AYER VIAJÉ A ROSALES CON SOR ÁNGELA
Hoy voy a poner todo el empeño que he logrado acopiar y atesoro en ser fiel y riguroso con lo que ayer ocurrió, por un motivo concreto, este, sé que el grueso de las personas que se lleven los renglones torcidos de esta urdidura a los ojos (o a las yemas de los dedos, si algún día esta pieza literaria se versiona en braille) no me van a creer; pero no me indignaré, ni siquiera me enfadaré con ellos por tal razón, ya que reconozco que yo, motu proprio, no me hubiera imaginado dicha anécdota ni por el forro; hasta a mí, que la viví en primera persona, me parece increíble.
Lourdes, la vecina de los exuberantes rosales, los inigualables y fragantes, los que propiciaron que me decantara o inclinara por ellos para rebautizar el pueblo en el que paso no menos de sesenta días al año con dicho nombre, que viene a ser el alias, sobrenombre o sustituto del real, que algún día revelaré (si a mí no me da tiempo a hacerlo, he dispuesto en mi testamento que uno de mis beneficiarios, herederos o legatarios lo haga en mi nombre a la mayor brevedad y sin falta), me había dicho varias veces que tenía una hermana que era monja jesuitina, y que le había invitado muchas veces a pasar un finde o una semana de vacaciones, para desconectar, pero que, aunque nunca había rehusado, tampoco había aceptado.
Bueno, pues, resulta que, cuando Lourdes menos lo esperaba, su hermana, sor Ángela, se presentó en su casa. Una hora escasa antes, se me presentó a mí. Había subido al autobús, como era mi costumbre, el primero; así que me senté en el proverbial asiento 26 y me puse a leer “Orlando”, de Virginia Woolf (si Gregorio Samsa, personaje del magín y la pluma de Franz Kafka, tras un sueño intranquilo, se despertó convertido en un monstruoso insecto, Orlando, en el cacumen y la péndola de Woolf, experimentó una metamorfosis de joven varón privilegiado a mujer), lectura que había ido demorando este menda, hasta que le tocó, y esperaba rematar su lectura durante el fin de semana, que iba a pasar en Rosales.
Sor Ángela se presentó tras formularme esta pregunta:
—¿Dónde se halla la virtud, según Aristóteles?
—En el medio —contesté.
—Soy sor Ángela.
—Yo, su tocayo.
—Le he preguntado al conductor cuántas plazas tenía este autobús y me ha dicho que cincuenta, si no he entendido mal. Así que he hecho la división en un santiamén y me he dicho: al asiento 25, de cabeza. Y aquí estoy; espero que sea amable, me deje pasar y podamos sentarnos cada uno en su plaza.
—Con sumo gusto, hermana, pues no tengo objeción que alegar.
—¿Va usted hasta el final del trayecto?
—Esa es mi pretensión, pero, como usted sabe, el hombre solo propone, ya que es el jefe —y señalé con el pulgar hacia arriba, indicando el techo o el cielo, varias veces—, Dios, el que dispone.
—Aún no me ha escandalizado. Por ende, puede seguir probando; a ver si lo consigue.
—Me gusta decir y escribir que soy ateo, pero antaño fui un creyente absoluto, completo, total; así que, cuando me hacen alguna radiografía, si el radiólogo es amigo, me acostumbra a decir que aún queda en mis huesos algún rastro o estela de creencia divina.
—¿No será el vecino de mi hermana Lourdes, que me dice que es un guasón o zumbón de marca mayor?
—El mismo que viste, calza y le contesta ahora a usted, Otramotro.
—Pues hace mucho tiempo que no estaba junto a un cura rebotado.
—Ni yo ante una hermana, con clara vocación sacerdotal, que no ha derribado el muro que el androcentrismo, el paternalismo y el machismo han erigido e impuesto en la iglesia católica.
—¿Sabe lo que dice el canon 1024 del Código de Derecho Canónico de 1983?
—Sí, que solo el varón bautizado puede ser ordenado con plena validez.
—Me sorprende.
—Por eso se le llama sorpresa a la sor cautiva(da), admirada. Perdone, pero ya sabe qué dejó escrito, negro sobre blanco, Oscar Wilde en “El retrato de Dorian Gray”, que la única manera de vencer una tentación es ceder ante ella. Yo soy el primer sorprendido.
—Necesito argumentos de peso que me ayuden en nuestra reivindicación, legítima.
—Quien no llora no mama.
—Más, y con más enjundia; haga un esfuerzo.
—Huelga de brazos cruzados (porque supongo que las piernas cruzadas ya las tienen).
—Más inteligentes, por favor.
—Igualdad, igualdad, igualdad.
—¿Qué quiere decir?
—Si vis pacem, para bellum.
—Explíquese.
—Mutatis mutandis, “Lisístrata”, de Aristófanes, donde el comediógrafo griego prima y premia el razonamiento de las mujeres de una ciudad ateniense que exigen a sus esposos el compromiso de conseguir cuanto antes la paz. No habrá coito hasta que logren firmar un armisticio con sus enemigos.
Y, llegados a Rosales, los pasajeros nos apeamos, recogimos el equipaje del maletero y nos dirigimos a nuestras respectivas chozas.
—Esa es la puerta de la casa de su hermana Lourdes. Llame fuerte y grite, si hace falta, para hacerse oír, que estará en el jardín —le recomendé que hiciera a sor Ángela—; hágame caso.
Ángel Sáez García