LA SEGUNDA DOSIS

Alfonso Rojo: “Son muy malos, sectarios y tontos, pero los tenemos en el Gobierno”

No soy una persona pesimista; todo lo contrario.

Fui un niño feliz, tuve una adolescencia divertida, recuerdo con cariño los años de internado en los Jesuitas, disfrute a fondo en la Universidad y hasta lo pase bien en la mili.

Tengo unos hijos estupendos, una familia numerosa y unida y he ejercido durante 40 años -30 de ellos como reportero de guerra- una profesión fascinante.

Incluso ahora, al borde los 70 y peleando cada día en el periodismo online, me gusta lo que hago y me va bien, pero les confieso que me apena mi país; me entristece España.

Y eso que, por nuestra condición de europeos, pertenecemos al 5% privilegiado de la Humanidad. A esa pequeña fracción de los habitantes del Planeta que vive en la abundancia, tiene Seguridad Social, sabe que no se deja a nadie, por pobre o extraño que sea, reventar en la calle; celebra elecciones periódicamente y puede expresar sus opiniones sin el riesgo de acabar en la cárcel o apaleado en una comisaría.

Pues a pesar de todo esto, me acongoja el futuro y creo que vamos mal.

Esencialmente porque de forma creciente y constante, en aras de mezquinos intereses, se tiende en España a olvidar lo esencial y a banalizar el mal.

Y el más claro ejemplo lo tenemos en el Pedro Sánchez y su Gobierno.

En teoría, tendrían que están preocupados por nuestro bienestar, nuestra salud, el futuro de nuestros hijos, la libertad o la justicia, pero a la hora de la verdad, lo único que les importa son ellos mismos.

¿Cree alguno de ustedes que les preocupa los más de 150.000 españoles muertos por coronavirus?

Yo pienso que no, porque hasta ocultan la cifra, por si les perjudica en las encuestas.

¿Creen que les preocupan las desventuras de los afganos?

En absoluto. Ni siquiera los miles de desgraciados que se acumulan en el aeropuerto de Kabul, donde hace unas horas ha habido una nueva carnicería terrorista protagonizada por terroristas islámicos.

Para reaparecer de sus opulentas vacaciones, Sánchez ha esperado tostándose al sol de La Mareta, a que los primeros refugiados llegaran a España y en ese momento, se ha ido a recibirles para salir en los telediarios.

Ha sido casi pornográfico, ver al líder del PSOE y a tres de sus ministros haciéndose el photocall con 150 afganos, para hacer olvidar a la ciudadanía española que, al otro lado, abandonados a su suerte, quedan 30 millones.

Sánchez, que anda frenético haciéndose fotos y lanzando mensajes, no ha encontrado un minuto para decir que le parece indignante que este 16 de septiembre homenajeen en la localidad vasca Mondragón al asesino etarra Henri Parot.

Ni siquiera ha movilizado a su Fiscal general o ha dado instrucciones al ministro Marlaska, porque esa ignominia y el dolor adicional que entraña para las víctimas ETA, le importa un comino.

Para él lo importante es que los proetarras le continúen apoyando y le faciliten seguir durmiendo en La Moncloa.

Y lo mismo le ocurre cuando se trata de los torturadores de la Venezuela chavista, los dictadores de la Cuba castrista o de los golpistas enemigos de España.

Lo tremendo es que en esa vergonzosa peripecia le acompañan al completo su Gobierno, su partido y un montón de zarrapastrosos, entre los que colgaron en el balcón del Ayuntamiento de Valencia un enorme cartel en honor de Stalin son sólo unos payasos más.

No hay puntos intermedios entre el bien y el mal, entre las víctimas y los verdugos.

Sánchez y sus colegas son muy malos, sectarios, ineptos, incoherentes y tontos. Pero para nuestra desgracia los tenemos en el Gobierno.

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