El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Recordar es un acto voluntario

RECORDAR ES UN ACTO VOLUNTARIO

EN MI CASO, OLVIDAR SIGUE OTRO CURSO

Para mí, está claro, cristalino, que recordar es un acto voluntario, porque requiere, indefectiblemente, de la persona memoriosa (en potencia) que tiene la pretensión intelectual de fijar en su mente lo memorable (según su propio criterio), o sea, digno de recuerdo, que ha de ser, por lógica, lo precipuo, primordial o principal (debido a una o varias razones, las que sean), como condición sine qua non, hacer el esfuerzo de rememorar, siempre que obviemos o dejemos aparte el caso particular, proverbial, de Ireneo Funes, personaje literario que salió del magín del hacedor argentino Jorge Luis Borges, protagonista del relato homónimo, si agregamos al apellido del citado su apelativo por antonomasia o excelencia, el memorioso, que tenía el don o talento de recordarlo todo sin necesidad del denuedo antedicho por servidor, y que era tan minucioso y fiel o detallista en sus pormenores, que precisaba de un día entero para recordar todo lo acaecido en otro.

El hecho de olvidar, en mi caso, es distinto y escapa a cuanto he aducido en el parágrafo precedente, pues sigue otro curso o derrotero. Lo dejo aquí escrito, sobre todo, por este motivo (en) concreto (discurro teniendo en cuenta y presente mi experiencia, cuanto me ha sucedido a mí, por supuesto, ya que ignoro qué les ha ocurrido a los demás, salvo que estos, habiendo advertido en mi persona un ápice de prudencia y una pizca de sensatez tal vez, hayan confiado en mí y hayan tenido la deferencia de narrarme lo que les acaeció a ellos), crucial, porque he intentado olvidar varias veces sendas malas, peores o pésimas experiencias, verbigracia, y ese prurito de querer olvidar ha favorecido o propiciado que las recordara aún más, esto es, en lugar de lograr el objetivo propuesto, fijado, conseguía lo contrario.

Puede que conjeture así, del modo dicho arriba, y que siga perseverando en cuanto pienso, porque las enseñanzas que me impartió mi maestro preferido, fray Ejemplo, no cayeron en saco roto y, por ende, las susodichas no quedaron en agua de borrajas o cerrajas, en plata, en nada.

Una posible explicación de cuanto asevero, defiendo y sostengo aquí al respecto acaso esté, estribe o radique en la larga década que mi mentado guía estuvo estudiando y enseñando en Berlín. Si el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario, de estos renglones torcidos, hubiera podido asistir a las numerosas conversaciones que el abajo firmante ha mantenido con él, mi dilecto y predilecto mentor, habría colegido, seguramente, si no lo idéntico, casi casi lo mismo que de las tales inferí yo, que, para él, si tuviera que distinguir entre olvidar y recordar, lo haría de esta guisa: olvidar es dejar ir (“tanta paz lleves como descanso dejas”, era y sigue siendo uno de sus latiguillos); mientras que recordar es asir, apropiarse de algo o de alguien (pero no por la fuerza, sino por el empeño del aprecio o cariño), que anhelas o deseas abrazarlo, arroparlo, ampararlo, darle cobijo (aunque, a la postre, resulte, qué ironía, sí, lo opuesto, el fin contrario al buscado, pergeñado, planteado o proyectado, y seamos nosotros agasajados en su casa por él, nuestro anfitrión).

Nota bene

Me precio de tener buena y mala memoria, y tengo la inmensa suerte de beneficiarme de esas dos virtudes, ya que, ciertamente, dispongo de un entramado neuronal excelente para recordar cuanto ocurrió ayer o recientemente y, asimismo, olvido rápidamente los textos que he trenzado (eso me permite tener el encerado limpio, la tabula rasa, siempre a punto para poder escribir de nuevo sobre ella). Solo suelo recordar la última urdidura o “urdiblanda” que he firmado. Así que, cuando me llevo a los ojos algún texto que fue urdido por este menda in illo tempore, hace seis meses o un año, me suelo preguntar: ¿Pero esto lo escribí yo? Sé que es mío por el estilo, inconfundible. Bueno, pues, he de reconocer, qué va a decir su autor, que, aunque hay líneas mejorables, el escrito no está mal.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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