La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: «El bautismo de fuego y la inmortalidad» (X)

Salir intacto del primer rifirrafe de tu vida te convence de que la muerte, la mutilación y la tortura tocan siempre a otros

REPORTERO DE GUERRA: "El bautismo de fuego y la inmortalidad" (X)
Alfonso Rojo (iz), durante la fracasada ofensiva sandinista de 1978. SM

Por Alfonso Rojo

Pedrojota Ramírez tenia veintisiete años cuando ascendió súbitamente de redactor a director de periódico.

Sería pretencioso establecer paralelismos, pero hubo un tiempo, en que experimentaba un insano placer al evocar que Russell había estudiado Derecho antes de lanzarse al periodismo, al igual que yo. Y también había entrado en la profesión de forma casual y tenía la misma edad que el director al que unió su suerte, como me ocurría a mi con Pedrojota.

Esas coincidencias irrelevantes me daban hasta alas, cada vez que entornaba los ojos y soñaba con convertirme en uno de los grandes del periodismo mundial.

Son la cosas de la juventud, ensoñaciones que desaparecen cuando echas canas y en lugar de comerte el mundo, el mundo comienza a comerte a ti.

Cuando John Delane pegó el salto hacia arriba y accedió a la dirección del Times, apenas llevaba un año trabajando en el periódico, pero eso no preocupó a John Walter II, el propietario.

Delane era hijo de un abogado de renombre, se había licenciado en la Universidad de Oxford, acababa de cumplir veintitrés años y, como Pedrojota en Diario 16, asumió el máximo cargo del Times sin pestañear, convencido de ser el hombre marcado por los hados para conducir al diario a la cima del planeta.

La era victoriana se aproximaba a su apogeo y el Times, a su máxima cota de influencia. Cuando en 1845 el gobierno francés bloqueó los correos que transportaban regularmente ejemplares del periódico hacia la India, el Times organizó su propio servicio de dromedarios entre Suez y Alejandría, además de contratar un barco de vapor, para hacer llegar las copias hasta Trieste, sorteando el territorio controlado por los franceses.

Ese era el periódico al que William Howard Russell ató su destino. Con el celo del pura sangre, Russell se lanzó de cabeza a las turbias aguas del periodismo de acción, cubriendo un día un ahorcamiento público, otro la revuelta de los patriotas húngaros y al siguiente una manifestación política.

Su primera experiencia bélica tuvo lugar en 1850, durante la batalla de Idstedt, cuando los daneses luchaban para hacerse con Schleswig-Holstein. El bautismo de fuego de Russell incluyó una herida leve, que no llegó a intimidarle.

Siempre se dice, parafraseando al ex primer ministro británico Winston Churchill, que en periodismo hay que ir «lo mas rápido y lo mas lejos posible», pero eso no sirve de nada si no vuelves al hotel entero y en condiciones de escribir y transmitir tu crónica.

Salir intacto del primer rifirrafe de tu vida ayuda bastante a imbuir en tu mente la idea de que la muerte, la mutilación y la tortura les tocan siempre a otros.

En esta profesión, tras la visita a la morgue y efectúas muchas a lo largo de los años, siempre se experimenta una mezcla de angustia, satisfacción y remordimiento, unido todo ello a la sospecha de que uno, aunque lleve carnet de periodista en el bolsillo superior del chaleco, es perecedero. Por el bien del oficio, debo confesar que ese golpe de lucidez es fugaz y se evapora como por encanto.

Para poder trabajar a conciencia, el reportero de guerra necesita moverse auto convencido de que circula por el mundo envuelto en un aura de inmortalidad.

Es algo irracional que no soporta una mínima prueba estadística y se viene al suelo cuando se repasa la larga lista de periodistas caídos en acción, pero todos los que se dedican a esto dan por supuesto que nunca les ‘tocará la china‘, o lo han dado en algún momento de su existencia.

CON LAS PELOTAS DE CORBATA

En mi caso, ese bautismo de fuego inmunizador ocurrió en Centroamérica, donde se revitalizaban desde mediados de la década del ’70’  los movimientos guerrilleros y yo creía que me sería más sencillo, por el idioma, los precios y la cercanía cultural, abrirme paso como corresponsal de guerra.

Fue allí, cuando todavía era tierno, tenía el alma blanda y me comía el mundo, donde vi por primera vez matar a un ser humano.

No digo ver a un muerto, porque los que sean de mi quinta recordarán que antes, en la España en blanco y negro de Franco, se velaba al difunto en casa y la visión ocasional de un anciano pariente tieso como la mojama en un ataúd rodeado por un círculo de mujeres enlutadas y llorosas, no era algo extraño para los niños de mi generación.

Pero matar, lo que se dice matar a alguien, no lo vi hasta llegar a Nicaragua.

