CUALQUIER REALIDAD ES UN POLIEDRO
Si hay un asunto que gravita constantemente alrededor de mi cacumen y me sigue, como si fuera mi fiel sombra, allí donde voy, es este. Cualquier realidad (la suya, si prefiere el atento y desocupado lector que use con él el voseo, o la tuya, si el susodicho se decanta o inclina por el tuteo, y la mía) es un poliedro, un polígono de muchos asientos o caras. Nadie que tenga dos dedos de frente se atreverá a ponerlo en tela de juicio, a refutarlo; ni siquiera a discutirlo, por obvio. Tengo, asimismo, por inobjetable que, dependiendo de nuestro punto de vista, prisma o perspectiva, así será la visión que tengamos de ella. Habrá quien se fije únicamente en su faceta más negativa y olvide o eche en saco roto las positivas (¿por qué?; ella o él sabrá), que nunca faltan o también las hay (¿acaso no es verdad, como una catedral de grande, esa frase que afirma esto, que “por donde está más oscuro amanece”, o esa otra que asevera esto otro, que “no hay mal que por bien no venga”?). Y habrá quien intente coronar una visión de conjunto, coral, global.
Está claro, cristalino, que hay tantas perspectivas como perceptores o percipientes (ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios). Y que no conviene que quede en agua de borrajas o cerrajas la sutil aportación que hizo Oliver Sacks al respecto: “Todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”.
El siguiente argumento se lo escuché aducir en clase a un profesor de Universidad. La asignatura que impartía era Literatura Española Medieval. Dependiendo del periódico habitual que os llevéis a los ojos, nos arguyó, del que lean vuestros padres en casa, si no leéis otro/s, así será vuestra ideología. Hoy, si siguiera impartiendo clase, lo habría enriquecido, verbigracia, así. Y quien dice del diario dice del noticiario de esta, esa o aquella cadena de radio o de televisión. Somos lo que devoramos, sea comiendo o leyendo. Lo anterior ha sido una mera inferencia personal, pero él continuó su razonamiento de esta guisa: Os propongo un juego que tiene menos de lo esperado de adivinanza o enigma; que me digáis, sin mentirme, qué diario os cae mejor de toda la prensa de papel publicada en España y averiguaré a qué partido político estáis afiliados o votáis.
Desde que nos hizo la propuesta, había transcurrido casi un mes, pero una tarde, al finalizar la clase, lo latente devino patente, pues llevamos dicho experimento a la práctica, y, ¡sorpresa!, el profesor dio de lleno en el plural blanco o centro de la diana con los ocho conejillos de Indias que nos brindamos a participar en dicha prueba lúdica. Nos aseguró que no había magia ni prestidigitación. Bastaba para resolver el octeto, los ocho acertijos, lo evidente, conocer el percal, esto es, hacer caso a la experiencia, que es un grado o licenciatura y hasta un doctorado.
Habrá quien no entienda por qué he elevado ese razonamiento a la altura en la que lo tengo, metido, además, dentro de una hornacina, cual santo, pero otro argumento extraño, difícil de tamizar, en torno al amor, lo tengo a la misma altura, dentro de otra, y se lo escuché alegar a una fémina, aún de buen ver, que había enviudado dos veces. La otra mujer con la que hablaba la viuda le preguntó si se sentía desdichada o desgraciada, debido a su mala suerte, por haber tenido que cremar, ennichar o enterrar a dos maridos, y ella le respondió que ella no había tenido mala suerte, sino sus maridos, que dejaron de existir, porque la suya había sido buena y aun óptima. Y como la otra puso cara de extrañeza, por no haberla entendido, se lo explicó: “Me siento afortunada por los dos esposos que he tenido, distintos, pero generosos ambos; de los dos he aprendido un montón de cosas y los dos me han influido positivamente”.
Nota bene
La visión de conjunto solo la da la pluralidad de perspectivas. El ejemplo de la manzana (metáfora de la verdad), que exhibió el filósofo José Ortega y Gasset en cierta conferencia al público asistente a la misma ha devenido proverbial. Todos veían una parte de la fruta, pero ninguno la veía entera.
Conviene leer cuatro periódicos mejor que tres, y dos mejor que uno; pero hay que llevarse a la vista (o a las yemas de los dedos, si se es ciego y se ha aprendido a leer braille, un resumen de todos ellos) uno, en profundidad, en el peor de los casos, como mal menor.
Cuanto no se comprende a la primera tal vez se entienda a la segunda o a la tercera, que suele ser mano de santo por su anagrama, certera.
Ángel Sáez García