LA PRIMERA LECCIÓN NAVARRETANA
ME LA IMPARTIÓ EL SENSATO FRAY EJEMPLO
A veces, levantarse por la noche de la cama, a las dos de la madrugada para, por ejemplo, ir al baño a evacuar la vejiga y/o el colon, además de propiciar un alivio evidente, tiene otras consecuencias benéficas, positivas, para este menda si, de regreso a la habitación, a su catre, tras recuperar la posición de tumbado, decúbito supino o prono, que había deshecho al optar por la vertical, uno halla alguna dificultad para conciliar de nuevo el sueño; ahora bien, si descubre que tiene el cacumen espabilado, creativo, después de haber cazado al vuelo o pescado sin anzuelo una idea, hará bien, lo correcto, si, a renglón seguido, procede a escribir mentalmente, en la pizarra imaginaria de su sesera, con la inestimable ayuda de una apócrifa tiza blanca, empuñada con los dedos de su diestra, las líneas de una nueva urdidura o “urdiblanda” en prosa, que son, sin duda, renuevos reverdecidos de dicha Costanza.
Para que los útiles de trabajo duren, se conserven en óptimas condiciones de uso, uno ha de darles cariño, el mejor trato posible, y protegerlos, o sea, forrarlos con plástico.
Ayer, sin querer queriendo, como solía tener siempre en la punta de la mui, a punto de largar o soltar, el Chavo del Ocho/8, cuando servidor buscaba en una de las varias baldas de su desordenada biblioteca una cita textual del psicólogo austriaco Wilhelm Stekel, que aparece recogida en “El guardián entre el centeno”, de Jerome David Salinger, hallé, de chiripa, por pura serendipia, un objeto que me recordó la verdad vigente que aún porta y cabe leer en el parágrafo precedente, y en sentido estricto, fue la primera lección navarretana que me impartió, en clase de lengua y literatura española, el profesor de dicha asignatura allí, Jesús Arteaga Romero. ¿De qué objeto se trataba? De un diccionario abreviado de Latín-Español y Español-Latín, que, junto con los de lengua española y francesa, y el resto de los libros de texto de aquel curso, nos enseñó a forrar el mencionado religioso camilo, nacido en el concejo navarro de Ázqueta (patria chica también de Piérola).
Aunque entonces, recién estrenado mi primer curso académico en el seminario menor navarretano (me refiero, por supuesto, al Sexto de la extinta Educación General Básica, EGB), desconocía que la mayor parte de las virtudes que acarreaba y atesoraba consigo Arteaga, con el lento paso del tiempo, las advertiría, y esa constatación me llevaría, muchos años después, a decantarme por echar mano de su rica y poliédrica personalidad, para conformar el personaje literario, ficticio, de fray Ejemplo (que complementarían o completarían, de manera satisfactoria, los caracteres y temperamentos de Pedro María Piérola García y mi propio progenitor, Eusebio), que tardaría décadas en ser fraguado por el magín del abajo firmante de estos renglones torcidos, fue, a partir de entonces, cuando comprobé que cuantos dones suyos había barruntado durante el cursillo propedéutico se iban confirmando paulatinamente, uno tras otro.
Como habrá algún lector al que tal vez no le sirva lo que acabo de narrar y redactar hasta aquí como lección, daré, a continuación, una alternativa.
Para probar qué tal leíamos los veinte alumnos que éramos en clase, nos pidió que leyéramos el primer párrafo de un relato de Miguel Delibes, titulado “El pueblo en la cara”, que dice así:
Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?» dijo él. Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano».
Comenzó a leer el primer alumno de la primera fila (de las tres que había, la de su derecha era más corta que las restantes, debido a que allí se hallaba la puerta de entrada y salida de la clase). Una vez cometió el discente el primer fallo en su lectura, pasó el turno al condiscípulo de detrás y siguió por el resto de las filas. Yo fui el que más posibilidades tuvo de salir airoso del brete, por disponer de más tiempo para ensayar mentalmente, ya que ocupaba el último lugar de la tercera fila, la que estaba junto a las ventanas que daban al patio, pero también fracasé. Ninguno de las dos decenas leímos bien el susodicho parágrafo. ¿Qué lección extraje, a la sazón, de la anécdota referida? Que errare humanum est, que el ser humano es un ente falible, como habíamos demostrado los veinte.
¿Qué lección cabe sacar hoy? Que conviene leer habitualmente en público, porque, como otro tanto ocurre con el amor o con un idioma, si no lo practicas a diario, este se anquilosa y marchita; y uno, llegado el momento de coronar dicho menester, constata lo obvio, que se atasca. Es lo que me pasa a mí actualmente, que, tras dejar de ejercitarlo, me atoro. Pero eso (también lo he comprobado) no me pasa mientras escribo. Así que prefiero desarrollar las muchas o pocas ideas que me brotan, nacen o surgen, trenzándolas por escrito que discurriendo o disertando oralmente de ellas.
Ángel Sáez García