¿AL ATENTO LECTOR LO HE PERSUADIDO?
A alguien le parecerá una boutade, pero yo empecé a vivir, a tener conciencia de que existía, sí, qué paradoja, cuando, aunque no la experimenté o viví, presentí la muerte ajena (en concreto, la de mi abuela paterna Gregoria, “Goya”, durante el cursillo navarretano, hace la friolera de cincuenta y dos años, durante el estío de 1974, porque fui el único cursillista que no recibió una sola carta de sus padres mientras duró el mismo, pues estaban de luto), que un día será propia, pero, seguramente, así lo conjeturo, no me enteraré (y, si lo hago, me sentiré y quedaré extrañado); tal vez sea o se reduzca a un desvanecimiento, anterior o posterior a una humildad o a un envanecimiento quizá, así de contradictorios somos los seres humanos.
Hay quienes (no solo lo ha hecho alguna vez mi amigo Pío Fraguas, exseminarista camilo, como servidor, que me alega sus verdades a la cara), sino más gente, pero a él se lo he intentado explicar varias veces; creo que la última lo convencí) me han criticado por volver una y otra vez, de continuo, a mi cielo en el planeta azul, la Tierra, sí, a la población riojana de Navarrete, donde experimenté que ese territorio era una certidumbre terrenal, no de ultratumba, de que lo había: ¿Qué garimpeiro, buscador de oro en el Amazonas, será tan idiota e/o incoherente como para, después de hallar un filón aurífero, renunciar a él?; ¿qué zahorí o radiestésico, experto buscador de agua o metales preciosos, tras encontrar una corriente subterránea, pozo o veta en una propiedad, propia o ajena, no piensa en extraer a su hallazgo el máximo partido o provecho? ¿No sería propio de un estúpido redomado renunciar a las mieles de dicho descubrimiento?
Yo no puedo dejar de sacar agua del pozo de mi estro poético, no puedo dejar de beber en la fuente de los nueve caños (también llamada de las nueve musas) de la inspiración, donde sacio mi sed literaria, de buena literatura, sí, la mejor posible, que no significa que todos los días consiga mi propósito de crearla, pero todos los días me esfuerzo en culminarla y lograrla.
Si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos no ha sido persuadido por servidor, acaso lo haga si lee los doce versos octosílabos del poema “Agranda la puerta, Padre”, que escribió Miguel de Unamuno y Jugo, autor del que, amén de considerar mi guía, extraje de su primer apellido mi seudónimo por excelencia, Otramotro.
AGRANDA LA PUERTA, PADRE
Agranda la puerta, Padre
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
achícame por piedad;
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.
Gracias, Padre, que ya siento
que se va mi pubertad;
vuelvo a los días rosados
en que era hijo, no más.
Ángel Sáez García