El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No olvido aquel bidé falto de vida

NO OLVIDO AQUEL BIDÉ FALTO DE VIDA

DOY GRACIAS POR PAGAR SIN HACER NADA

Entiendo a quienes (fueran mis espontáneos comunicantes sobre el tema amigos íntimos o simplemente conocidos) echaron mano (en determinadas circunstancias o durante una buena parte de su vida adulta, que no adúltera ni adulterada, pues siguen solteros) de las prostitutas para satisfacer sus necesidades fisiológicas, orgánicas, vitales. Y comprendo, asimismo, el argumento que les viene antes a la mui o sinhueso y refieren, que, si no es este, tal cual, se le parece bastante: ¿Acaso no estaban para eso? ¿Machista? Pues, sí, muy machista. Ahora bien, siempre que sale a relucir en la conversación o debate que mantengo con otras personas el vocablo “puta”, tiendo a recordar los ocho primeros versos endecasílabos del soneto que encabeza este rótulo: “Desengaño de las mujeres”; o sea, de los dos cuartetos del mismo, que compuso Francisco de Quevedo y Villegas, e inicia este: “Puto es el hombre que de putas fía”, sáfico. Le siguen estos otros siete: “y puto el que sus gustos apetece; / puto es el estipendio que se ofrece / en pago de su puta compañía. // Puto es el gusto y puta la alegría / que el rato putaril nos encarece; / y yo diré que es puto a quien parece / que no sois puta vos, señora mía”.

De igual modo, me veo empujado u obligado a rememorar cuanto ocurrió la primera y única vez que acudí en mi vida a un puticlub. Nada más acceder a aquel antro (debían de ser las señoritas que alquilaban allí sus joyeros o alhajas más íntimas durante ratos, veinte minutos, poco más o menos, limpias, limpísimas, pero no logro olvidarme de aquel tufo o vaharada nauseabunda que inhalé), parte de la peste que no me llegó a la pituitaria se me agarró como una lapa a la garganta, y, tras proceder a lavarme con agua y jabón el dedo sin uña en aquel bidé falto de vida, tuve que salir precipitado de aquel cubículo o cuchitril como alma que lleva el diablo, sin terminar de enhebillar el cinturón convenientemente, porque era perentorio hacer cuanto antes lo precipuo o principal, vomitar (como eso hice en la amplia explanada exterior, entre dos coches).

Nunca, jamás de los jamases, he estado con una prostituta. Si hubiera contemplado in situ, detrás de mí, cual angelote consejero o diablillo tentador, o sea, si hubiera presenciado cómo servidor tecleaba la frase de marras, compuesta por sus diez cabales palabras, Juan Félix Blasco Castillo, que fue, amén de uno de mis tres compañeros de piso (en uno, zaragozano, de la Avenida de Navarra), colega de facultad, seguramente, me hubiera objetado que sí había estado con una. Y no hubiera mentido ni él ni yo; pues María Ángeles X. Y. (oculto, tras las letras asignadas a las dos primeras incógnitas, las iniciales de sus verdaderos apellidos para que nadie pueda identificarla) que fue condiscípula nuestra, de ambos, durante los estudios universitarios, trabajaba de puta de lujo, pero cuando nos confesó a qué se dedicaba, de manera esporádica (los fines de semana, sobre todo), para poder costearse el grueso de los numerosos gastos ocasionados por la carrera, fue al final del quinto y último curso, o sea, al rematar la licenciatura. Yo estuve una sola noche con ella, durante la fiesta que organizamos, por todo lo alto, con ocasión del paso del ecuador. Entonces yo desconocía esa parcela secreta de su existencia.

He cavilado varias veces sobre aquel episodio de mi vida universitaria. Incluso he llegado a pensar que “Nines” (así la llamaba Juan Félix, y ella a él “Juanfe”) nos pudo tomar entonces impunemente el pelo. ¿Con qué fin? Puede que lo hiciera para que la recordáramos. Como la memoria es selectiva, sin ese aporte memorable, sin duda, tanto Juan Félix, como yo, nos hubiéramos olvidado hasta de su nombre compuesto de pila. Lo que está claro, cristalino (sobre todo para mí, como me suele refutar mi querido amigo Luis de Pablo, y yo acepto sin chistar ni mistar), es que, siempre que nos juntamos para comer y recordar viejos tiempos, indefectiblemente, Juan Félix y yo rememoramos el hecho.

¿Fue cierto cuanto nos confesó aquella tarde, tras hacernos los tres las fotos para la orla? ¿Si hubiera sabido, a ciencia cierta, estando estudiando tercer curso, que María Ángeles ejercía casualmente de puta, me hubiera ido al catre con ella? ¿No es posible que haya estado con otras putas sin saber que se dedicaban a alquilar sus cuerpos a cambio de pasta, sin haber pagado este menda nada por el o los polvos (si fueron varios)? ¡Son tantas las preguntas que me brotan y planteo!

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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