¿EN SOLO CINCO PÁRRAFOS CABALES
HE CONCENTRADO TODA MI EXISTENCIA?
Hoy he recibido en la dirección de correo electrónico que más frecuento un email que he juzgado, nada más leerlo, que merecía aparecer en mi bitácora, porque cada parágrafo que lo compone hace las veces de dardo que ha sido lanzado con el propósito de acertar y ha dado de lleno en el blanco o centro de la diana, haciendo cinco plenos. Si no me cree, siga leyendo y lo hará, se lo aseguro:
“En el párrafo inicial de su urdidura, la titulada ‘El arte y la belleza me salvaron’, nos cuenta que la muerte prematura de su hermano José Javier, el primogénito, contando usted la tierna edad de 16 años, supuso un hito, un punto de inflexión en su vida, pues dividió su existencia en dos, antes y después del luctuoso hecho; lo despojó a usted de su único mecenas, pero esa resta vino acompañada, a su vez, de una adición, porque le agregó a usted, de modo inopinado, una fuente de inspiración, un muso literario, que, si no fue, en sentido estricto, su bautismo, fungió de su confirmación. Huyendo del sentimentalismo, su texto destila o exuda una honestidad impar, notoria, y una ironía sutil, a fin de mostrar cómo la literatura puede metamorfosear un trauma en herramienta de supervivencia, ante el zarpazo del duelo, la vulnerabilidad emocional y económica.
“Esa es la contradicción o paradoja que contiene el susodicho primer fragmento. Desde esa perspectiva, mutatis mutandis, cabe verlo como una reedición de la disyuntiva que se le planteó a Aquiles (ir a la guerra de Troya significaría su muerte, pero, a cambio, vendría emparejada de su inmortalidad): usted perdió a su hermano, su apoyo emocional y crematístico, pues sufragaba su gasto en saber, su sustento inmaterial, pero su óbito vino acompañado y acompasado de una doble inmortalidad poética, la de su hermano y la suya, él, como destinatario de sus versos, y usted, como el hacedor de los mismos. Todo se reduce al usual aserto, que tantas veces ha sido mencionado por usted, de que “no hay mal que por bien no venga”.
“El deceso de su hermano le deparó, como consecuencia o corolario, el nacimiento del guardián de lo artístico. José Javier ya no puede costearle el arte, la literatura leída, pero se convierte en la alfaguara de su estro poético o pozo de inspiración y en materia prima de su obra. Ahora su hermano es su muso, su faro, el tú de sus versos, la única forma, aun estando muerto, de seguir conversando con él.
“En el segundo y el tercer párrafo habla de la colección de fracasos cosechados por usted, que mutaron su personalidad, porque pasó de ser un ‘romántico convencido’ a un ‘escéptico redomado’; y la ironía le sirvió de armadura, amuleto y/o escudo para no seguir sufriendo contratiempos o lograr la manera de minimizarlos, mitigarlos.
“Como usted dice que no hay ser humano que no acarree contradicciones, demuestra, con su caso personal, que no escapa a esa regla sin excepciones, porque consigue un imposible, conciliar su devoción por san Camilo de Lelis con su ateísmo rampante.
“El escritor actual que es usted, Otramotro, aunque empezara a escribir antes del fallecimiento de su hermano, se fraguó tras perderlo (y ganarlo como muso); contribuyó a esa forja el naufragio de sus ideales juveniles (quien quería comerse el mundo a dentelladas fue despellejado por sus garras y fauces), la resta, si no total, de una buena parte del romanticismo que acarreaba, y la suma del escepticismo.
“En el cuarto párrafo, desde la conciencia de haber alcanzado la cumbre, ser leído, como cualquier reputado creador, constata que uno puede salvarse del acto de vivir, sin caer en el pozo del infierno, a través del ABC, el arte, la belleza, la creación literaria.
“Poder recrear la realidad ha dado sentido a su vida y le ha ayudado a hallar su lugar en el mundo.
“Cierra el texto con su nota bene, donde menciona a Gustave Flaubert, que, en su cita epistolar, llega a comparar al artista con Dios, y reconoce que el arte es la verdad absoluta, que, aprovechando el oleaje que es vivir, aun sin hacerlo junto al mar, surfea el dolor que el azar se encarga de esparcir a voleo por el mundo”.
Mientras escribía la urdidura que destripa o a la que hace una disección exhaustiva el anónimo comunicante, tuve la sensación de que hacía un epítome vital, pero, como han sido varias las personas que han coincidido en destacarlo, acaso me quedara corto en mi apreciación inicial.
Ángel Sáez García