El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Toda persona habida y por haber…

TODA PERSONA HABIDA Y POR HABER

¿NO ACARREA UN MONTÓN DE INCOHERENCIAS?

Que toda persona habida y por haber ha sido, es y será, a lo largo de su existencia, una constante y fluyente contradicción es un aserto que nadie (aun contando con dos dedos de frente) ha conseguido refutar. Y no solo me refiero a ese caradura inmodesto o sujeto soberbio (el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, puede, si así lo desea, mudar el adjetivo propuesto por otro cualquiera de la escueta lista que contiene los que siguen a continuación: altivo, arrogante, endiosado, engreído, jactancioso, presumido, ufano, vanidoso, etc.) y andante que se llama Pedro y todos conocemos, por el que algunos sentimos alipori, sí, vergüenza ajena, cuando le escuchamos afirmar que él es de lo mejorcito que hay en España y en el orbe entero, y hasta en buena parte del extramundo (bueno, acepto que esto último, como suele hacer él, puede que me lo haya inventado), en el supuesto de que este exista. Al menos, este menda, cuando ha usado la máscara o el seudónimo de Nadie (el mismo del que echó mano Ulises para librarse del cíclope Polifemo, en la “Odisea” homérica), no lo ha logrado objetar.

Supongo que, por una evidente asociación de ideas (la rosa agarrada por el puño cerrado), en la asunción de dicha convicción o creencia me influyó el epitafio que escribió Rainer Maria Rilke (1975-1926) para que obrara sobre su tumba en el cementerio de Raron, Suiza, este: “Oh rosa, pura contradicción: voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados”. Ahora bien, cabe preguntarse si en ese sueño el poeta austríaco (en lengua alemana) vio más bien una pesadilla, porque tal pensamiento acaso lo escribió con sutil ironía, ya que la causa de su muerte prematura, la leucemia, él pudo creer que la contrajo o sobrevino al ir a coger una rosa y pincharse con una de sus espinas, que aceleró su pronta cita con la parca.

Está claro, cristalino, que nadie ha logrado escapar fácilmente de esa cárcel (con forma de dédalo o laberinto) que tira de todos (de algunos más que de otros, ¿verdad, Pedro?) nosotros, los seres humanos, como si estuviésemos hechos de hierro, y no de carne y huesos, y él fungiera de potente imán. Y quien ha conseguido salir airoso, sano y salvo, de él ha vuelto a entrar pronto de nuevo en esa prisión que presiona y aprisiona, y se llama, precisamente, así, contradicción.

Servidor, por ejemplo, va a misa (es para sus padres y hermano) los días 25 de cada mes. Y, aunque ha confesado muchas veces que es ateo (pues ha llegado a la convicción de que no es requisito imprescindible, necesario, que Dios exista, ni que haya una ulterior vida de ultratumba, ni parusía, ni el preceptivo Juicio Final, para que los hombres, hembras, varones o no binarios, seamos buenos, probos), acude a la cita, a no ser que haya, a las siete y media de ese día, otro funeral, y ceda gustoso el lugar que iba a ocupar él en un banco de la iglesia de Lourdes a quien desee acompañar al difunto en su última visita, si han viajado sus restos mortales, su cadáver, dentro del ataúd o féretro en el coche fúnebre, al mentado recinto religioso.

¿Por qué lo hace? Porque llegó a un acuerdo con su progenitora: mientras él viviera, le cedería gustoso su cuerpo para que ella pudiera asistir, como era su costumbre, cada 25 de mes, a la misa que ofrecía en desagravio de su hijo José Javier y de su piadoso esposo Eusebio; y participaría en la liturgia y/o rito de manera activa, como lo hacía ella.

Supongamos que alguien conociera las ideas que sostiene servidor y le viera dentro de la parroquia de Lourdes, acaso se extrañara y quizá le pareciera rematadamente mal el proceder del abajo firmante; sin embargo, responda y sea sincero, ¿acaso él (ella, él o no binario) no habría pactado con su madre, a fin de que ella pudiera morir en paz, que él seguiría la tradición inaugurada por ella mientras permaneciera vivo, y, como lógico corolario, cumpliría a rajatabla con la palabra que le dio a su progenitora? ¿Tal vez se hubiera negado a llevar a cabo un menester del que nadie sale perjudicado, salvo él?

Es evidente que Hannah Arendt estaba en lo cierto cuando nos tachó y trató a los ateos como lo que somos, unos estúpidos empedernidos y unos soberbios redomados (como Pedro Sánchez, sí, que parece que no tiene abuela), ya que creemos saber lo que ningún ser humano puede llegar a conocer (estando vivo y, menos aún, muerto), pues esa averiguación escapa a nuestra inteligencia y, por ende, a nuestro conocimiento. Así que, en el supuesto de que Dios exista y ocurra la segunda y gloriosa venida de Jesucristo al planeta azul, la Tierra, al final de los tiempos (¿nadie ha pensado, ni siquiera Dios, que se va a armar la de Dios es Cristo?), estoy completamente convencido de que no le importará gran cosa que haya dudado de él (pues él me ha dotado de un intelecto para poder hacerlo, ¿o no es verdad?); y le bastará poner en el platillo de la balanza de mis haberes o pros el acuerdo al que llegué con mi madre de seguir su tradición de ir a misa los 25 para que venza el acervo de errores que habrá en el platillo de mis contras o debes.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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