LOS JÓVENES ACTUALES SUFREN TANTO
QUE ALGUNOS PONEN FIN A SU EXISTENCIA
PARA ACABAR ASÍ CON EL DOLOR
Como puede que alguien haya olvidado alguno de los dieciséis versos del famoso poema de Félix Lope de Vega y Carpio titulado “Los ratones”, compuesto por dos estrofas de dos redondillas cada una, que, si no marro, escuché recitar atentamente, por primera vez, de manera consciente, a mi profesora de primer curso de la extinta Educación General Básica, E. G. B., lo transcribo a continuación:
“Juntáronse los ratones / para librarse del gato; / y, después de largo rato / de disputas y opiniones, / dijeron que acertarían / en ponerle un cascabel, / que, andando el gato con él, / librarse mejor podrían.
“Salió un ratón barbicano, / colilargo, hociquirromo / y, encrespando el grueso lomo, / dijo al senado romano, / después de hablar culto un rato: / —¿Quién de todos ha de ser / el que se atreva a poner / ese cascabel al gato?”.
Que los jóvenes actuales españoles, ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios, no están bien nadie que les imparta clase, si no a diario, con cierta frecuencia, en el instituto o la universidad, osa poner dicho aserto en tela de juicio. Hoy el grueso de los susodichos llama a su sombra “tristeza” con razón, porque es el sentimiento que más les acompaña. Viven en un continuo y/o diuturno círculo vicioso. Me explico: Son conscientes de que están enganchados al móvil (ven en él una mera extensión de sí mismos), internet y las redes sociales; detestan esa dependencia, pero, nada más alejarse (sin llegar a olvidarse) media hora del cacharrito con pantalla táctil, sienten, además de ansiedad, inseguridad y soledad; y deciden poner raudo remedio, o sea, volver a empezar el ciclo, en un bucle repetitivo, como el hámster que sigue andando y, por ende, dando vueltas a la rueda, dentro de la jaula, su cárcel o ratonera impuesta.
Hoy, si consideramos los datos que arrojan las encuestas y demás estudios realizados, seguramente, no hay un grupo de edad que esté menos satisfecho consigo mismo que la juventud; y me atrevo a agregar, además, que otro tanto o tres cuartos de lo mismo acaece con la sensación de felicidad que tienen, aun siendo esta una apreciación efímera, fugaz, momentánea. Así las cosas, a nadie con dos dedos de frente le extraña que los jóvenes, la mal llamada (para unos, bien para otros; ¿qué haríamos, si no existiera la discrepancia?, ¡inventarla!) generación de cristal, sean los que más acuden al psicólogo, más se medican y más ingresos clínicos tienen (en los dos últimos casos referidos, junto con los ancianos, los de la tercera edad, por el conjunto o la suma de sus achaques físicos y mentales).
Un abrumador número de concienzudos estudios científicos, financiados y promovidos algunos por prestigiosas universidades, de distinto alcance y jaez, demuestran, de manera fidedigna, una meridiana conexión causal (o relación causa-efecto) entre el uso de las nuevas tecnologías y el paulatino deterioro de la salud mental de los jóvenes.
Las redes sociales son una realidad negativa, que ya empieza a asustar, al ser reputada un factor esencial, sustancial, en los numerosos casos descritos como estados de ansiedad y depresión, que suelen cursar o derivar en conductas perniciosas, como la autolesión y el suicidio.
Se ha constatado, de modo fehaciente, que el joven que ha decidido, buscando su propio bien, abandonar las redes sociales para preservar su integridad física y mental, intentando hallar un escudo con el que protegerse de ellas, de su no siempre benefactora y elegida influencia, y toma dicha determinación en solitario, sin intuir o sospechar el riesgo que corre, puede dejar desguarnecida su salud mental, al quedar expuesto a la soledad indeseada, la no elegida; conviene que esa determinación se tome, de manera consensuada, entre los amigos o colegas, que ese proceder discurra en grupo, porque el que lo hace en solitario, como se ha comprobado, termina más aislado si cabe, que sí, que cabe.
El abuso o uso indiscriminado de los móviles está propiciando y conformando, con la anuencia o aquiescencia de los propios protagonistas, una juventud atrapada en una telaraña o luengo tirabuzón de adicción y, al alimón, de privación paulatina de horas de sueño. El cacharrito es un perito ladrón de descanso. La mala calidad y escasez del sueño repercute directamente en el estudio y en el trabajo. La fatiga no es una buena pareja de baile para el rendimiento académico ni laboral. Y la irritabilidad que libera, consecuencia directa de dicha fatiga, aumenta el riesgo de sufrir ansiedad, depresión y estrés (y los altos niveles de la hormona que segrega este, el cortisol, vienen a corroborarlo).
El filósofo y psicólogo social Jonathan Haidt, autor de “La generación ansiosa” (2024), resume, con una sencilla fórmula, cuanto él ha advertido y explica, en gran parte, el malestar juvenil actual: la existencia de una sobreprotección de los niños por parte de sus padres en el mundo real ha venido acompañada o se ha visto complementada con una desprotección de los adolescentes, hoy ya jóvenes, en el ámbito virtual.
Bueno, pues, evidenciada la realidad, diagnosticado el problema, que el dueño de la casa ha comprado un gato, ¿qué osado ratón se atreve a ponerle el cascabel al felino o minino?
Ángel Sáez García