Fue también allí donde por primera y única vez en mi vida, pensé que iba a morir.

No que podía morir, que es un pensamiento bastante común y que nos embarga ocasionalmente a todos, sobre todo a los que sean un poco hipocondríacos, sino que iba a morir, que mis días se habían acabado.

Esa pegajosa sensación, la certeza de que te ha llegado la hora, es algo muy distinto a la difusa idea de que no somos eternos.

El ‘bautismo de fuego’ me lo administraron los soldados de la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza a la salida de la ciudad nicaragüense de Estelí, en el otoño de 1978.

Los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional se habían levantado en armas contra Somoza y tomado algunos barrios en media docena de localidades nicaragüenses.

Me había hecho amigo de la fotógrafa norteamericana Susan Meiselas y trabajábamos  al alimón, compartiendo coche, comida, pistas y riesgos. Fue un ‘idilio’ casto y accidental.

Casto porque para mi fue un camarada laboral y nada más. Accidental, porque yo no sabía quién era y ella no podía tener ni la más ligera idea de mi existencia, pero ensamblamos como anillo al dedo.

Estábamos ambos con un grupo nutrido de periodistas de todas las nacionalidades, a la entrada de Monimbó, el barrio indígena de Masaya, cuando apareció un jeep repleto de chavales con pañuelos rojinegros.

Sonaban disparos y explosiones en la distancia y aquello pintaba crudo. Intercambiamos gritos con ellos y cuando hicieron gestos de que nos acercáramos, sólo cruzamos la carretera ella y yo.

Pasamos dos días en el barrio de Monimbó, con la guerrilla y en cuanto la Guardia Nacional retomó el control, salimos de estampida pero convertidos en ‘pareja de hecho‘. Sólo profesional, porque ella era fría como un pescado y sólo pensaba en trabajar y yo, aunque atolondrado y propenso a los errores, seguía siendo demasiado bisoño para meterme en fregados.

Hacer tándem con Susan Meiselas me venía de perlas, porque yo estaba todavía muy verde, y a ella, que era ya una estrella consagrada en la Agencia Magnum, le permitía contar con un compañero de aventuras que dominaba el idioma, conocía a varios lugareños, estaba dispuesto a meterse donde fuera, daba charleta y no le hacía ni sombra ni competencia.

Un par de días después de habernos conocido en Masaya, salimos juntos de viaje hacia el norte del país, de donde llegaban noticias confusas. Arribamos a Estelí al amanecer, por la carretera que sube desde Managua y en el coche alquilado que pagaba Magnum, sin tropezar con controles militares o topar con dificultad alguna.

Recorrimos las manzanas de casas en poder de los sandinistas, tomamos cientos de fotos de los muchachos con pistolitas, fusiles y machetes embozados con pañuelos rojinegros y a media tarde decidimos retornar a la capital.

Llevábamos las letras «PRESS» y las siglas «TV», en mayúsculas y grandes caracteres, escritas con cinta aislante negra en los lugares mas visibles del vehículo.

En esto de los carteles, como en lo que se refiere a la indumentaria, hay diversas teorías.

En la Guía de supervivencia elaborada en octubre de 1994 por Reporteros sin Fronteras se aconseja no circular de noche, no transportar objetos que puedan prestarse a confusión -gemelos, chaquetas de camuflaje, artificios de señalización…- y franquear la zona caliente lo mas rápido posible.

En el breve manual editado por el Comité para la Protección de los Periodistas, con sede en Nueva York, que regalaban a principios de la década del ’90’ a todo el que se aproximaba a solicitar una acreditación de la ONU en las oficinas de los «cascos azules» en Zagreb, se especifica que nunca hay que llevar armas, vestimenta militar o parafernalia bélica. También recomiendan no ir solo.

Por lo que se refiere al eterno dilema entre el «TV» y el «PRESS», los autores del panfleto se inclinan por la segunda opción, porque los combatientes identifican la televisión con un medio propagandístico y le tienen especial fobia.

El norteamericano David Kaplan, productor de la cadena ABC Tv, murió el 13 de agosto dc 1992 cruzando la desierta pista del aeropuerto de Sarajevo cuando la bala de un francotirador penetró en su furgoneta exactamente entre las letras « y «V» que había estampado en el lateral.

En septiembre de 1978 Susan y yo no sabíamos nada de eso y complementamos el «PRESS» con varios «TV». Además, colocamos un palo de escoba con una bandera blanca en la ventanilla del acompañante y, como medida de precaución adicional, acordamos salir de Estelí en caravana con un camarógrafo estadounidense, que iba por su cuenta y había pasado la jornada reporteando como nosotros.

El iría delante con su intérprete y nosotros detrás, a veinte metros de distancia. En la Guía de supervivencia sugieren dejar al menos medio centenar de metros entre un vehículo y otro.

