TODO UN PIBÓN ERA SOFÍA ARGÜELLO
A cada frase ingeniosa habida o por haber, sutil, cabe encontrarle uno, dos, diez y hasta cien casos que cuadren o encajen perfectamente con ella, como alianza en el dedo anular. Por ejemplo, a la locución “búscate un oficio en el que coincidan tu ocio y negocio y no tendrás que trabajar jamás” (sí, sí, algo parecido dicen que adujo Confucio) se le pueden hallar varios dechados o modelos pintiparados que son claros espejos de lo afirmado arriba; verbigracia, la investigadora bioquímica húngara Katalin Karikó, Premio Nobel de Medicina 2023, que compartió con Drew Weissman, por haber contribuido a desarrollar las vacunas eficaces de ARNm contra la COVID-19; el escritor extremeño Javier Cercas, un autor de 9,9, porque, como es notorio, de vez en cuando, demuestra que es humano, pues yerra, y se queda en semidiós; el murciano Carlos Alcaraz, joven jugador de tenis, actual número 1 del mundo del ranking ATP; el vizcaíno Jon Rham, jugador de golf, número 10 del orbe en dicha especialidad. El atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, a poco que reflexione, encontrará otros cuatro arquetipos válidos (y uno de ellos puede ser hasta ella, sí, o él). Así que, me apuesto doble contra sencillo a que lo logra. Ahora bien, como cualquier moneda, amén de cara, tiene cruz; ergo, toda profesión en la que uno se sienta dueño y señor, tiene también sus servidumbres. Y, a veces, nos hallamos en medio del océano, tras naufragar nuestra embarcación, sin una tabla de madera a la que poder agarrarnos y que nos salve de morir ahogados en sus aguas procelosas.
Me encanta ejercer o fungir, no fingir, mi trabajo de inspector de policía, pensó Gabriel Lozano, mientras miraba al techo de su habitación, pero es la segunda noche seguida que paso en blanco, sin pegar ojo, así que, durante la mañana, una de mis pretensiones inexcusables o prioridades va a ser llamar a la psicóloga Lourdes Pinto, “la Comecocos”, para quedar con ella, exponerle el caso, que me oriente y pueda decirle sin tartamudear a la esposa del presunto delincuente Lorenzo Soria qué información hemos encontrado guardada en varios archivos en el ordenador portátil de su marido. Intentaré seguir al pie de la letra cuanto me recomiende hacer. De esa guisa, al fin, seguramente, conseguiré volver a conciliar el sueño, requisito necesario para descansar y poder responder como mis superiores confían, desean, esperan y debo.
Una vez llegó Gabi a comisaría, le ocurrió lo mismo que otras muchas veces antes y, auguro o vaticino, le sucederá lo propio otras tantas después, que tuvo que llevar a cabo varias gestiones perentorias y se dio cuenta de que uno de sus propósitos había quedado en agua de borrajas o cerrajas, esto es, constató que no había tenido tiempo de llamar a Lourdes para comentarle, grosso modo, el affaire y pedirle criterio procedimental a la profesional del ramo; porque, cuando las cosas se pueden hacer bien, se deben hacer correctamente, sin infligir más daño del que sea imprescindible.
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—¿Sí?
—Lourdes, soy Gabi; tengo un problemón entre manos y me urge comentártelo. ¿Podemos quedar antes de comer?
—Ahora tengo unos minutos libres. Si quieres, podemos tomarnos un zumo mientras me lo desmenuzas, si no tienes algo más urgente que realizar.
—Me acerco a tu despacho en un santiamén y te lo refiero.
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Tras la reunión, Gabi salió del despacho de “la Comecocos” pesando dos o tres kilos menos (va a tener razón de ser, conjeturó, la mera variante de ese adagio sueco que dice que un éxito compartido es un triunfo doble, y un aprieto compartido la mitad de un brete), porque se había quitado la piedra que acarreaba sobre la segunda vértebra cervical, atlas, que se llama igual que el titán clásico que sostenía la bola del mundo con su susodicha. Además, Lourdes se había brindado a estar presente cuando él le contara a Sofía Argüello, la esposa del voyerista, al que unos compañeros habían empezado a llamar, manitas, y otros habían bautizado con los alias de artificiero sexual o “artilugiero”, las andanzas de su esposo.
