EL GOLPE DE CALOR NO SUCEDIÓ,
PERO EL CANTO DE UN EURO LE FALTÓ
“Un libro, como un viaje, se comienza con desconfianza y se termina con melancolía”.
José Vasconcelos Calderón
Mi prima María José, “Fina” (su progenitora, mi difunta y querida tía María, la llamó durante mucho tiempo Finita, como a mí Angelito; y es que, en nuestras respectivas familias, una, por supuesto, era coincidente, tanto en la paterna como en la materna, era moda, se estilaba y tal vez también estimaba, en grado sumo, el uso del diminutivo), y el abajo firmante de estos renglones torcidos llevábamos bastante tiempo queriendo darle una sorpresa agradable a nuestra prima común Justina, Justy, que vive en Barañáin. Hace quince días, volvimos a sacar en nuestra telefónica conversación semanal el asunto de marras y, como lo único que necesitábamos era ponernos de acuerdo en el día, aprovechamos la ocasión de que ella estaba pasando unos días de vacaciones en Cornago, patria chica de su madre y mi padre, y a mí me venía, como anillo al dedo, el pasado viernes 19 para desplazarme; así que la víspera, el jueves 18, le llamé por teléfono a Fina para comentarle que estaba en el exterior de la estación intermodal tudelana y, si ella no tenía inconveniente, que me disponía a comprar en la taquilla correspondiente los billetes de ida y vuelta de ambos a Pamplona; hecho que culminé, cuando ella me dio el nihil obstat, con un entre aquiescente e imperativo “¡adelante!”.
Como los jueves, precisamente, suelo llamar a Justy por teléfono, para cerciorarme de que al día siguiente la hallaríamos en casa, en su piso, le dije que, aunque no era seguro (le aduje una mentira piadosa, porque ya obraban en un compartimento de mi cartera los cuatro billetes adquiridos, que el solícito taquillero, sin tener que pedírselo, procedió a graparlos, conformando dos dobles parejas), me desdigo, lo era, quizá le hiciera una visita con mi novia (Justy me ha escuchado decir varias veces que estoy casado con la literatura, así que se lo referí riéndome, para que lo aseverado por mí lo pusiera en tela de juicio, en duda).
Como había quedado con Fina en que el autobús partía de Tudela a las 9 horas y 18 minutos de la mañana, cuando yo arribé a la intermodal, José, su marido, que la había bajado en su coche desde Cornago, y ella ya estaban esperándome en el exterior de la misma. Nos despedimos de José al poco rato de habernos saludado, y Fina y este menda empezamos a darle a la sinhueso en la zona de las dársenas. Nos subimos al autobús cuando llegó, a su hora, y, elegidos los asientos, seguimos dándole cuerda a la mui, y no paramos hasta que me di cuenta, al identificar algunos edificios pamploneses, de que habíamos llegado a la capital del viejo reino de Navarra. La hora y cuarto del trayecto se nos pasó en un pispás. La verdad es que Fina, que discurre y diserta a las mil maravillas, como es un congénere sociable, más que yo, me hizo, intelectualmente hablando, un álbum repleto, nutrido o surtido, de fotos bastante ajustado a la realidad de nuestra familia común y quienes la conformamos.
Desde la pamplonesa estación de autobuses fuimos andando (la mañana se prestaba a dicho menester, pues era pintiparada para pasear, eligiendo, eso sí, oportunamente, la benéfica sombra) a Barañáin. Tuve que preguntar a dos lugareños, pero llegamos sin pérdida, aunque bordeamos o rodeamos sin tener por qué (las personas inteligentes, de vez en cuando, también cometemos torpezas) una finca, como quien no quiere la cosa.
Mantuve el embeleco de que iba acompañado de mi novia hasta que Justy vio salir del ascensor a Fina. Tras darle la gratísima sorpresa, la besamos con cariño.
Ya dentro de su piso, Justy nos contestó, cuando le preguntamos si le apetecía acompañarnos a comer, que ella ya había llevado a cabo dicha tarea. Así que le propusimos que nos acompañara y ella se tomara un café en un local donde habíamos leído dos carteles en los que se decía que allí se servía un menú variado del día. Como era aún pronto para comer, Justy se tomó en una mesa del exterior de dicho local un descafeinado con leche y nosotros optamos por dos cañas (ella, con gaseosa).
Cuando la acompañamos a su piso para despedirnos, nos indicó dónde estaba la parada del bus de la línea 4, que teníamos que tomar cuando acabáramos de comer, pues Lorenzo, a esa hora, la una del mediodía, ya empezaba a calentar de lo lindo. Ella lo desconocía, pero nos envió, sin querer, al mismo infierno. En las calderas de Pedro Botero (que nadie ha vuelto de las mismas para testimoniar que existen, de veras) se debe estar más fresquito que dentro de aquel bus diabólico. Faltó el canto de un euro para que nos diera un golpe de calor. Cuando nos bajamos de aquel bus infernal (al que no le funcionaba el aire acondicionado), Fina y servidor sudábamos por doquier.
Mientras nos estábamos tomando los tres primos el descafeinado y las cañas, le pedí a una señora o señorita (pues no le pregunté la indiscreción de si estaba casada o no) que nos hiciera una foto, y con el móvil de Fina nos hizo cuatro. Fina seleccionó las dos mejores, según su parecer. Ellas salieron naturales. Como yo me había quitado las gafas, que había depositado encima de la mesa, me vi en ellas hasta guapo, resultón.
Fina y servidor compartimos los primeros platos, un revuelto y paella. Estaba mejor el primero. Y ambos elegimos el mismo segundo, merluza a la romana. Escogimos distinto postre; ella, tarta de queso, y yo, profiteroles con chocolate. El vino rosado estaba estupendo.
El viaje de vuelta se me hizo a mí más largo; lo achaqué a la temporada que, aunque breve, habíamos pasado en el averno o erebo.
Al llegar a Tudela, constatamos que el calor abrasador, sofocante, había hecho de las suyas también por Zaragoza, pues el hijo de Fina y Jose (aquí dicha gracia va sin tilde porque el nombrado prefiere la dicción paroxítona a la aguda), Miguel, que subió en tren de la capital maña, tuvo que cambiarse de sudadera, ya que, la susodicha prenda, haciendo honor a su nombre, pudimos comprobar, de manera fidedigna, estaba totalmente empapada de sudor.
Fina, Miguel y este menda subimos a mi piso y los tres bebimos sendos vasos de agua fresca, una bendición. Les enseñé, grosso modo, las habitaciones y la mesa donde escribo, que había despejado los días previos, para no quedar mal ante sus ojos.
Nos despedimos y a mí me dio por redactar a mano, con la ayuda de un BIC azul, estas líneas, que son veraces, cien(to) por cien(to), aunque contengan la patraña reconocida de mi novia falsa, apócrifa, pues no cabía ni había tal, ya que mi compañera de viaje fue nuestra querida (por ambos) prima Fina.
Nota bene
Olvidábaseme de decir que acaso hayan pasado unos cincuenta y cinco años desde que alguien nos hizo a los tres, a Justy, a Fina y a mí, otra foto, estando los mencionados juntos. Y, asimismo, que conocimos a una vecina de Justy, que se llama Socorro; la misma gracia de pila gastaba, por cierto, una vecina de nuestros abuelos José y Gregoria, “Goya”.
Ángel Sáez García