¿TIENES DOBLE ESPOLÓN, COMO TU OPUESTO?
Ayer, por la tarde, como terminé antes de lo que había calculado o previsto la tarea que me había autoimpuesto, juzgué oportuno dar un paseo más largo de lo habitual (disponía de tiempo suficiente para ello) y acercarme al cenobio de Algaso para visitar y darle un rato a la sinhueso con mi guía y mentor, fray Ejemplo, si este se hallaba libre de obligaciones, que, en el orden de prelación, suelen ir o situarse, de ordinario, antes que las devociones.
Como, al parecer, ambos nos pusimos de acuerdo en ser eficaces a tope dicho día, mi deseo se cumplió y estuvimos dándole a la mui en el jardín del claustro, sentados en uno de sus bancos de madera, durante una hora larga.
Tras darnos el abrazo mutuo de costumbre y rigor, le interrogué por su salud y me respondió lo que ya se ha convertido en un hábito (es este caso, no talar) lógico y normal: “Deteriorándose paulatinamente; pero aún puedo coronar lo que tanto agradezco dar, solo o acompañado, paseos cortos”, añadió.
A renglón seguido, le pregunté por la elección del nuevo pontífice León XIV y me contestó que tenía buena y hasta estupenda pinta; que le había dado el pálpito de que, en esta oportunidad, el Espíritu Santo, ciertamente, se dejó caer por donde se le esperaba, estuvo gravitando sobre la Capilla Sixtina y logró su propósito, inspirar acertadamente a los cardenales electores. ¿Y a ti?, me interrogó él, a su vez. Le respondí esto:
—A mí, ya sabe, Eusebio, que me flipa la liturgia, que me pirra el rito, pero no creo que el papa sea un ser humano infalible; y estoy cada día más persuadido y firme en mi ateísmo, aunque sea (me lo reprocho una jornada sí y otra también) incoherente e incongruente, pues sigo pidiendo a san Camilo de Lelis que interceda por mí ante quien sea menester que deba hacer tal cosa, para que me mantenga con vida y pueda seguir haciendo lo que me apetece y peta, escribir a diario.
—Preséntame a un congénere nuestro que no lo haya sido o sea y tendré que calificarlo de lo que, sin ninguna duda, es, un redomado impostor.
Acababa de sentenciar el anterior dictamen fray Ejemplo, cuando apareció por el pozo, cerca de donde nos hallábamos, un novicio que iba a hacer el camino de Santiago y pasaba aquella noche en el convento algasiano. Nos saludamos y le pregunté:
—¿Cuándo sentiste la vocación religiosa?
—Cuando me confesé, durante la pasada Semana Santa, por Pascua, con un padre capuchino, franciscano —respondió.
—¿Antes, durante o después de confesarte? —le cuestionó con ánimo de polemizar fray Ejemplo.
—Antes, durante y después. ¿Por qué? —le intentó sonsacar él.
—Porque he escuchado esa misma cantilena o cantinela varias veces, pero todos los anteriormente preguntados por mí respondieron siempre “después”.
Ignoro si la respuesta que le dio mi guía, Eusebio Arteaga Piérola, le satisfizo o no al novicio, le petó o le disgustó, pero este optó por despedirse y marcharse, por no ser interrogado más, y nos dejó con nuestras cosas.
—¿Hay vocación en ciernes? —le pregunté a mi mentor.
—Como cuando uno es joven, además es un ignorante empedernido, no sabe lo joven y lo nesciente que es, pero menos conoce aún lo idiota que puede llegar a ser, si se deja arrastrar a una pelea de gallos, careciendo de lo que tiene su contrario, doble espolón —me retrucó.
¿Fue un comentario pertinente o destilaba o exudaba el susodicho un ápice o pizca de altivez? A mí, al menos, me quedó una sensación agridulce, en la que la segunda opción le había ganado el pulso a la primera.
Ángel Sáez García