Una famosa orquesta progresista
era asombro real del mundo entero:
el violín lo tocaba un carnicero;
al piano, se puso un trapecista;
al contrabajo, un viejo carterista;
la flauta, la soplaba un fontanero;
al clarinete, estaba un zapatero
y, al trombón, el cuñado de un taxista.
Sonaba aquello a ruido insoportable;
pero el aborto estaba dirigido
por alguien, de un mentir inagotable,
que dejó a medio mundo convencido:
¡el engendro era fino y agradable
y hacía las delicias del oído!
Su camelo, que había otras orquestas
de ultraderecha, mucho más molestas.
