El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Contra la hipertensión hay un remedio

CONTRA LA HIPERTENSIÓN HAY UN REMEDIO

QUE, POR SUPUESTO, NO ES MEDICAMENTO

JUNTARSE CON LOS PRIMOS TIENE PREMIO,

TE BAJA LA TENSIÓN DE MODO IGNOTO

El pasado sábado 29 de noviembre de 2025 volví a pisar con las suelas de los zapatos que calzaba el suelo de la plaza de Cabretón, el pueblo de mi madre, Iluminada, donde, siendo un niño de corta edad, pasé los días de varias vacaciones de Semana Santa y estío en casa de mis abuelos maternos, Cruz y Leocadio, y de mis tías Felicitas y Petra, hermanas mayores de mi progenitora, y fui feliz a espuertas. Las últimas veces que había acudido a dicha población siempre había sido con pena, por motivos luctuosos, para asistir a las misas de funeral y posterior entierro o ennichamiento de deudos o familiares, y padres o madres de amigos. En esta reciente oportunidad fue porque “las/os Tapias” habíamos organizado una comida de primos y allegados (estuvimos 27, los que pudimos y quisimos ir) en el bar de la plaza, que ahora regenta la primogénita, Conchi, de Concha y de nuestro primo mayor, José Mayor García, bien secundada por sus hermanas María José y Laura, y su pareja, Chuchi.

In situ, comprobé lo mismo que en otras ocasiones anteriores había advertido, que juntarse con los primos tiene premio (si no hay un óbito que lo preceda y obligue a ello, claro) y que la hipertensión (que me incrementan los ruidos que generan adrede, sí, aposta, los vecinos de arriba, sobre todo) tiene remedio, sin que medie la ingesta de un medicamento, para variar el orden de los versos endecasílabos del rótulo que he elegido para que encabezaran estos renglones torcidos.

En cinco horas apenas, en las que no paramos de darle a la sinhueso (servidor, al menos), nos tomamos un vermú, comimos y saboreamos cafés o infusiones, según gusto y opción. Hablamos con unos y con otros de lo divino (poco) y de lo humano (mucho), de que los achaques son, cada año que pasa, más frecuentes y más numerosos (ley de vida).

Como varios lugareños, clientes asiduos del bar, acudieron al mismo, tuve oportunidad de saludar a varios y charlar un rato con Alejandro (a quien le pedí que organizara una comida de quintos), con Robert(to), el panadero del pueblo, y con uno de mis tres mejores amigos allí, desde la más tierna infancia, junto a Javi y Martín, Santos Calahorra Medrano, que, como de costumbre, volvió a estar dadivoso, generoso, conmigo, pues me obsequió con dos botellas de la renombrada bodega/empresa vitivinícola jarrera para la que trabaja como enólogo desde hace décadas, Ramón Bilbao.

Allí volví a constatar lo obvio, que la felicidad nunca es completa, total, sino efímera, interina, momentánea, provisoria, como lo era (y es, mientras no haya quien contradiga o refute su tesis) la verdad para el filósofo austriaco-británico Karl Raimund Popper. Cuando llegas a la cima o cumbre, el estado de dicha y euforia en el que te encuentras solo tiene dos alternativas, o mantenerse, asunto difícil de lograr, o bajar, la opción más usual. Y eso, en mi caso, se reeditó, volvió a acaecer (que me molestó, lo reconozco, pero no me pareció mal del todo, porque suele ser el recorrido habitual, el lógico y normal).

Recuerdo que fui al baño a vaciarme la bolsa de la ileostomía y que, a la vuelta, mi cuñada María José, se puso en pie y, tras echarle unas flores al autor de la décima (con estrambote, o sea, en realidad, duodécima), que había escrito este menda para el encuentro o evento, que leyó estupendamente (le había entregado una copia, que repartí también entre los asistentes, pasada a ordenador, y ella la leyó en voz alta mientras nos desplazábamos ella, su esposo, mi hermano Eusebio, “Use”, que conducía el coche, y este menda, en el interior del vehículo, y luego, varias horas después, tomados los cafés y las infusiones, hizo una lectura oportuna del texto, dándole el tono adecuado). Poco después, yendo todavía de viaje a Cabretón, procedí a recitarles el soneto que había escrito a mano, con BIC azul sobre una media cuartilla gualda, por la mañana, que, por tenerlo reciente, aún entendía mi letra. Les dije entonces que, después de que leyera el poema María José, declamaría servidor el soneto, pero, tras leer el primer cuarteto bien, no continué por el ramal o sendero abierto; y, menos mal, al final, logré terminar los dos últimos versos del mismo en condiciones. Qué pena, nada, gajes del oficio; uno es escritor, no buen lector de sus textos, qué se le va a hacer, constatar el hecho una vez más, y reconocerlo sin ambages, y saber que uno no es perfecto, sino que tiene dones y defectos, como cualquier hijo de vecino.

El soneto, titulado “Que ‘no hay mal que por bien no venga’ alegra” lo podrá leer el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario de estos parágrafos, si no hay contratiempo, aquí, en su bitácora, mañana.

   Nota bene

   Esta breve crónica del suceso de marras se la dedico, por supuesto, a los asistentes (Concha, José, Pili, Paco, Rosamari, Eulogio, Manoli, Marisol, José, Ermelo, Pili, Nerea, Piedad, Amador, Elena, Deisi, Blas, Anselmo, Manoli, Miguel, Alberto, Corpus, María José, “Use”, Jesús y “Nena”) y a quienes no pudieron o no quisieron acudir, sin excepción.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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