MOSCÚ SIN BRÚJULA

El Nacimiento de una Nación (XXXI)

El Nacimiento de una Nación (XXXI)
Veteranos rusos de la II Guerra Mundial. Igor Mihalev

Boris Yeltsin, el «gran libertador», el héroe de las jornadas de agosto de 1991, fue a la postre una mera figura de transición.

No hay hechos inevitables en la Historia, pero el presidente ruso resultó devorado por los acontecimientos, como lo fue su rival Gorbachov, quien inconscientemente hizo bastante más que Yeltsin para destruir el monolítico sistema comunista.

Sin mucha facilidad de palabra, pero con gran sentido de la puesta en escena, ha logrado ocupar la plaza que parecía reservada a Gorbachov. Y hizo aplicando la más pura tradición rusa, en la que violencia, autoritarismo, sueños y pasión, juegan un papel esencial.

Yeltsin percibió nítidamente el 22 de agosto, la madrugada en que Gorbachov retornó de Crimea y el golpista Kriuchkov fue enviado a prisión, que para poder sentar sus posaderas en el trono de Pedro el Grande no era necesaria la desaparición física de Gorbachov, pero sí resultaba imprescindible la muerte de la URSS de Lenin.

Lenin y Stalin.

Ahora todo parece muy fácil, pero en aquellos momentos cualquier error hubiera sido fatal. El 22 de agosto, el presidente soviético ocupó de nuevo su despacho del Kremlin, a pocos metros del mausoleo de Lenin.

Se sentía humillado, pero continuaba siendo el comandante en jefe del Ejército más numeroso del mundo, controlaba el mayor arsenal nuclear del planeta y el más amplio servicio secreto.

Era necesario destruir esa imagen y eso explica por qué Yeltsin se lanzó tan despiadadamente a la yugular de Gorbachov casi de inmediato.

Napoleón y su ejército en retirada de Rusia, en 1812.

Remachando cruelmente la traición de los «amigos comunistas» del presidente y anunciando que Rusia reconocía el derecho a la independencia de las repúblicas bálticas, un verdadero torpedo en la línea de flotación de ese renqueante paquebote en que se había convertido la URSS.

El presidente soviético intentó resistir. Observarle a finales de agosto, pálido y nervioso, mientras amenazaba a los diputados del Soviet Supremo con dimitir si no conseguía mantener unida la URSS, fue un trágico espectáculo.

El promotor de la perestroika volvió a hacer gala de su fascinante verborrea. Sus oscuros ojos brillaban como brasas en el fondo de las cuencas cada vez que paseaba la vista entre los escaños.

Durante cinco años siempre había conseguido convencer, pero en esa ocasión, cada palabra, cada enérgico golpe de puño sobre el atril, sólo servían para recalcar su creciente impotencia.

Banderas de Rusia en la Plaza Roja de Moscú.

En marzo de 1990 sufrió otro leve ataque cardíaco, pero eso no impidió que tres meses después resultara elegido presidente de la Federación de Rusia por una aplastante mayoría de casi 70 millones de votos.

Su primera decisión, nada más ser investido, fue romper definitivamente con el PCUS y declarar la guerra a Gorbachov.

Empezó a comportarse como si fuera un jefe de Estado, a proclamar como objetivo la soberanía rusa y a mover sus piezas con precisión.

Soldados del Ejército Rojo.

En su autobiografía relata un pensamiento profético que tuvo en vísperas de las elecciones de marzo de 1989, cuando regresó al firmamento político, 18 meses después de haber sido expulsado del paraíso por Gorbachov.

«El vasto, torpe y estúpido sistema burocrático del PCUS hará un nuevo y brusco movimiento, intentará defenderse y preservarse y eso provocará su propia destrucción».

Eso escribió, como si adivinara que iba a producirse el chapucero golpe de agosto por el que se suicidó el PCUS.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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