CON LA REALIDAD NO ESTOY DE ACUERDO
En este mundo inmundo (¿haremos hoy algo por mejorarlo, por optimizarlo?) en el que nos ha tocado en suerte vivir (a algunos solo sobrevivir), hay gente para todo (sensu stricto, para “to” dijo “el Divino Calvo” o “el Gallo”, Rafael Gómez Ortega); verbigracia, no faltan congéneres nuestros (ellas, ellos o no binarios) que son tan pobres, que solo tienen dinero (pero quieren más, aún más) y ansias de poder (mangonear a diestro y siniestro), porque en ellos las buenas ideas (las malas las generan sin querer, a chorro; les salen como churros) brillan por su ausencia. Los multimillonarios digitales, donantes del tramposo (llamo de esa guisa al sujeto, porque el poso que va dejando tras de sí Donald Trump se reduce a trampas), han resultado unos excelentes inversores, pues de avalistas han devenido en ganadores, o sea, de amantes garantes en “gananantes” y “ganandespués”. Esas dos verdades imbatibles, irrebatibles, a las que seguramente otro autor llegó por otro derrotero antes de que lo hiciera servidor, son las que he cazado al vuelo o pescado sin la necesidad de usar anzuelo, cuando me he llevado los ojos y los oídos el comportamiento ejemplar (adjetivo rebosante de ironía, por supuesto, esto es, mamarracho) y el discurso modélico (ídem, repleto de sarcasmo) de la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem (me consta que Cristo no es, hubiese pontificado y pronunciado en su mentidero habitual un sevillano o gaditano zumbón), al llamar “sacos de basura” a los inmigrantes indocumentados, pillados en una redada.
He de reconocer que he considerado cabal, distintivo, pertinente y relevante, leer, de cabo a rabo, la columna rotulada “Una sublime perversidad”, firmada por Íñigo Domínguez y publicada en la página 8 del suplemento IDEAS de EL PAÍS, de ayer, domingo 2 de febrero de 2025, día de la marmota. Tras llevar a cabo dicho menester, he concluido que la mejor manera de terminar el segundo párrafo de esta urdidura sería entrecomillando las palabras con las que Domínguez remata el primer parágrafo de la suya (“La idea que tiene esta señora de la porquería en realidad nos está diciendo lo que es ella”), añadiendo esta potestativa apostilla: acaso haría bien la susodicha en pincharla en un palo y agitarla, como bandera de su causa, para que todo quisque pudiera reír el gesto, una gesta (sí, indigesta).
Está claro, cristalino, que la animalización y la cosificación, estupendos procedimientos literarios, ácidos, cítricos, críticos, irónicos y satíricos, lejos de las manos expertas de Ramón del Valle-Inclán, creador del esperpento (aunque quien eche un vistazo a los clásicos del barroco español podrá advertir antecedentes del mismo en Quevedo; basta con rememorar ese soneto de don Francisco, que comienza con el siguiente endecasílabo sáfico, “Érase un hombre a una nariz pegado”, con el que zahirió de lo lindo a otro poeta mayúsculo, contemporáneo suyo, don Luis de Góngora y Argote, reputado narizotas, con sumo arte), en manos y muis pipiolas, de aficionados o espontáneos de tres al cuarto, chirrían y devienen en despropósito total, en desmán completo, al restarles lo único de lo que sus semejantes van sobrados, de dignidad e integridad, lo que suele faltarles a esos chapuceros diletantes.
A los pobres lo único que no nos pueden arrebatar los ricos es la inteligencia y la riqueza de ideas (buenas, de compasión, empatía y solidaridad), de las que ellos carecen (la referencia bíblica, evangélica, de que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos, ciertamente, no es baladí). ¡Qué dichosos serían los multimillonarios, si optaran por repartir el grueso de lo que tienen (aunque solo fuera la mitad) entre los que nada poseen! ¡Qué error y qué horror no hacerlo! Ignoran qué verdad se esconde detrás de la traducción literal de este verso horaciano: Pallida mors aequo pede pulsat pauperum tabernas requmque turres.
Me quedo rumiando estas líneas de Domínguez en la columna citada arriba: “Kristi Noem es esa (arpía o diablesa, le ha faltado añadir a Íñigo) que presumía de haber matado a tiros a su perro de 14 meses porque no servía para cazar”. Dime de qué presumes y te diré qué te falta, cacumen. Ojalá Kristi cace un día una idea humana y humanitaria. Así verá cómo se llena de contento su pecho.
Ángel Sáez García