William L. Laurence ni siquiera sospechó que estaba en la pista de la exclusiva mas importante de la II G.M.

REPORTERO DE GUERRA: La fuerza del átomo (LXV)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: La fuerza del átomo (LXV)

De todos los periodistas de la época de la II Guerra Mundial, el candidato menos probable a una distinción como corresponsal de guerra era un redactor de la sección de Ciencia del New York Times llamado William Leonard Laurence.

Nacido como Leib Wolf Siew en Salantai, una pequeña población del Imperio Ruso que ahora es Lituania, judío, había emigrado a Estados Unidos, tomado su apellido del cartel de una calle de Boston, estudiado en la Universidad de Harvard y en 1939, a la edad de cincuenta y un años, parecía en la cuesta abajo de su carrera periodística.

El 2 de agosto de 1939, Albert Einstein había escrito al presidente Franklin D. Roosevelt informándole que era posible construir una bomba atómica y que los nazis lo estaban intentando.

En la primavera, Laurence comunicó que estaba elaborando una historia en la que se desvelaría que investigadores alemanes y norteamericanos trabajaban para obtener energía atómica de un isótopo de uranio.

Su redactor jefe le dio la respuesta que dan invariablemente todos los jefes periodísticos cuando no entienden lo que se les propone y no hacen esfuerzo alguno para solventarlo: «Bueno… escríbela.»

Laurence advirtió que necesitaría bastante espacio, a lo que su superior jerárquico replicó que podría darle «una columna y media».

Laurence volvió a la carga, porque era tozudo como una hormiga y su controlador zanjó la cuestión con un terminante:

«Dos columnas, no te olvides de que hay guerra.»

La historia apareció en The New York Times el 5 de mayo de 1940 y no despertó interés alguno, ni del público ni de los colegas.

Ernest Lawrence.

El 2 de diciembre de 1942, Enrico Fermi demostró en una pista de squash situada bajo el estadio de Chicago que era factible una reacción nuclear en cadena.

Laurence no se enteró de lo ocurrido. Ni siquiera sospechó que estaba tras la pista de la exclusiva más importante de la guerra, pero en 1945 le tocó la lotería: fue elegido por los militares como cronista oficial de un «plan secreto»: era lo que se bautizó como ‘Proyecto Manhattan‘.

El periodista Ernest Lawrence.

Lo condujeron clandestinamente al desierto de Nuevo México y, el 16 de julio, asistió al lanzamiento, en fase de pruebas, de la primera bomba atómica de la Historia.

«Desde el este -escribió- llegaron débilmente los primeros signos del amanecer, justo en ese instante, como si surgiera de las entrañas de la tierra, se levantó una luz que no era de este mundo, la luz de muchos soles a la vez; el espacio se contrajo y sentí como si hubiera sido el privilegiado testigo de la creación del universo »

El artículo de Laurence no fue ni podía ser publicado. En su lugar, las autoridades militares hicieron circular una prosaica nota que la AP fechó en Albuquerque y donde se notificaba un accidente en las inmediaciones de la remota base de Alamogordo.

Los medios de comunicación, para explicar el estruendo y el leve temblor de tierra, reseñaron el hecho como:

«la explosión de un deposito de munición que no causó víctimas ni graves pérdidas materiales».

La primera bomba atómica.

Poco después despacharon a Laurence hacia la Tinian, una de las tres islas principales de la Mancomunidad de las Islas Marianas del Norte, actualmente bajo soberanía estadounidense, en el Pacifico.

El reportero estaba convencido de que iría como testigo de excepción a bordo del avión B-29 desde el que se arrojaría una bomba atómica sobre Japón y se aprestó con temor para ello, pero el 6 de agosto de 1945 tuvo que limitarse a ver despegar el Enola Gay.

La bomba atómica lanzada desde el Enola Gay sobre Hiroshima..

El desarrollo de la bomba había sido escamoteado hábilmente. Lo que ya no era posible era mantener en secreto el lanzamiento del engendro sobre Hiroshima.

El presidente Harry S. Truman -su predecesor en la Casa Blanca, Franklin Delano Roosevelt, había muerto el 12 de abril de ese 1945, apenas tres meses antes- hizo personalmente el anuncio dieciséis horas después de la explosión e insinuó la titánica naturaleza de ese nuevo arma:

«La fuerza de la que el sol extrae su poder ha sido desatada contra los que llevaron la guerra al Extremo Oriente.»

El 7 de agosto, el New York Times dedicó al hecho diez de sus 38 paginas, con un titular de tres líneas y a ocho columnas en portada, con la firma de Laurence:

«Primera bomba atómica lanzada en Japón; el proyectil equivale a veinte mil toneladas de TNT; Truman advierte al enemigo sobre una lluvia de ruina.»

La noticia de la bomba atómica sobre Hiroshima, en la porta de The New York Times.

En ese ejemplar, el diario revelaba que Bill Laurence había sido el único testigo periodístico de la aventura y el cronista oficial de la investigación.

El 9 de agosto, el antiguo niño judío emigrante que soñaba con ser periodsta pero no escuchó nunca un balazo ni pisó una trinchera,  tuvo el inmenso privilegio de ir a bordo de uno de los B-29 que acompañaron a The Great Artist y observar con sus ojos como Nagasaki quedaba borrada del mapa por ‘The Fat Man’.