Sofía Argüello ya trabajaba en el hospital de Algaso antes de conocer y empezar a salir con Loren. Este había prestado sus servicios durante una década larga como conductor de autobús de línea regular hasta que sufrió un accidente de tráfico (chocó contra un camión) y tuvieron que amputarle parte de la pierna derecha y lo jubilaron. Desde entonces, las mañanas las pasaba paseando a su perra Tutú, una chihuahua, sobre todo, por los interminables pasillos del Centro Comercial “Moncayo”.
En lugar de dedicar las muchas horas que tenía libres a estudiar un idioma o una carrera o a culminar otras variopintas tareas o menesteres más provechosos, le dio a Loren por idear maneras de verles a las féminas adultas o menores de edad que vistieran minifalda sus muslos o sus bragas, si las llevaban puestas, porque comprobó excitado, muy excitado, que algunas no las portaban. Pergeñó la forma de colocar en la punta del zapato de su miembro ortopédico una cámara muy bien camuflada, lo que le pareció una genialidad, pero luego comprobó que tenía dicho invento sus inconvenientes, efectos colaterales o contraindicaciones. Tenía que colocarse muy cerca de las minifalderas y eso cantaba un montón. Un guardia de seguridad ya le tuvo que llamar la atención, porque se estaba pasando de la raya.
Así que, pensando, pensando, estrujándose las meninges, se le encendió la bombilla; y puso la misma cámara en la parte superior del collar de su chihuahua; eso le permitió ocultar mejor sus intenciones mironas.
Ningún guardia de seguridad le había vuelto a llamar la atención, pero ocurrió un pequeño sismo, un párvulo terremoto, tuvo miedo y cometió la torpeza de dejar olvidado el portátil, donde guardaba todos los archivos en una carpeta, en la mesa que ocupaba en una cafetería. Prefirió llevarse consigo a Tutú, y ese portátil lo encontró quien sabía informática, porque era programador, fisgoneó en él y decidió lo oportuno, entregárselo a la policía. Cuando Gabi vio lo que había grabado y guardado Loren, lo puso en conocimiento del juez, y, como este le dijo que siguiera adelante con las pesquisas, continuó su investigación. A Gabi le llamó la atención que Loren no hubiera denunciado el robo o pérdida del portátil. Y pensó quizás lo mismo que Loren pudo elucubrar, que tal vez quien lo hubiera encontrado le intentaría chantajear. Pero no lo hacía. Juzgó también, qué iluso, que quien lo halló no había podido acceder a esos archivos que lo incriminaban.
Cuando Sofía acudió a la comisaría y las miradas de ella y Gabriel se cruzaron, se reconocieron mutuamente en el acto. Ella era la simpática enfermera que le curaba por las mañanas la pierna izquierda, en la que recibió un disparo involuntario de la pistola de un compañero novato, que se puso nervioso durante un atraco sin rehenes en los aledaños de una pequeña oficina bancaria, en la semana larga que Gabi estuvo ingresado en el recinto hospitalario.
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Como Sofía se cuidaba mucho, le pareció tan bella como antaño.
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Iba a rematar con la línea anterior el relato, pero he pensado que, al atento y desocupado lector de estas líneas, seguramente, le gustaría saber en qué había quedado el melón abierto del mirón, y su subsiguiente recorrido judicial, pero Sofía, una vez conoció el percal, demostró que estaba más interesada en otro asunto, y yo lo he priorizado, en ver la cicatriz de la herida que ella había contribuido a curar durante días, hace varios años, y él, Gabi, en bajarse los pantalones para que ella la pudiera auscultar de cerca y tocar y hasta acariciarla, si le apetecía.
Ángel Sáez García