El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Fungiré de Guillermo Tell un día?

¿FUNGIRÉ DE GUILLERMO TELL UN DÍA?

A APRENDER APRENDIMOS APREHENDIENDO

Estoy plenamente convencido de que a aprender aprendimos aprehendiendo; usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, hágame caso, también. Es decir, asimilamos y entendemos los nuevos conceptos que entraron, entran y entrarán en nuestra mente y vida apropiándonos de ellos, adueñándonos de ellos, en suma, haciéndolos nuestros. Y, asimismo, estoy persuadido de que no solo aprendimos a aprender de nuestros docentes (maestros y profesores), sino que puede que lo hiciéramos aún más de nuestros colegas y émulos, si ellos eran más inteligentes que nosotros y nosotros estuvimos atentos y concentrados, tras escogerlos y seguirles la pista o senda, por haberlos reputado dechados, modelos.

Si hago memoria, cuando yo era un crío, por los comentarios que compartía con otros niños, de mi misma o parecida edad, en muchas escuelas de España, en los años sesenta del siglo pasado, los alumnos que acudían a ellas aprendían las tablas de multiplicar cantando (como lo propio hacían con varios juegos de diversa especie o tipo). Quien pasaba cerca de una escuela, velis nolis, escuchaba esa cantilena, que se grababa a fuego en el alma; esa era la realidad pura y dura. Sin embargo, mi percepción personal mudó en el seminario menor navarretano, porque allí el vacío, que habían dejado las aprendidas tablas de multiplicar, lo llenamos con otras cantinelas, verbigracia, las declinaciones latinas, que también canturreábamos y, sobre todo, con las letanías de sílabas iniciales de palabras con las que nos aprendimos las reglas de ortografía no canónicas que se sacó de su fecundo magín el religioso camilo Pedro María Piérola García, que, a mí, al menos, siempre me han servido o he logrado extraerles el máximo partido o provecho, retahílas o sartas que yo siempre he pensado que serían buen comienzo de la novela que no he escrito aún sobre mis tres inolvidables cursos académicos, los últimos de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié allí.

Un convecino del tudelano barrio de Lourdes, en el que ambos residimos, cada vez que nos damos de bruces en cualesquiera de sus calles (¿qué tal te va la vida, “Txiki”?, le acostumbro a preguntar), me suele llamar “León” (que no es uno de mis ocho primeros apellidos —¿devorará a mis ovejas, que sí lo es, el tercero y certero, su anagrama?; ese vocablo lo usa en lugar del sintagma “lector empedernido”, por ser una de mis aficiones más veteranas— que conozco). Hace años yo era un camaleón, me explico: me gustaba leer durante media hora, estando tumbado decúbito supino en el sobre, antes de apagar la luz de la lámpara de la mesilla de noche (a la que no se le llama de día cuando ya ha amanecido, por cierto; lo propio ocurre con otras voces, verbigracia, ascensor, que también pulsa el botón y se sube uno en él para bajar, y no lo llamamos entonces por hacerlo descensor; y con destornillador, cuando uno lo usa para atornillar) y tratar de conciliar el sueño. Esta rutina ha pasado a mejor vida, porque apenas la ejerzo ahora. Puede que la reserve (como decía “el chavo del Ocho/8”, sin querer queriendo) para mis días de vacaciones en el Puerto de la Cruz, Tenerife, donde acostumbro a pasar los últimos días del estío o diez jornadas finales del mes de septiembre.

Tengo para mí por obvio que aprendimos a hacer un montón de cosas, desde que éramos unos bebés, copiando, imitando gestos y voces de los seres más allegados. Y, así, aprendimos a decir mamá y papá, seguramente, tras habérselo escuchado pronunciar numerosas veces a nuestros respectivos progenitores o yayos. De igual manera, años más tarde, aprendimos a usar palabras soeces o expresiones malsonantes, porque, una de tres, las habíamos oído decir en la calle, en los pasillos o el patio del colegio o en casa. Los seres humanos no aprendimos ni aprendemos ni aprenderemos nada por ciencia infusa. Eso lo tengo claro, cristalino. Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu, dice el principio gnoseológico de Santo Tomás de Aquino, o sea, no hay nada en la mente que no estuviera antes en un sentido (es decir, que no fuera antes sentido).

Prima nota bene

   Para salir airoso del aprieto o brete de una pregunta (y con más razón, si es capciosa), es requisito necesario, imprescindible, condición sine qua non, haber seguido el método científico del ensayo y error, o sea, haber hecho un sinfín de lanzamientos o probaturas, conocer a la perfección el mecanismo de una ballesta y ser un perito en la medida y el peso adecuado de una flecha idónea; y, antes de proceder a dispararla, apuntar al blanco o centro de la diana, a la manzana, si uno desea atinar con la respuesta, fungir de Guillermo Tell.

Secunda nota bene

Desconozco si usted, que ha llegado leyendo hasta aquí, e intuyo que seguirá haciéndolo hasta el final (conviene llevar a cabo dicha tarea para enterarse del todo y poder valorar con conocimiento de causa, no de oídas), ha barruntado alguna vez lo que servidor sospechó otrora, que debió ser un burlón redomado el autor de esa copla popular que yo titulé así: “De la defensa a muerte de mi suegra”, que contiene los ocho versos octosílabos que dicen así: “De mi suegra no hables mal, / porque la defiendo yo; / y si la quieres quemar, / la leña la pongo yo; / la leña la pongo yo / y las cerillas también; / de mi suegra no hables mal, / por la defiendo yo”.  Bueno, pues, como ejemplo clarificador, aleccionador, de lo que atañe a la copia, imitación, que obra en el cuerpo del presente texto, a mí me dio por fungir de zumbón empedernido y escribir una mera variante, teniendo en cuenta las numerosas molestias que me habían ocasionado el vecino de arriba y sus familiares. La rotulé “De la defensa a ultranza de mi vecino, que es extensible a toda su familia”: “Del de arriba (no me refiero a Dios; Él lo sabe, pero usted no) no hables mal, / porque lo defiendo yo; / y si lo quieres colgar, / la soga la pongo yo; / la soga la pongo yo / y el patíbulo también; / del de arriba no hables mal, / porque lo defiendo yo”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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