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Carlos Dávila: «La desfachatez pide 100 días»

Es un mentiroso de manual psiquiátrico cuyas mañas políticas son rechazadas ya por el público en general

Carlos Dávila: "La desfachatez pide 100 días"
Pedro Sánchez y Adriana Lastra (PSOE). PD

Se fugó el lunes a Atenas (¡maldita la falta que hace allí!) para, de nuevo, tirarse el pegote y marcarse un farol ante los españoles:

“En 100 días -dijo con su fatua solemnidad acostumbrada- el 70% de los españoles estarán vacunados”.

Todo, como si de él dependiera la campaña de inmunización, como si él estuviera pagando totalmente las dosis, como si él fuera el artífice de una operación que presenta crecientes dificultades. Son  constatables los obstáculos como los derivados de las peripecias que está sufriendo la vacuna AstraZeneca, escondida en neveras, mientras la mucha gente que recibió su primer pinchazo espera, desesperadamente, que alguien les llame para recibir, como es imprescindible, el segundo. Él, este tipo que es el colmo de la desfachatez, es perito en promesas falsas, en compromisos incumplidos.

Y le da igual: cada falsedad que perpetra tiene el objetivo de ocultar sus desvergüenzas, sus clamorosos fracasos.

Ahora se trata de decolorar el tremendo varapalo electoral que se ha llevado en Madrid y que, en un ejercicio miserable de incuria, se lo adjudica a sus correligionarios de la Comunidad. Con la vacuna pretende encubrir el fracaso.

Es probable, fíjense, que dentro de dos meses y medio, o sea, a principios de agosto, alrededor de ese porcentaje del que presume, el 70% de la población, ya haya recibido su antídoto contra el maldito Covid. ¿Por qué? Pues porque Europa ha comprado las vacunas, las está girando a todos los miembros de la Unión, las regiones las están propalando, y los sanitarios las están inoculando. ¿Qué pone el Gobierno en este proceso?

Nada: la propaganda y la confusión. Apenas otra cosa. El tipo, Sánchez, comparece como si él fuera el inventor de las vacunas.

Pero la subjetividad y la torpeza con las que está dirigiendo el Gobierno el empleo de los viales, está dificultando ahora mismo el objetivo del que el propio Gobierno se jacta. En neveras incógnitas repartidas por toda España están almacenadas en este momento los cientos de miles de astrazénecas que deberían estar ya administrándose.

Cierto es que la empresa propietaria se ha comportado de una manera golfa, que no ha cumplido con el contrato que suscribió con la Unión Europea y que ésta le ha borrado de la lista de sus proveedores, pero no lo es menos que las vacunas que ya están en España no se usan del mismo modo a cómo lo hacen en otros países de la Unión Europea. No es así en nuestra nación y los seguros receptores se encuentran en un estado de nervios que no favorece precisamente la solución a la pandemia.

Pero a Sánchez estos hechos le traen por una higa. Él a lo suyo: a viajar por el mundo y a repartir sus mantras por donde va; y sí, atribuyendo a sus propios compañeros de viaje la magnitud del zurriagazo que le han pegado los madrileños en las últimas elecciones autonómicas. Como si su estruendoso fracaso, el fiasco sin precedentes, no fuera con él.

Ahora pide con un descaro insufrible, 100 días de plazo para poder aprovecharse de la masiva vacunación y del reparto de fondos europeos que, a cuentagotas, pueda recibir España en los próximos tiempos.

No antes desde luego de finales de año. Su inmoral subsistencia en La Moncloa se fundamenta ahora en estos dos factores de propaganda. Ha puesto a su Gobierno a trabajar y, copiando su estilo, los ministros remedan sus promesas y avisan de que ya hemos pasado lo peor de la crisis sanitaria y económica, y que pronto, en este 2021, se notará ya con claridad un repunte sustancioso de nuestros dineros. Lo ha dicho así la vicepresidenta Calviño que, según advierten en Bruselas, ha perdido gran parte del crédito profesional que poseía cuando se vino a España llamada por su jefe Sánchez.

Ahora se apalanca a los nuevos 100 días y esboza parabienes de toda índole más o menos para cuando llegue septiembre. Parodiando la película y la canción, todo será entonces de otra manera. A este Sánchez, ni siquiera cuando dice una verdad (por ejemplo, que estamos en mayo) se le cree.

Es un mentiroso de manual psiquiátrico cuyas mañas políticas son rechazadas ya por el público en general.

¿Qué otras trapisondas prepara? Pues, atentos, que no es que los dedos se nos hagan huéspedes, pero su mente enferma, acalorada por las iniciativas de su gurucillo Redondo, quizá esté esperando la hora de tomarse la revancha y devolver al Partido Popular los muchos patadones que ha recibido desde que se estrelló con la moción de Murcia.

A la sazón, se ocupa en laminar a Susana Díaz en Andalucía, pero si lo consigue, ¿quién puede negar que intentará desalojar a Moreno Bonilla del Palacio de San Telmo? Con Sánchez, todas las especulaciones, incluso las más infernales, son posibles.

No tiene una buena idea para los demás; los demás, que somos todos los que venimos denunciando la catadura del personaje.

Ahora -lo repetimos- se refugia, como renacida artimaña, en 100 días y, de modo tan sorprendente como torticero, pide los españoles 100 días más supervivencia en el poder. Su desfachatez sólo tiene acomodo en un juzgado de guardia.

Miente y se contradice en horas: primero filtra que se acomoda a negociar una salida jurídica consensuada al estado de alarma, y al cabo, en el mismo día, niega la posibilidad. Ha dejado a su ministro de Justicia en bragas. ¿Quién se puede fiar de un personaje de esa calaña? En Madrid ya ha nacido la resistencia. Vamos a acogernos a ella.

Carlos Dávila

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