecho). Pero las susodichas, gracias a Dios, están ilesas y siguen intactas.

Como no ha expresado (ni oralmente ni por escrito) Tamara su no, aún tengo esperanza de que un día me alegre, amén de esa jornada concreta, el resto de mi existencia, al decirme que sí. Mientras a mis oídos y/u ojos, no llegue su no, este ángel continuará portando sus alas y podrá desplegarlas a voluntad para volar, y con ellas su imaginación, pues solo se las podrá cortar ella con la rotunda negativa de su calabaza, que no ha proferido ni escrito (y, si no la he hecho, yo no he tenido aún conocimiento).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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