LA AMISTAD TIENE ALGUNA DESVENTAJA
“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita (forma verbal que yo suelo mudar por la que conjeturo que le cuadra más, palpita) en dos almas”.
Aristóteles
Quien tiene amigos del alma (basta con que sean dos, tres o cuatro, esto es, menos de los dedos de una mano, aunque, tras contarlos, alguna llegue a la cifra de seis) sabe, a ciencia cierta, que la amistad tiene muchos pros o puntos a favor y alguno en contra, o sea, que es un pozo inagotable de razones positivas, pero que contiene, asimismo, alguna desventaja, verbigracia, esta, que, como ellos, debido al trato mutuo, tienen casi tanta idea o noticia de ti como tú de ti mismo y te conocen tanto como tú a ellos, si están atentos al relato de hechos que haces, a cuanto cuentas, te pillan en un renuncio en un santiamén, es decir, saben cuándo exageras y cuándo les intentas colar una patraña; y, si esta es como una montaña de grande, pongamos por caso un ochomil, con más motivo.
Igual que a Agustín, “el Lagarticida”, le siguen llamando de esa guisa, con ese mote, desde que lo rebautizó así un amigo suyo de la cuadrilla, Félix, “el Gato”, adicto a la tauromaquia, aunque solo mató un lagarto, que se sepa, de seguro, en los sesenta años, recién cumplidos, de su vida, y fue como consecuencia de un acto involuntario, al dar marcha atrás con el tractor, un día que fue a sacarlo de la cochera para labrar, a mí, en Algaso, todo quisque me llama “el Bizco”, desde que referí una mentira con visos de certidumbre en una de mis urdiduras, en la que narraba que, cuando vacaciono en el Puerto de la Cruz (Tenerife), y subo a la piscina del hotel donde me hospedo, que se halla en la terraza, me apetece mirar con el ojo izquierdo a una fémina extranjera, la que me parece más bella de cuantas exhiben su semidesnudo cuerpo allí, y con el derecho a una nacional, la más venusta, según mi peculiar criterio, que puede discrepar abiertamente del parecer que defienden y sostienen los otros. Bastan unas pocas averiguaciones para enterarte con arte del cotarro, si sabes a quién preguntar.
Por eso, confío, deseo y espero que el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, me entienda cabalmente, al interpretar, de manera literaria, no literal, cuanto estoy dispuesto a aseverar, donde sea o haga falta, que este menda y cuantos cumplen, a rajatabla, los tres idénticos requisitos inexcusables, a saber, ser soltero, heterosexual y sin compromiso, somos bisojos, estrábicos. Me he dado cuenta de que alguno lo es de nacimiento, no por la razón que acabo de aducir aquí (aunque lo propio trencé antes en otro texto en prosa); ergo, que conste en acta la excepción, aunque, qué paradoja, sí, esta venga a confirmar dicha regla.
Bueno, pues, al lío; lo propio contó el otro día, en una conferencia que impartió en el algasiano Centro Cívico “Añagaza” (no “Añamaza”, como mucha gente lo llama, confundiendo la treta con el río), a la que acudí con mi amigo del alma Emilio González, “Metomentodo”, una escritora de postín (no doy su nombre y primer apellido por la misma razón que calló Cervantes el de la aldea manchega donde vivía don Quijote, para que muchas se sientan insinuadas o sugeridas por mis palabras), a quien sus amigas llaman “Una furtiva lágrima”, no porque le guste la ópera, que se pirra por ella, sino porque, desde que empezó el invierno, y se le secó el lagrimal derecho, cuando llora, solo le recorre una lágrima o varias el flanco o lado izquierdo de su cara, porque el diestro anda a dos velas (locución verbal coloquial que significa sin dinero, sin caudal), reseco. Su rostro, cuando le da por desaguar, no deja un rastro equilibrado, no guarda una estética simétrica, y eso lo hace menos hermoso que el de sus amigas (insisto e itero, solo cuando llora).
Y es que los amigos del alma, pueden ser una bendición del cielo, y, en verdad lo son, pero devenir también en los peores demonios (o diablesas) redomados, por cómo y cuánto son capaces de zaherir.
Tengo por verdad radical, apodíctica, esa expresión proverbial que dice que donde hay confianza da asco. Lo mismo opino de esa otra que propala que quien tiene un amigo tiene un tesoro, pero, junto a este, encerrado en la misma caja fuerte, quizá, hay o cabe hallar un secreto que, por culpa de un bocazas, que tal vez no actuó de mala fe, acabó por trascender cuanto debía permanecer oculto y hoy es vox populi.
Nota bene
Por aclarar el asunto, agrego aquí cuanto puede ayudar al atento y desocupado lector a la intelección total de este texto. “Una furtiva lagrima (sin tilde, en italiano)” es un aria para tenor que canta Nemorino, el cándido (pues cree, a pies juntillas, que el vino de Burdeos, que ha comprado a un engañabobos, es una pócima de amor), pero más tarde suertudo (muere un tío suyo, que le deja en herencia una fortuna), que piensa que el elixir está haciendo su efecto, al verse rodeado de coquetas nínfulas núbiles, en edad de merecer, y le va permitir conseguir su objetivo, enamorar a su amada Adina, en la octava escena del segundo acto de la ópera “L’elisir d’amore” (1832), con música de Gaetano Donizetti y libreto en italiano de Felice Romani.
Ángel Sáez García