DETESTABLE AÑAGAZA DE UN PUTERO
Uno de los microrrelatos o cuentos cortos, hiperbreves, del escritor hondureño, nacionalizado guatemalteco y exiliado en México, maestro de la minificción, Augusto Monterroso dice así: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (dando validez quizá a esa impresión que tienen los oprimidos, sojuzgados o sometidos de la diuturnidad o persistencia de los autócratas, que en el mundo inmundo fueron, son y serán). Bueno, pues, lo contrario, de un día para otro, el pasado 3 de enero, ocurrió con Nicolás Maduro, a quien cabe llamar con la etimología griega de los dos vocablos que componen la voz española dinosaurio, lagarto terrible, por dictador, o sea, un cocodrilo o, mejor, un aligátor, caimán o yacaré. En apenas unas horas, cuanto se suponía que no podía suceder acaeció. Maduro, por su propio peso, cayó, cual fruta madura, de la rama del árbol de la que pendía (en este caso, lo derribó otro de su calaña —en puridad, lo abatieron otros mandados por él, militares de la selecta Delta Force—, aunque sea la opuesta, de derechas, Donald Trump) y dependía.
El mencionado día, el sábado 3 de enero, Venezuela se despertó y el líder bolivariano, como el Gran Hermano de “1984”, la novela de George Orwell, ya no estaba presente en el desayuno, porque había sido capturado y extraído de la casa de los Pinos por los adiestrados militares de la unidad Delta Force, que abatió antes a los 32 guardaespaldas cubanos, que pretendían que las integridades anatómicas de Maduro y de su consorte (que corrió peor suerte, por los evidentes cardenales), Cilia Flores, permanecieran intactas (algunos efectos colaterales no se pudieron evitar —a Maduro se le observó caminar con alguna dificultad y Flores tenía el cuerpo amoratado y más de un hematoma junto a uno de sus ojos—). El general Marcano (de toda chapuza tiene que haber algún responsable o culpable) fue acusado de traición a la patria, negligencia grave y falta de lealtad.
Una semana después de lo sucedido, si preguntas a algunos venezolanos (a todos va a ser meramente imposible pedirles su criterio u opinión), puede que te digan lo mismo que me han dicho o escrito a mí, que parece que todo ha cambiado sin mudar realmente nada; o sea, algo parecido al “gatopardismo” o principio lampedusiano, que cabe leer en “El gatopardo”, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, si rememoramos qué le dice Tancredi a su tío Fabrizio Corbera, el Príncipe de Salina: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. ¿Qué había cambiado? Que el omnipresente Maduro no estaba en todos los sitios, como si se tratara de una copia o reencarnación del Dios cristiano, por su permanente ubicuidad, ya fuera en la tele, la radio o las redes sociales. Porque al líder chavista, que semejaba un poliedro, le gustaba exhibirse en público y que los venezolanos cataran sus plurales facetas. Su captura, extracción y ausencia ha hallado a muchos conciudadanos suyos con el paso cambiado y donde brillaba el rostro ubicuo de Maduro han aparecido sendos cráteres o socavones.
Maduro anda ahora renqueante en la celda que ocupa en una prisión norteamericana, porque la culpa de que las cosas le fueran mal a Donald Trump, presidente de los EEUU, la tenían los demás, los otros, Maduro (entre ellos), no él ni los suyos. La culpa verdadera de sus horas bajas la tenía su relación con el difunto Jeffrey Epstein, con quien se fotografió muchas veces, pero ha echado mano de la añagaza, del malo, malísimo, de Maduro (única verdad, de todo el tinglado que ha montado para salvarse de la quema epsteiniana), que Edmundo, personaje de “El rey lear”, de William Shakespeare, en la acto primero declara así (pertinente e irrefutable argumento para echar abajo las martingalas de los astrólogos): “¡He aquí la excelente estupidez del mundo; que, cuando nos hallamos a mal con la Fortuna, lo cual acontece con frecuencia por nuestra propia falta, hacemos culpables de nuestras desgracias al sol, a la luna y a las estrellas; como si fuésemos villanos por necesidad, locos por compulsión celeste; pícaros, ladrones y traidores por el predominio de las esferas; beodos, embusteros y adúlteros por la obediencia forzosa al influjo planetario, y como si siempre que somos malvados fuese por empeño de la voluntad divina!”; y, a renglón seguido, resumió con estas justas palabras: “¡Admirable (mejor, su antónimo, detestable) subterfugio del hombre putañero, cargar a cuenta de un astro su caprina condición! Mi padre se unió con mi madre bajo la cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento; de lo que se sigue que yo sea taimado y lujurioso. ¡Bah! Hubiera sido lo que soy, aunque la estrella más virginal hubiese parpadeado en el firmamento cuando me bastardearon”.
Ángel Sáez García