¿POR SÍNCOPA, LAS PUELLAS HOY SON PULLAS?
Como nada de lo humano me es ajeno (homo sum, humani nihil a me alienum puto; “hombre soy; y considero que nada de lo humano me es ajeno”), que dejó escrito en letras de molde el comediógrafo latino Publio Terencio Africano (la frase citada la puso en boca de Cremes, un personaje entrometido de su obra “Heautontimorumenos”), barrunto, intuyo, sospecho o supongo que lo que les ocurre a los demás me acaece a mí y, viceversa, que cuanto me acontece a mí les pasa a los otros, mis congéneres o semejantes.
Desde siempre me han gustado las féminas bellas, venustas (según mi modo personal de mirarlas y admirarlas, por supuesto); ahora bien, desde que leí esa alhaja o joya literaria que es “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, considero y tengo para mí que me siguen atrayendo las susodichas (llamémosles a las tales así “las que lo son por fuera”) y las que lo son por dentro (eso quiere decir que algunas lo son por el doble motivo aducido). Su argumento, irrebatible e irrefutable, de que “solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos” dejó una profunda huella en mí y sentó un incuestionable precedente, es decir, creó escuela.
Irene Vallejo, en la página 65 de su muy recomendable y recomendado ensayo “El infinito en un junco” (cito, según el texto de la edición 36ª, que es el que releo y utilizo aquí, de octubre de 2021) escribe: “Pensé en las fantásticas maldiciones lanzadas a lo largo de la historia contra los ladrones de libros, textos oscuramente imaginativos que me atraen de forma inexplicable, quizá porque idear una buena maldición no está al alcance de cualquiera”. ¿De manera inexplicable? Irene ha sido explícita. Los adjetivos que la insigne autora zaragozana usa, “imaginativos” y “buena” (bella) explican, de modo claro y cristalino, su atracción por las tales. Si seguimos leyendo el ensayo de Vallejo, nos enteramos de su criterio, opinión o parecer al respecto, o sea, que “una antología todavía por escribir debería empezar por las amenazadoras palabras inscritas en la biblioteca del monasterio de San Pedro de las Puellas de Barcelona, que encuentro citadas en ‘Una historia de la lectura’, de Alberto Manguel: ‘Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y que cuando, finalmente, descienda el castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre’”.
Reconozco que, a la edad de doce años, hace casi cinco décadas, estando estudiando el abajo firmante en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), que regentaban a la sazón los religiosos camilos (actualmente, en dicho edificio y resto de instalaciones, cabe hallar las del hotel “San Camilo”), uno de mis primeros domingos allí, en la citada población riojana, le sustraje a una señora que tenía un puesto de chuches en el centro, cerca de la iglesia (en cuyo interior el visitante, sea hembra o varón, religioso o ateo, puede seguir maravillándose al contemplar el mismo y espléndido retablo de entonces), un tebeo. No había leído aún los amenazantes vocablos de la biblioteca del antiguo monasterio benedictino y femenino de las Puellas (algo tuvo que ocurrirle a la “e” de la mentada voz, de las muchachas latinas, ya que, por mera síncopa, esta se perdió y las puellas devinieron en pullas), pero confesé mi hurto a un sacerdote competente, un cura ecuánime, justo, que me curó, pues, amén de escucharme con suma atención, advirtió que mi pesar, por haber protagonizado servidor tan inicuo comportamiento, era verdadero; y, en lugar de rezos de padrenuestros y avemarías, me impuso, como conveniente y oportuna penitencia, que se lo devolviera al domingo siguiente y se lo pagara, explicándole, asimismo, mi pésimo proceder. Así lo hice, y la señora, de manera generosa, insistió en que me lo llevara y quedara, por dos razones de peso, porque había cumplido, a rajatabla, con lo que me había mandado mi confesor y porque el tebeo era mío, pues lo había pagado religiosamente.
¿Nuestra conciencia es el peor fiscal? En unos casos sí, y en otros no.
Ángel Sáez García