¿QUÉ ESCUCHAMOS ALLÍ DONDE ENCONTRAMOS?
“Vivimos tiempos sin norte” escuchamos por doquier. El cabal verso octosílabo (parece que produce eco, porque) se escucha en la facultad, en la parada del bus, en el bar que más frecuentas, en una boca del metro, en la cola del cine y al salir de un campo de fútbol (de ver un derbi o de un concierto, después de aplaudir a rabiar el amplio repertorio de una cantante de la que eres fan y se halla en la cresta de la ola), tras asistir a un cara a cara en la tele de dos mendaces redomados, como sendas copas de pino, o un debate de váter en el Congreso de los Imputados (entre sí)… Es decir, que escuchamos la misma cantilena o cantinela, idéntica frase de marras a la que inicia esta urdidura, aquí, ahí y allí. Como de vez en cuando o, viceversa, de cuando en vez, disfruto de lo lindo siendo veraz, otro tanto me acaece siendo falaz, reconozco sin ambages que estoy de acuerdo con dicho diagnóstico. Ahora bien, constato que lo cierto y verdad es que nadie hace nada (de nada) para cambiar ese, a todas luces, deficitario estado de las cosas y los casos existentes. Así que se impone preguntar y preguntarse si alguna vez hubo, de veras, una brújula que, clara y diáfanamente, lo indicara. Tal vez las hubo, cabe colegir, pero nadie se dirigió al septentrión, que meridianamente señalaban, por dos, tres o una variopinta pila de razones de peso.
Puede que esté relacionada, que tenga que ver algo con el asunto que trato aquí, pues me ha brotado, nacido o venido a la mente (he juzgado en un santiamén que ha sido a propósito) la foto de Albert Einstein sacando la lengua (en una camiseta blanca, que suelo ponerme de Pascuas a Ramos, tengo serigrafiado, estampado, dicho gesto), bastante larga, por cierto, al fotógrafo que le hizo la instantánea. Y me ha dado por reflexionar unos segundos al respecto: la broma, la zumbona muestra de humor, la entendió todo quisque, tanto el sabio como el sandio, sin apenas diferencias. Sin embargo, su teoría de la relatividad, recién formulada, acaso la tamizaron correcta, entera e intelectualmente, en su total complejidad, cuatro personas; y acaso esté usando aquí, por pura ignorancia, el recurso o la figura literaria de la hipérbole o exageración.
Hoy, por ejemplo, para salir airosos, incólumes, sanos y salvos, de cualquier inoportuno aprieto o brete que se nos haya presentado en medio del camino, en el que nos hallemos inmersos, por culpa del azar o del destino, debemos contar sin falta con un buen narrador. Si tenemos un relator persuasivo, convincente (se llame Vicente, Luis o Lucas) podemos cambiar cada día de criterio sin tener que sufrir daño alguno, ni siquiera un arañazo o rasguño; podemos mudar las veces que queramos o haga falta de parecer, sin que al grueso de la opinión pública y publicada le dé por chistar o no diga ni mu, ya que la mayor parte de sus componentes o formantes no habrá reparado en la suciedad averiada que les hemos intentado colar, sin que nadie nos dé el alto, cuando el deseo o la intención se haya convertido en realidad.
Si posees una memoria de elefante, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, te aconsejo que eches la vista atrás y repases concienzudamente qué dijo quien hoy sostiene lo contrario de lo que mantuvo (sin que se le caiga la cara de vergüenza) y, allí donde acude, habla ex cathedra. Si tienes la memoria prodigiosa que hay quien, más que gastar, la gesta, como él me ha confesado, habrás sido capaz de asistir a sus innumerables cambios de criterio, que hubieran sonrojado a cualquier ciudadano decente, honesto, sin sufrir dicha consecuencia. Bueno, pues, hay actores (porque actúan, más que otra cosa, ante la audiencia), aunque sus profesiones (o los puestos de trabajo que ocupaban antes de fungir y fingir de tales) fueran otros, que pretenden (y algunos logran cumplir esos propósitos a rajatabla) que los ciudadanos se traguen sus embelecos, del tamaño de carros y carretas repletas de patrañas más menudas, de ruedas de aceña o molino; y tanto los mendaces como los engañados se queden luego en la gloria, tan campantes.
Nota bene
Como puede que haya alguien, algún lector, que no le haya cogido o pillado aún el tranquillo a por qué escojo unas palabras y descarto otras, o sea, que no entienda de qué va esta urdidura (o “urdiblanda”), le suministraré un dato que le sacará de dudas y, por ende, será decisivo y definitivo para su completa intelección.
En mi coche (que no poseo y no he manejado nunca, pues carezco de carné de conducir) cabe advertir una pegatina, claramente machista, en la parte inferior e izquierda de su cristal trasero, donde se puede leer esto: “Inspector de pendejos femeninos titulado. Si se baja las bragas o “el tirachinas” (así llamaba la madre de una amiga mía a las tangas de su hija) y me permite echar un vistazo rápido, le daré mi diagnóstico, y le diré cuál es el estado actual de su pubis y sus ingles”.
Ángel Sáez García