Ir contracorriente es algo propio del idealismo inconformista que conlleva la adolescencia.
Ese quijotismo, valor identificativo de una de las épocas más apasionantes de la vida que, en la mayoría de casos, se irá desinflando con el correr de los años, terminando adocenado, sesteando el sueño de los corderos, en la cuna de lo políticamente correcto.
Aunque justo es reconocer que algunos ´raros´, como un servidor, arrastrarán ese idealismo soñador durante todos los días de su vida y más allá, como un estigma de ´ingenua rebeldía´ sobre sus frentes, que les honrará y maldecirá al mismo tiempo, al condenarles a recorrer en solitario, el camino sin retorno al país de Nunca Jamás.

