El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Y, si esta historia te parece corta,…

Y, SI ESTA HISTORIA TE PARECE CORTA,

MI MUSA ME HA MANDADO REITERAR

Armando Pacho, periodista de EL SIGLO, aun estando de baja médica, recibió un último encargo del director del diario para el que llevaba trabajando la friolera de treinta años, escribir una tribuna extensa, tres mil palabras, sobre uno de los candidatos que aspiraban a convertirse en el primer presidente de la República de Incógnita (nombre provisional del nuevo país) que había conseguido independizarse del Reino de España.

Durante un par de semanas, Pacho fue la segunda sombra del barbado Agustín Romero Rodríguez. Al mes de haber entregado la susodicha colaboración, pasó tribunal médico y pocas fechas después se jubiló (aunque más correcto hubiera sido trenzar que lo jubilaron por incapacidad permanente absoluta). Además de haberse quedado sin colon, como le había sugerido (y convenció) su coloproctólogo, quien le hizo la colectomía, pues padecía una poliposis familiar hereditaria, que podía devenir en letal, se quedó sin curro, pero esta nueva circunstancia le permitía hacer, antes de lo que había calculado, su sueño, dedicarse a escribir todos los proyectos que le habían ido surgiendo, pero los tuvo que aparcar y posponer, porque la profesión de periodista es muy absorbente.

A las dos o tres semanas de haber estrenado su nueva condición de pensionista, un directivo de una editorial de prestigio le llamó por teléfono y le propuso publicar un libro con las veinte últimas piezas que habían visto la luz previamente en EL SIGLO; y él, tras conocer las cláusulas del contrato, dijo que sí y las firmó. Cuatro escasos meses después el libro ya estaba en los escaparates de muchas librerías matritenses, pero la dicha se mezcló con la pena, porque comprobó lo duro que puede ser la promoción de una obra, Tuvo que poner fin a la misma sin haberla completado, porque acabó agotado, sin fuerzas ni ánimos para seguir en la brecha, ni siquiera una vez se hubiera recuperado o rehecho.

El libro se vendió como rosquillas en Cornago, villa de la provincia de La Rioja, por san Blas, su patrón de invierno. Al mes se reeditó y a los tres meses salió la tercera edición. Los veinte euros que costaba el libro no echaron para atrás a quienes eran lectores habituales de sus tribunas en EL SIGLO o de sus piezas literarias escritas más a fondo, aparecidas en la revista HILORIO.

Agustín Romero, que había conseguido su propósito, ser elegido presidente de la República de Incógnita (que no tendría nombre definitivo hasta que no se hubiera celebrado el referéndum en el que todos los ciudadanos que así lo quisieran decidieran depositar sus votos en las urnas, optando por uno de los doce que habían pasado la criba, una propuesta que hizo Romero y todos los candidatos de todos los partidos secundaron o aceptaron sin chistar), leyó el libro y, como discrepaba abiertamente de las conclusiones negativas (sobre su persona) a las que había llegado Pacho en las dos piezas que hablaban de él, le escribió y mandó un email a su dirección de correo electrónico, en el que despotricaba del ahora pensionado y el análisis que hizo otrora.

Pacho le agradeció a Romero que hubiera leído el libro y le mandó a su dirección postal un cheque con los veinte euros que había tenido que apoquinar el presidente por él. Como Romero no consideraba que el dinero fuera el excremento que, ora en forma líquida, de diarrea, ora en forma compacta, de zurullo, defecaba el diablo, como así pensaba Onésimo, el padre de Pacho, del que había aprendido dicho adagio, no del papa Francisco, a quien se le adjudicó, pero me consta que antes fueron otros muchos los que lo pronunciaron (Giovanni Papini, por ejemplo, lo hizo así, “el dinero es el estiércol del diablo”), no se lo devolvió, lo ingresó en su cuenta y con él compró otro libro, en el que encontró otro comentario del autor con el que disentía. Y volvió a ocurrir, poco más o menos, lo mismo de lo que he escrito arriba, como en esas canciones infantiles que no tienen fin, verbigracia, la del barquito chiquitito, que dice así: “Había una vez un barquito chiquitito, / había una vez un barquito chiquitito, / que no sabía, que no podía, que no podía navegar, / pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas, / pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas, / y aquel barquito y aquel barquito / y aquel barquito navegó. / Y si esta historia parece corta, / volveremos, volveremos, a empezar. / Había una vez un barquito chiquitito, / había una vez un barquito chiquitito, / que no sabía, que no podía, que no podía, navegar (y vuelta a repetirlo todo hasta que te canses)”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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