Fue y sigue siendo el único reportero de guerra que ha asistido a un ataque atómico real.

Los efectos de la bomba atómica en Hiroshima.

El día anterior al arrasamiento de Nagasaki, Radio Tokio dio cierta idea de los efectos causados por la bomba en Hiroshima:

«El impacto fue tan terrorífico que prácticamente todos los seres vivos, humanos y animales, fueron literalmente marchitados hasta la muerte por el tremendo calor y la presión originada por el estallido.»

Bin Nakamura, reportero local de la Agenda Domei, sobrevivió al impacto y escribió un testimonio directo en el que se permitio hasta especular sobre la posibilidad de que fuera un ataque atómico, pero su nota apenas tuvo difusión.

Marines norteamericanos celebran la vistoria sobre Japón , y el fin d ela II Guerra Mundial.

La prensa soviética informó del hecho como una noticia menor, escondida en páginas interiores, y no se hizo eco de la segunda bomba, la lanzada sobre Nagasaki.

Hasta el 3 de septiembre, un día después de que el general Douglas MacArthur aceptase la rendición japonesa con las manos en los bolsillos y a bordo del Missouri, no llegó el primer corresponsal occidental a Hiroshima para escribir una crónica de lo sucedido.

El 3 de septiembre de de 1945, el general Douglas MacArthur, acepta la rendición japonesa a bordo del Missouri.

El afortunado fue el australiano Wilfred Burchett, del London Daily Express, quien abordó un tren en Tokio, desafió la férrea censura implantada por MacArthur y se apuntó una exclusiva mundial el 5 de septiembre:

«En Hiroshima, treinta días después de que la primera bomba atómica destruyera la ciudad y conmocionara al mundo, la gente sigue muriendo, misteriosa y horriblemente. Personas que no resultaron heridas en el cataclismo fallecen por algo que solo puede ser descrito como la plaga atómica.»

La «plaga» a la que se refería Burchett, un tipo con simpatías procomunistas que después fue muy polémico en su cobertura de guerras como la de Corea o Vietnam,  fue la primera referencia periodística a la radiación.

Soldados japoneses muertos en la II Guerra Mundial.

Las autoridades norteamericanas convocaron una rueda de prensa, negaron lo divulgado por el reportero australobritánico, calificando sus tesis de «insensatas», dieron orden de expulsar a Burchett y catalogaron Hiroshima de «zona no permitida a corresponsales».

La historia era demasiado trascendental para ser liquidada como una noticia bélica y demasiado conmovedora para ser zanjada como un evento científico.

Y se había tomado la decisión, para evitar que más jóvenes americanos siguieran muriendo en una tremenda y encarnizada pelea por doblegar a los japoneses, decididos a luchar hasta el final por la última pulgada de terreno. MacArthur, como el 99,99% de los norteamericanos, no albergaron nunca la mínima duda sobre la moralidad de su conducta.

Los marines norteamericanos se abren paso matando soldados japoneses.

En mayo de 1946, decidida a afrontar seriamente el hecho y remediar muchos meses de medias verdades y carencias completas, la revista The New Yorker destacó a John Hersey hacia Japón con la misión de investigar hasta el fondo.

Hersey buscó a seis testigos-víctimas y ensambló un relato memorable que ocupó todo el numero del 31 de agosto.

El trabajo se publicó posteriormente como libro y ha pasado a los anales como una de las piezas maestras del periodismo de guerra.

William Leonard Laurence no se parecía en nada a Ernie Pyle. No se embarró en frente alguno. No trató de cerca a «GI Joe» -el sacrificado soldado de infantería sin el que no se puede ganar una guerra-, ni hizo causa común con él.

El beso que selló en Nueva York el fin de la II Guerra Mundial.

A diferencia de Pyle, quien el 17 de abril de 1945, en la isla de Iejima, cuando solo restaban cuatro meses de pelea, cometió el descuido de levantar la cabeza para comprobar si sus compañeros de la División 77 seguían intactos y un francotirador japonés le metió una bala por el parietal derecho matándole en el acto, Laurence no asumió riesgo físico alguno.

Pero si hay que decidir cuál fue la exclusiva más grande de toda la II Guerra Mundial, muchos se inclinarían sin duda por la que dio él en The New York Times el 7 de agosto de 1945.

También hay cicateros que le odian. En 2004, los periodistas Amy Goodman y David Goodman solicitaron formalmente a la Junta Pulitzer que despojara a Laurence y a su periódico, The New York Times, del Premio que recibieron en 1946.

El redactor de la sección de Ciencia del New York Time, William Leonard Laurence.

La pareja de ‘pacifistas‘ argumentó que Laurence «estaba en la nómina de Departamento de Guerra», y que, después de los bombardeos atómicos, «sacó una historia de primera plana disputando la idea de que la enfermedad por radiación estaba matando a la gente.»

Concluían afirmando que al asumir la línea que marcó en aquellos instantes el Gobierno de EEUU, fue un elemento crucial en «medio siglo de silencio sobre los persistentes efectos letales de la bomba».

Afortunadamente para el periodismo, nadie hizo caso a la histérica presentadora de Democracy Now! y su pareja.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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