El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Por el alto interés que a diario obtengo…

POR EL ALTO INTERÉS QUE A DIARIO OBTENGO

A POSTRARME ANTE TI, VANESSA, VENGO

Afirma un proverbio o refrán español que “por el interés, te quiero, Andrés”, o sea, que por lo útil que puede ser una persona, en este caso el mencionado Andrés, cuya gracia de pila rima en consonante con el beneficioso interés, esto es, por la conveniencia o el provecho que cabe extraer o sacar en claro de esa próspera fuente o pozo, (de)muestro mi amor (interesado, a todas luces) por el citado. Una mera variante de dicho adagio es este otro apotegma: “Por el interés, lo más feo hermano es”.

Como el atento, desocupado y habitual lector de las urdiduras y “urdiblandas” de Otramotro sabe, ora sea o se sienta ella, él o no binario, el pasado 23 de septiembre de 2024 regresé de pasar mis vacaciones estivales (los últimos días del pretérito verano) al norte de la isla de Tenerife, en el Puerto de la Cruz, patria chica del fabulista Tomás de Iriarte (en cuya biblioteca este año no he podido usar, durante la hora asidua de los precedentes, una de sus computadoras; dichosamente, en el locutorio que regenta Samba, he satisfecho mis necesidades o urgencias de ordenador).

No he contado hasta hoy que el vuelo de vuelta (como también lo fue el de ida) lo hice en una aeronave de IBERIA, la aerolínea puntual, y que mis posaderas ocuparon el asiento 21 D del avión. En el asiento 21 E se sentó Vanessa (ignoro si ella escribe su nombre con una o dos eses; gracia que se sacó de su chistera o manga ese mago y escritor que fue el hacedor de “Los viajes de Gulliver”, Jonathan Swift), una fémina que, por lo poco que hablamos (ella estuvo durmiendo el grueso de la duración del vuelo, dos horas y media largas; ya me advirtió con antelación y luego eso mismo lo pude comprobar, de manera fehaciente, que cayó rendida en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo con suma facilidad, en un santiamén; yo le comenté que los asientos que nos habían tocado en suerte no eran abatibles y, por ende, menos proclives a favorecer el sueño, pero ella no vio en el hecho ningún inconveniente; evidentemente, ella conocía el paño o percal, se conocía, y lo probó, porque lo cierto y verdad es que logró conciliar el sueño en un pispás), me hubiera enseñado mucho; primero, porque era maestra de la ONCE, especializada o perita en educar a niños invidentes y, en dar pautas de comportamiento útiles a docentes y a deudos y amigos del infante ciego; y, segundo, porque, además (eso es, al menos, lo que colegí) era, ¡chapó!, sincera, tanto como un libro abierto.

Reconozco sin ambages que, como soy un ser rocero, sociable, me gusta departir de esto, eso y aquello con mis congéneres, con la gente, con todo tipo de personas (y es que esa es la única manera de conocer el amplio abanico, la inmensa pluralidad existente), pero, cuando me conceden la opción de preferir, me suelo decantar por los semejantes que no tienen reparos en comentar sus problemas (pasados y/o presentes, superados o crónicos) de salud (física o mental), porque a mí tampoco me da pudor referirlos. Así que, dándole a la mui o sinhueso con ella, durante el largo paseo que nos dimos para recoger el equipaje en la cinta correspondiente, me enteré de que no le funcionaba bien el corazón; le habían colocado varios stents; y yo, en mutua correspondencia, le hice saber que, por culpa de dos cánceres incipientes, me hicieron una colectomía (primero parcial y luego total), ya que tuvieron que extirparme el colon, y era ileostomizado (porto una placa adherida a la pared abdominal y una bolsa para recoger las heces).

Bueno, pues, en el día de la fecha (el segundo del presente mes de octubre, cuando escribo este texto, que pocas veces coincide con la data de su publicación en mi bitácora), durante la corta siesta (ha durado lo normal, los veinte minutos de rigor) que me he echado, estando tumbado decúbito supino en el sofá del salón, he soñado que a Vanessa le habían operado del corazón de nuevo y esta vez había sido un éxito completo, pues le habían arreglado el problema que arrastraba y padecía; y, a renglón seguido, en el mismo sueño, se ha presentado en la puerta de mi piso de Tudela (no tengo otro en otro sitio) con un tocho de folios, el original que había escrito, mientras había estado de baja médica, tras la intervención, sobre algunas (las más llamativas) de las experiencias que había tenido con niños que sabían leer en braille. Como le constaba que servidor era filólogo, me ha propuesto que le corrigiera los fallos que había cometido, sobre todo, las faltas de ortografía y los errores de sintaxis y estilo; y que, si el trabajo me resultaba denodado, no le importaba que aparecieran los nombres y apellidos de ambos en la portada del libro. He aceptado hacerle las oportunas enmiendas, pero, por decencia y dignidad, he rechazado ser coautor del volumen. Le he hecho una contraoferta, un do ut des, que, por el trabajo realizado, me invitara a pasar los carnavales en su casa tinerfeña, mientras estuviera destinada allí, en la capital, Santa Cruz de Tenerife. Y ella, sin dudarlo un segundo, ha aceptado.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído