EN CLASE DE LATÍN CON DANIEL PUERTO
“A otro perro con ese hueso (huero)”. No sé, porque no las he contado (quizá porque el reto no tenía recorrido, o no iba a ninguna parte, o era estéril), cuántas han sido las veces que habré pronunciado (y, por tanto, repetido) esa misma serie de seis palabras (o siete), ese sintagma, para cortar de raíz, por lo sano (o sea, a fin de dar remate oportuno, cabal, de modo expeditivo, sin contemplaciones, a un estado de cosas que, a la sazón, me disgustaba sobremanera), el embeleco que pretendía culminar o el rosario de patrañas con el (o las) que intentaba convencerme de que esto, eso o aquello, una pareja o el trío, la mera suma de los tres, había impedido o imposibilitado a uno de mis discentes poder hacer los deberes; en el caso que a mí me atañía o incumbía, la traducción de Latín. Y es que, por seguir con locuciones que contengan la voz hueso, uno es hueso duro de roer, o conmigo no vale ser experto en el manejo de la sin hueso, porque con este menda han dado en hueso.
Todo el párrafo precedente tiene que ver o viene a cuento de lo que he soñado esta pasada noche (en concreto, la película onírica que recuerdo más nítidamente, ya que puede que haya soñado otros, pero de esos no puedo disertar por la sencilla razón de que, si los ha habido, que lo desconozco, los he olvidado, porque no han dejado un mínimo rastro que seguir).
En dicho sueño, yo seguía siendo el alumno que fui otrora de Daniel Puerto, en su clase de Latín. Y en el aula he reconocido los rostros de quienes fueron allí, en el seminario menor navarretano, mis compañeros antaño, pero aquello (me he dado cuenta pronto del hecho) era un totum revolutum, porque había colegas de cursos anteriores y posteriores al mío (en la case de veinte, me he puesto a contar y éramos cuarenta y tantos, y no sabría decir si era Sexto, Séptimo u Octavo de la extinta Educación General Básica, EGB, los tres que estudié allí).
Del asombro que he sentido o pasmo que he tenido, al comprobar los desajustes, evidentes, con lo ocurrido y recordado, al constatar ese hermanamiento o jumelage extraño (ergo, era lógico y normal que aquello me extrañara y, por ende, me admirara), he pasado a interpretar el papel que me había asignado el director, Pedro María Piérola García, en la obra de teatro que este había escrito, al alimón, con Jesús Arteaga Romero, y que llevaba por título el rótulo que he elegido (o se me ha impuesto) para que encabezara el texto que da cuenta de dicho sueño: “En clase de Latín con Daniel Puerto”. ¿Que qué rol era el que debía representar servidor? ¡Exacto!, el de Daniel Puerto. Creo que repetía, a lo largo de la hora y media que duraba la pieza dramática, aún más veces, más, que Azarías iteraba en la novela “Los santos inocentes” de Miguel Delibes (y luego, en su versión cinematográfica, de igual título, de Mario Camus) “milana bonita” su dicho de que “los vocablos latinos cuyo nominativo termina en –um son todos, sin excepción, del género neutro”, que él, siguiendo la recomendación del adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), de Baltasar Gracián (“Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos”), abreviaba en: “los en –um, sin excepción, del género neutro son”.
Ángel Sáez García