El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

San Quirico concede los deseos

SAN QUIRICO CONCEDE LOS DESEOS

Y LOURDES SE APROVECHA DE LAS MORAS

Ayer, dando un paseo matutino por los alrededores de Rosales, cuando faltaban diez minutos cortos a mi paso para llegar a la ermita de san Quirico (a la que, si se peregrina para que llueva, más vale que uno acuda llevando impermeable —puesto o sin poner— o, en su defecto, portar paraguas, porque el santo susodicho tiene por costumbre o norma conceder las peticiones de agua de lluvia que se le hacen, esto es, favorecer el milagro de que, aunque abajo, en el pueblo, dos horas antes, luciera un sol de justicia, espléndido, tras hacer las preceptivas rogativas, de vuelta a casa, en el descenso, caiga un chaparrón de los de aúpa), vi una fémina convertida en amapola, o viceversa, y, cuando llegué a su altura, comprobé lo que había columbrado, que era Lourdes, ataviada con un vestido rojo, mi vecina, la dueña de los bienolientes rosales, razón por la que rebauticé con ese sustantivo, Rosales, la aldea, más que pueblo, donde oxigeno mis pulmones y paso dos meses largos al año; mi refugio, en el que elimino toxinas y recargo pilas para continuar realizando mi labor de bululú, de contador de historias que tengan alguna enjundia y sean divertidas, en suma, el “utile dulci” horaciano, que cabe leer en los versos 343 y 344 de la “Epístola a los Pisones” o “Arte poética” del autor latino: “omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (se llevó todo el galardón quien mezcló lo útil con lo dulce, deleitando al lector y al mismo tiempo amonestándolo).

Lourdes me dijo lo que yo ya había vislumbrado previamente que realizaba, unos cien metros antes, que recogía moras silvestres y las depositaba en el interior de una bolsa de plástico traslúcido que sostenía con su mano izquierda, que, según adujo ella, estaban en su justo punto o sazón. Me contó qué hacía con las frutitas negras de las zarzamoras, las echaba en un escurridor y hacía caer agua a chorro, pero no muy fuerte, para conservarlas íntegras; si la tarde-noche de la víspera había llovido, se saltaba ese menester o parte del proceso; las repartía en bolsas pequeñas y las congelaba; así que, cuando le apetecían, sacaba una bolsita del lugar del congelador donde las guardaba, para que se atemperaran, antes de echarlas en un bol, junto con la cuajada o el yogur. La combinación siempre le sabía a teta.

Nada más escuchar la última palabra del parágrafo precedente, teta, a mí, un coñón de marca mayor, empedernido, redomado, haciéndome el ignorante con unas ganas enormes de dejar de serlo, me nació preguntarle cuanto deseaba saber y, por ende, le formulé la siguiente cuestión:

—¿A teta de qué, si puede saberse su procedencia, a ciencia cierta, de novicia, de madre lactante, recién parida, o de menopáusica, sin ánimo de ofender más de la cuenta? —y, como vi la cara que puso Lourdes y la intención mala, peor, pésima, que le había brotado, de darme un bolsazo con el recipiente que contenía las moras asilvestradas, agregué—: no seas tonta y no las desperdicies, porque vas a tirar la media hora que has invertido en cosecharlas por la borda, sí, por una bagatela, dar salida a un gesto de rabia, ira o furia contenida.

—Como, aunque me fastidie, tienes razón, voy a hacerme la sorda.

—¿Has dicho gorda? No te veo así. Aún estás de buen ver. Supongo que se chivó tu hermana, sor Ángela, el día que vino a hacerte una visita y nosotros coincidimos en el bus. Le aduje que, tras tu paulatino adelgazamiento, se te había quedado una buena silueta, un “tipín”. Iba a utilizar el adverbio recientemente, pero me lo he comido o evitado, porque ya habrá pasado un mes. ¿No tienes la sensación de que, a nuestra edad, los días pasan volando?

—Los días siguen durando las mismas veinticuatro horas de siempre, pero con nuestra visión actual del tiempo subjetivo, que estará distorsionada, seguramente, tengo la impresión de que, de niña, los días se me hacían semanas, y ahora, de sesentona, las cosas acaecen al revés, porque las semanas se me hacen días. ¿Dónde vas, si puede saberse, Otramotro?

—A la ermita. Le suelo pedir al santo hacedor de prodigios que, en lugar de agua, me lluevas tú el secreto de tus fragantes rosales, pero me temo que no tengo influencia, mano o valimiento con el milagrero.

Y nos despedimos, esbozando ambos, en las comisuras de nuestros respectivos labios, sendas sonrisas.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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