En el último minuto se aproximó una mujer embarazada y nos preguntó si podíamos sacarla de allí junto al joven que la acompañaba. El ir en grupo alivia el miedo, pero también pensamos egoistamente que la preñada y el chaval contribuían a conferirnos un aspecto más inocente. Los emplazamos en el asiento trasero y emprendimos la marcha.

Justo cuando dejábamos atrás la última casa del pueblo y enfilábamos hacia el cruce para entrar en la carretera Panamericana, sin previo aviso, abrieron fuego graneado sobre nosotros desde el edificio de una escuela situado en una loma, enclavada en el margen derecho, a unos 300 metros de distancia.

No habíamos visto a nadie ni nada preocupante cuando empezaron a restallar los balazos. En la guerra, a diferencia de lo que ocurre en el cine, rara vez se ve al enemigo que dispara sobre ti.

Nosotros ignorábamos que la Guardia somocista había aprovechado la noche anterior para estrechar su cerco. Varios soldados se habían parapetado en aquella escuela y al ver dos coches procedentes del sector controlado por los insurrectos dieron por supuesto que éramos prosandinistas.

Afortunadamente estaban demasiado nerviosos o excesivamente borrachos y tardaron en precisar el tiro. Los primeros balazos pasaron altos, silbando entre las ramas de los arboles. Eso nos dio tiempo a Susan y a mi para acurrucarnos como conejos bajo el salpicadero, buscando la protección del motor.

La segunda andanada hizo saltar en añicos el parabrisas y embutió una bala en el muslo de la embarazada. Oíamos al camarógrafo americano, que estaba en su coche delante de nosotros, aullar consternado en castellano «¡Periodistas! ¡Periodistas!», pero cada vez que agitábamos la bandera blanca o el gringo daba un berrido, nos largaban medio cargador.

La escena duró escasamente un minuto, que me pareció medio siglo. Concluyó cuando nos ordenaron salir con las manos en alto, emergimos temblorosos, explicamos lloriqueantes que éramos extranjeros, gente de la prensa, comprobaron nuestra documentación y nos autorizaron a seguir.

Ni se preocuparon los uniformados de la embarazada herida, pero si hostigaron y con cierta violencia al muchacho que la acompañaba.

Frente a la escuela, en pleno cruce, permanecían los cuerpos semicarbonizados de una mujer y dos varones.

Hundido en la cuneta estaba el vehiculo en el que debían haber llegado hasta allí; un Toyota todo terreno con más orificios que un colador. No estaban el coche y los ocupantes esa mañana, cuando entramos, lo que solo podía significar que habían muerto intentando hacer la misma maniobra que nosotros: salir pacíficamente de la ciudad.

Los tres cadáveres se hallaban sobre el asfalto. La mujer, boca arriba, con el vientre hinchado por los gases del intestino ya putrefacto. Habían quemado los cuerpos echándoles gasolina, como se hace en todas las guerras, y apenas eran reconocibles.

Susan pidió permiso para tomar unas fotos y el teniente somocista accedió, exigiendo que se diera prisa. Me acerqué con el angular y enfoqué a la mujer. Lo único que conservaba intacto eran los dientes. Los labios habían desaparecido y la lengua era un trozo de carbón. Me pareció la cara de la muerte.

Retrocedí, luchando contra el deseo de vomitar. El olor era tan fuerte que casi se podía palpar. No existe ningún tufo como el de un ser humano muerto. Se trata de una putrefacción melosa, una mezcla de carne corrompida y flores viejas: un pestazo dulzón y asfixiante. Se te mete en la ropa y la piel.

Por muchas veces que te duches, por muchas veces que le digas a la chica de la lavandería del hotel que se lleve las prendas y las vuelva a lavar, ese olor regresa siempre en forma de obsesión o sueño maligno.

No es peor que el vómito de los borrachos o el hedor del vertedero, pero los vapores de nuestros propios muertos deben de impactar en alguna glándula situada en el nacimiento de la columna vertebral, la morada de todo temor mudo e irreflexivo.

Junto al asco, me sentía extrañamente incitado a arrimarme a los tres difuntos. Era algo parecido a la curiosidad, pero más intenso; un impulso morboso cuyo nombre desconocía.

A lo largo de dos décadas de profesión me he hartado de ver cadáveres: suicidas colgando de las cañerías del sótano; degollados con marcas de tortura; y muchos otros que, simplemente, estiraron la pata cosidos a balazos o agujereados por la metralla.

Pese a ello, siempre me impresiona observar al ser humano despojado del aliento vital, como un árbol sin hojas. La muerte siempre arrebata algo, algo inefable y sin embargo visible.

Apreté varias veces el disparador, cambiando de ángulo para meter disimuladamente a los soldados en el encuadre, y partimos a toda prisa hacia Managua.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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