De un tiempo a esta parte, Renfe y sus filiales son la vergüenza de España. Atrás han quedado sus años de oro a finales del franquismo y primeras décadas del actual periodo democrático.
Sí, ha hecho un gran trabajo en la alta velocidad, gracias a los fondos europeos, a los dineros del contribuyente y a la voluntad política de Felipe González Márquez, hasta dotar a España de la mayor y mejor red de alta velocidad (AVE) de Europa y la segunda del mundo tras China. Pero a costa de cerrar líneas convencionales y abandonar a su suerte estaciones y otras dependencias de trayectos de ancho ibérico aún activos.
Es desolador recorrer el clausurado Madrid-Burgos y ver desatendidas, hundidas y pasto de los vándalos y de la naturaleza las otrora hermosas estaciones. Pero con ser vergonzoso este paisaje en ésta y otras líneas cerradas, el choque es más brutal cuando ese patrimonio inmobiliario, antaño orgullo de Renfe y de España, está también decrépito en líneas activas como la Madrid- Santander y en estaciones donde aún paran los trenes de cercanías, con muy pocos viajeros, ciertamente.
Los edificios de amplios aleros y generosas cerchas que un día albergaron el vestíbulo con las ventanillas de venta de billetes y la vivienda del jefe de estación tienen el tejado hundido, las paredes pintadas y su entorno, en algunos casos rodeado de vallas que también son pasto de alanos y otros bárbaros, asaltado por la maleza. Y esas instalaciones han sido sustituidas por una marquesina de cristal y aluminio con asiento corrido para tres y una máquina de venta de billetes. Si quiere miccionar, en la vía o en los bardales, y si se trata de aguas mayores, más de lo mismo.
Aunque en algunos lugares se ofreció a trabajadores y jubilados de Renfe ocupar gratis estaciones a cambio de mantenerlas dignas, como aún lo están, en otros que no tenían interesados se eligió el peor camino: el abandono. A ningún responsable de Renfe ni a ningún gobierno digno de llamarse así y preservar nuestro patrimonio y nuestra historia se le ocurrió otra fórmula de mantener en pie y en buen estado todos los edificios de Renfe, como crear o participar en empresas que lo explotasen como inmobiliaria, turismo, hostelería,.., y mil fórmulas más que existen, incluidas las mixtas con las pomposas y extractivas administraciones autonómicas, que deberían preocuparse más por sostener tan históricos bienes inmuebles de todos los españoles y no mirar para otro lado como si no fuese con ellas, o reivindicar, como en Cataluña, la cesión de todo: vías, catenarias, material móvil y fijo y la explotación completa y en exclusiva para jugar a ser otro Estado.
Renfe, tanto por sus servicios actuales como por su comportamiento con el inmovilizado, es ahora una vergüenza para España. Sus máquinas de mercancías y vagones circulan con pintadas y otros rasgos de la actual sociedad cutre, permisiva y decadente, en la que los delincuente campan a sus anchas, si bien los trenes de pasajeros están libres de esta lacra y es justo reconocer el mérito y esfuerzo de la compañía por mantenerlos aseados. Sus líneas de ancho ibérico son un clamor de desidia, abandono e irresponsabilidad, y encima deja que los franceses circulen con su TGV OUIGO por nuestras vías de ancho europeo, mientras los gabachos impiden que el AVE ruede por las del hexágono. ¡Merde!
¡Pobre España, quien te vio y quien te ve!

