Revolución en el arte 2. El alma de los pueblos

Por José María Arévalo

( Mujer de Rojo. Óleo de Eduardo García Benito, en la actual exposición. Propiedad de la Fundación Miguel Delibes. 130×90)(*)

Continuamos con la reseña del discurso leído por García Benito en su recepción pública como académico de número, en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, el 14 de Junio de 1962, que tituló “La revolución en el arte, el arte en la revolución”, y que se ha publicado en el catálogo de la exposición “Eduardo García Benito en las colecciones privadas de Valladolid” que puede verse estos días en la Sala Municipal del Museo de la Pasión.

Dedicada la primera parte a un breve análisis histórico, sobre todo de los movimientos del último siglo –volverá ahora para hacer un análisis más amplio- , y tras afirmar que la degradación de la pintura ha llegado ya a un punto máximo, a un callejón sin salida, ha concluido que es necesario optar entre la continuidad “o empezar de nuevo todo, como nos proponen algunos.”

Para nosotros, castellanos –añade García Benito-, “nacidos en esta ciudad castellana, cuna de tradición, cuna de la historia de nuestra patria, pues aquí se fundó la España de hoy, con la unión de dos reinos, que después fueron Imperio, y llevaron al mundo una forma de humanismo perenne en el que el hombre ha encontrado una estabilidad espiritual, secular. Para nosotros digo, es mucho más difícil la opción. Por eso, cada vez que esta estabilidad ha estado en peligro, estas viejas ciudades castellanas, han dado a luz hombres y mujeres que han resistido al cambio. Ante el paganismo renacentista, el catolicismo de Fernando e Isabel. Ante la Reforma, origen del cisma, San Juan de la Cruz y Santa Teresa. En realidad somos un pueblo reaccionario.

Reaccionario no en el sentido peyorativo, despectivo, denigrante que se suele dar a esa palabra, sino en el sentido recio de resistencia a lo nuevo, cuando esto pudiera hacemos perder nuestra identidad”.

Se refiere ahora García Benito a un filósofo de origen español pero de formación anglosajona, Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido como George Santayana (Madrid, 16 de diciembre de 1863 – Roma, 26 de septiembre de 1952) catedrático de Harvard, en la que fue maestro de T. S. Eliot y Gertrude Stein. Filósofo, ensayista, poeta y novelista, The Sense of Beauty (1896) es su primer libro y tal vez su mejor obra, sobre la estética, escrita en los Estados Unidos.

“Uno de los filósofos más grandes de nuestro tiempo –continúaba García Benito-, castellano de nacimiento, universal por su influencia, Jorge Santayana dice que “ciertas formas elevadas de vida, prefieren la muerte a perder sus características de identidad”.

De esto los primeros mártires cristianos, fueron un ejemplo, pero hay otros, como los de esas regiones y pequeños pueblos que se niegan a ser absorbidos por otros, que pudieran destruir sus usos y costumbres seculares. El hombre en realidad, y no sólo el castellano, es por naturaleza, reaccionario.

Dice Santayana en su libro The Life of Reason (La vida de la razón) del que traduzco: “El desorden y desajuste en las sociedades humanas es tan grande y escandaloso, y un caso de mayor urgencia que el de las Bellas Artes, que al desorden de estas, se le trata con una sonrisa amable, como si el Arte no fuera más que un irresponsable y milagroso parásito, en el que los legisladores hacen bien en no mezclarse. Un día llegará sin embargo, si el Estado es jamás organizado de una manera relativamente equitativa, en el que las cuestiones de arte serán consideradas cuestiones de urgencia moral, en las que el genio será finalmente responsable, y la orientación que se dé a la imaginación será considerada como la cosa de la mayor importancia vital”.

Bajo un ligero disfraz, esta importancia de la actual característica en la elección imaginativa, ha sido ya francamente reconocida por la humanidad. Los pueblos, han amado apasionadamente su especial expresión religiosa y costumbre, y a veces, han preferido la muerte a una vida floreciente, en una forma distinta. La gente ha dicho, y quizás llegado a creer, que los intereses imaginativos eran en el fondo intereses materiales, pensando así darles más peso y legitimidad, cuando en verdad, la vida misma no sería nada, si no fuera en su esencia y finalidad, idealista. Sigamos a Santayana.

