EL TRÍPODE VITAL LO HALLO EN “LOS LUISES”
Que la vida iba en serio, que era una mera consecuencia del azar y, por ende, que carecía de sentido, aunque lo supe más tarde, lo barrunté pronto, en mi tierna niñez, cuando identifiqué que aquel singular toque de campana de la iglesia de Lourdes anunciaba a los parroquianos que por la tarde habría funeral, seguido de entierro. Constaté lo obvio, que ese sonido fúnebre me ponía triste. Así que, cuando, quince o veinte años más tarde, leí al poeta metafísico británico John Donne, cuanto había notado y anotado en mi libreta de apuntes lo confirmé o ratifiqué al pasar mi vista por los versos que había escrito, negro sobre blanco, el susodicho vate inglés varios siglos antes: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad; ergo, no preguntes por quién doblan las campanas; están tocando a muerto por ti”.
Para poder seguir peregrinando por este valle de lágrimas y no optar por la alternativa de suicidarme, juzgué que, dado que el hombre es una pasión inútil, absurda, como había advertido dicaz y sagazmente Jean-Paul Sartre, con cuyo parecer abundaba servidor, mi obligación intelectual requería hallar una actividad que le diera sentido a mi existencia; y, como me percaté de que no tenía el verbo necesario, ágil, para trabajar como locutor de radio o televisión, perito contador de cosas, probé a ver si mi quintaesencia estaba, estribaba o radicaba en narrar casos por escrito.
Confieso que me animó a hacer tal menester Jorge Luis Borges, a quien le había leído esto, en el prólogo que escribió a su biblioteca personal: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”, porque la vanidad que exudaban aquellas líneas estaba tan atenuada o mitigada, que parecía humildad, modestia.
Como había reparado que a mí me gustaba complementar a los autores que me había agradado leer (verbigracia, Gabriel García Márquez, “Gabo”, había dejado escrita esta tesis, que él escribía para que los que no le querían empezaran a quererle; como constaté que el autor colombiano se había quedado corto o incompleto en su reflexión, me brotó completar su pensamiento así: yo escribo para que los que no me quieren me quieran y para que los que ya me quieren me quieran más; acaso reconocí lo evidente, un ostensible déficit de cariño, que siempre he acarreado conmigo), también me surgió completar a Borges; ergo, apunté esto en mi libreta: que otros semejantes míos se enorgullezcan de los libros que le ha sido dado trenzar, yo me envanezco de los libros que me ha sido dado leer y releer, siempre que, al menos, haya escrito un microrrelato imperecedero, como el que le sirvió al susodicho autor argentino para rematar el Epílogo de “El hacedor”, de manera inmejorable, o esa bomba de relojería que es el relato que tituló “Emma Zunz”.
Yo sigo a diario y a rajatabla la lección que contiene ese latinajo de Plinio el Viejo que dice así: “Nulla dies sine línea” (ningún día sin su trazo o línea), que atribuye al pintor griego Apeles de Colofón. Pero dudo, asimismo, a diario que el sentido que le había encontrado a la vida, para no tener que decantarme por cortar por lo sano, suicidándome, sea el verdadero, el fetén, porque, aun habiendo urdido en mi telar más de nueve mil textos, ninguno de ellos está a la altura de los dos mentados, borgianos. Puede que sea muy exigente conmigo mismo. Lo soy, porque quien no se autoimponga algo que pueda culminar durante una jornada de trabajo, acaso se deje llevar por la tentadora y retardadora procrastinación y posponga la presunta obra genial que tiene entre manos para mañana, pero tal vez ese mañana jamás exista, no tenga lugar.
Hoy, por ejemplo, abrigo esta certeza (interina, provisional, como el resto, pero todas con vocación de devenir apodícticas), que el auténtico sentido de la vida estriba o reside en los amigos; bastan cinco, los dedos de una mano, para experimentar el trípode vital: la belleza, la libertad y la verdad.
Quien haya tenido la oportunidad dichosa, un inconcuso privilegio, de abrazar a “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), como he hecho yo en numerosas ocasiones, habrá comprobado, de manera fidedigna, que ese gesto, sentido y sincero (todo junto y/o por separado, sin cero), depara unas sensaciones gratificantes, placenteras, que no tienen parangón (quizá por haber brotado en Aragón, en su capital, Zaragoza), salvo con la confortable impresión que deja en tus labios los de la fémina que te ha besado y acaso haya hecho lo mismo que tú, mirarla y admirarla.
Ángel Sáez García