El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Detesto la alabanza desmedida

DETESTO LA ALABANZA DESMEDIDA

TANTO COMO EL RASTRERO SERVILISMO

Es evidente, inconcuso, que el autor (ora sea o se sienta ella, él o no binario, salvo que sea un desastre enorme, mayúsculo, de tomo y lomo, que no se tome en serio su quehacer, a quien cabe comparar con un puzle imposible de completar, por faltarle componentes o piezas, o con una toalla corta que no le sirve para tapar todas sus partes pudendas, porque algunas dejan, de modo manifiesto, al aire —no faltará quien aduzca que esa circunstancia tiene fácil arreglo o solución, alegando que basta con taparse los ojos para no ser reconocida/o— su desnudez) es también el primer lector de los textos que firma y da a la imprenta. Ahora bien, lo lógico y normal es que lo sea, asimismo, de las urdiduras o “urdiblandas” que trenzan los demás. Servidor, verbigracia, lee los fines de semana dos periódicos casi enteros, los ejemplares sabatino y dominical de EL PAÍS, incluida/s la/s revista/s que lo/s acompaña/n. Lo hace por dos razones de peso, para conocer cómo ven e interpretan otros congéneres la realidad que a todos circunda, en las crónicas que redactan aquellos reporteros a los que lee, y para que le sirvan de coraza o escudo con el que defenderse ante el baldón o pulla que suelen lanzar los supuestos entendidos en la materia que sea a quienes prejuzgan que los otros, a quienes nos consideran que estamos de más, somos unos ignorantes.

Ayer, domingo 21 de junio de 2026, inicio del estío, fecha en la que cumplieron años mi querida sobrina Lucía y mi amigo del alma Luis Quirico, a quienes olvidé felicitar por teléfono (he subsanado dicha falta esta mañana), por ejemplo, preferí ver en la tele, en la Primera de TVE, el partido de fútbol que enfrentó a las selecciones de España y Arabia Saudí (acabó con un 4-0) a escribir un artículo de opinión sobre la crónica titulada “Sánchez manda parar, cerrar filas y no ceder más” (rótulo explícito, sin duda, y todos los lectores, mancomunados, vamos a seguir la consigna, ese parece ser el plan), que lleva la firma de su hacedor, Carlos E. Cué, en las páginas 22 y 23 del número 17.854. Sabía que iba a urdir sobre ella, pero entonces desconocía, sensu stricto, qué. Hoy lunes, cuando agavillo estos parágrafos, he vuelto a leer los suyos y me dispongo a redactar los renglones que contenga.

Desconozco si he colegido lo que convenía, lo correcto, pero esto es cuanto he deducido, tras haber pasado mi atenta mirada o vista por las líneas de que consta tres veces.

Me ha quedado claro, cristalino, que la última resolución adoptada por el juez Juan Carlos Peinado, en lo que atañe a cuanto apunta y sugiere en una parte de la misma, que los policías que acompañan y sirven de escolta a Begoña Gómez, la esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, podrían (dado ese hipotético caso) ayudarle a fugarse, ha molestado y hasta indignado a mucha gente. La torpeza es tamaña y no merece la pena comentarla. Por qué, porque, me temo, eso contribuye a hacerla aún más grande. Ahora bien, si lo escrito y dado a entender por Peinado carece de pies y cabeza, igual de acéfalo y ápodo juzgo hablar de “conspiración judicial, política y mediática contra el Ejecutivo”, tesis a la que se han apuntado y han puesto voz dos Óscares (los ministros López y Puente), elevando la anécdota a categoría.

Veo, a través de un cristal diáfano, transparente (no una lente o gafa graduada), la conclusión a la que llega Cué: “Sánchez parece haber dado una orden clara: hasta aquí. Ya no cae nadie más”. Y, como buen peón, o eso es lo que me parece a mí, que Cué funge (no finge, no) de magnífico peón del rey Sánchez, el cronista se pone a cumplir con su labor o papel.

Como Cué sigue con sus rutinarios latiguillos (“resume un miembro del Gobierno”, “señala otro miembro del Ejecutivo”, “resume un ministro”, “y así lo expresa otro ministro consultado, que explica que no es momento para matices”, son tres remates y un inicio de sendos textos entrecomillados por él), yo persevero en mis figurados (los visto con irónicos olés) latigazos.

Cada quien puede mostrarse ante el poder como estime conveniente u oportuno, pero la loa hiperbólica y el vasallaje a ultranza, a la hora de encomiar o halagar al pudiente, me parecen abominables, deleznables. Lea, atento y desocupado lector, si no lo leyó el domingo pasado, este párrafo estomagante: “Sánchez, un resistente infinito y un político capaz de darle la vuelta a los estados anímicos del electorado progresista, parece haber llegado a la conclusión de que ya no se pueden entregar más piezas y ahora hay que salir al contrataque, denunciando esa idea de la conspiración para derribar al Gobierno que el auto de Peinado refuerza (¿seguro?), y arengando a la militancia a defender un proyecto político que tiene cifras muy buenas en ocho años de gestión, según insiste”.

Para confabulación o conspiración evidente o inconcusa, la organizada, según los indicios que tenemos, por Cerdán, Leire y demás, sí, propia de tebeo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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