“El arte, como la vida, debe ser libre, puesto que las dos cosas son experimentales. Pero una cosa es dejar la plaza libre al genio, o respetar la momentánea locura del poeta, a través de la cual Dios puede hablamos, y otra cosa es renunciar a juzgar las obras por normas racionales”. “El hombre que emancipa el arte de la disciplina de la razón, está tratando de eludir la racionalidad no solamente en el arte, sino en la vida en general”. Hasta aquí Santayana. Dejémosle un momento aunque la compañía del filósofo nos sea siempre grata.

Todo eso, quiere decir que hay que ser cauto en nuestros juicios, pero no hay que renunciar nunca a nuestro juicio y a nuestra razón. Estas cuestiones de estética, son problemas más serios que lo que generalmente se cree. Toda actividad del espíritu, la influencia del esfuerzo creador sobre el futuro de la inteligencia, es algo demasiado serio para dejarlo en manos irresponsables. De la sinceridad de ese esfuerzo depende en parte, el destino de lo humano.

La sensibilidad estética es, en cierto modo, un sentido suplementario. Quien lo posee, siente la necesidad de ordenar las sensaciones. Es el sentido de lo bello. Es el sentido del orden y equilibrio que constituye la belleza. En toda realización que se relacione con la acción, lo que es armonioso funciona bien, y por consecuencia lo que funciona bien es bello. La sensibilidad estética es pues un sentido por el cual la vida se perfecciona y continúa. Una deformación del sentido estético, es un peligro para esta continuidad. Esta deformación produce monstruos y los monstruos no son viables.

Desde la Reforma, como dijimos antes, pero particularmente desde que en Francia acabó definitivamente el orden social tradicional, estableciendo, con la filosofía de Rouseau, la preponderancia del individuo sobre lo social, asistimos a esa lucha de la inteligencia entre la tradición, lo establecido por el tiempo y la experiencia, y la revolución. Actualmente vivimos uno de los períodos extremos de esa revolución. El Yo del romanticismo, el culto de la personalidad, pudiéramos decir, parodiando una fórmula célebre, está al orden del día.

Lo primero que se exige al artista es no parecerse a nadie, en una palabra, inventar el arte. Esto es imposible. No se puede inventar el arte todos los días. De este imposible, nace el absurdo y el desorden. En rodas las ramas del saber, el espíritu se apoya siempre, para avanzar, en lo precedente. Todo continúa como una cadena y cuando ésta se rompe hay que volver a encontrar el último eslabón para que la obra del espíritu pueda continuar ¿Cómo podría un escritor expresar su pensamiento sin emplear la lengua pulida y forjada por sus antepasados? El arte del escritor es ordenar la sensación y hacer de ella, dentro de las reglas de la lengua, un pensamiento. Cuando no se encuentra el vocablo justo, la ordenanza es informe, es decir, embrionaria, el pensamiento no es comunicable, no tiene existencia, no es aún pensamiento. Un cuadro es lo mismo. Una mancha, un color, puede ser sensación por sí mismo, pero es necesario ordenarles, darles forma para ser pensamiento. La obra tiene que ser comunicable, para ser obra de arte. Gracias a esta comunicación la historia del arte es la historia de la humanidad. Todo lo que sabemos de los pueblos de la prehistoria, lo sabemos por la marca que el hombre nos ha dejado sobre la materia. Menhires, huesos grabados, etc. El esfuerzo de la creación artística es un mensaje fraternal a través de los siglos. El hombre no ha dejado de transmitimos ese mensaje en piedras labradas y monumentos que las generaciones sucesivas nos han legado en testimonio. Un pueblo sin arte cuando muere desaparece para siempre”. Y concluye García Benito esta proposición: “El arte es, pues, el alma de los pueblos”.

Para nosotros europeos, el arte empieza en una época muy lejana. Las primeras manifestaciones del despertar del hombre a las Bellas Artes las encontramos ya en las cuevas de Altamira, precisamente en España. Fuera del período prehistórico, los frescos etruscos y las pinturas pompeyanas son ya muestra de la madurez del arte. Después, el arte no cesa de evolucionar entre el realismo greco-romano y el espiritualismo bizantino. La Edad Media está dividida entre el románico de origen nórdico y el bizantino oriental. Oriente y Occidente, unen su espíritu, en la boda mística de la catedral gótica. Espiritualidad del gótico, bizantino y románico. Paganismo intelectual del clasicismo mediterráneo. El sentimiento religioso occidental necesita de lo humano. El Cristo de Cimabué es aún bizantino. Poco a poco Dios es menos geométrico y más humano. Giotto da vida y movimiento al hieratismo bizantino y San Francisco se convierte en un campesino lombardo en el que todos los campesinos se reconocen como hermanos; Simone Martini cuenta la historia de los santos y de la Pasión, con la misma sencillez y naturalidad que los telones de los ciegos. Fray Angélico, sensible, elegante como una estampa oriental. Masaccio, Piero della Francesca, pintores de un realismo expresionista en el que tanto han aprendido muchos modernos. Los retratos de Baldovinetti y Pollajuelo de una elegancia y exactitud insuperables. El delicado Ghirlandaio, el dramatismo de Giovanni Bellini, el preciosismo decorativo de Botticelli, y en fin después de llevar la pintura al óleo a la mayor perfección los hermanos Van Eyck, el naturalismo mediterráneo de Antonello da Messina.

Toda esta cadena nos lleva, eslabón por eslabón, al realismo de Caravaggio, origen de la pintura española del siglo XVII. De él salen Ribera, Zurbarán, Velázquez, y después…, nadie, (¿por qué?) hasta que vino Goya. En el siglo XIX asistimos a un momento importante de ruptura con lo anterior. La sociedad ha cambiado de rumbo. La Revolución Francesa, la supresión del orden social, de las Corporaciones, en que la sociedad estaba establecida, influyen notablemente en la enseñanza y por consecuencia en la situación del artista. La plétora de pintores que va saliendo de las escuelas de Bellas Artes, creadas en sustitución de las Academias y Corporaciones, encuentran el vacío. No hay comprador. La aristocracia ha desaparecido.

Ya no se construyen palacios. Ya no se construyen catedrales. Y así, aparece el proletariado del artista. La miseria del genio viviendo en una buhardilla. La bohemia, que da lugar a una leyenda y a una literatura en la que el artista genial se identifica con el inadaptado social. No es el artista el inadaptado, es la sociedad que le ha desalojado de su seno. Los artistas de los siglos anteriores, digan lo que digan los biógrafos en mil leyendas, no fueron bohemios. Rubens vivía en un palacio, frecuentaba reyes y fue embajador de su país en las cortes extranjeras. A Ticiano le visitaba el emperador; Rafael era amigo del Papa, y el Greco tenía músicos a sueldo como los príncipes. Nuestros imagineros castellanos tampoco eran bohemios ni vivían en la miseria. Ahí está aún en Valladolid la casa palacio de Berruguete, hasta el mismo Goya de quien tantas historias se han contado, vivió siempre en el ambiente aristocrático de su tiempo, pues aunque sus relaciones con la duquesa de Alba pueden dar lugar a dudas, al menos dan el tono en que se deslizaba su vida. Los artistas no eran bohemios, eran aristócratas, sin prejuicios de clase.

La leyenda negra del artista paria, no aparece hasta mediados del siglo XIX. De la miseria de este proletariado artístico, sale la temática de la revuelta contra el orden social, contra todo lo establecido, contra todo lo anterior. Los temas de algunos artistas catalanes de principios de este siglo en Barcelona son una glosa a la miseria.

Ferrer, Morral, la semana trágica, tiene una influencia en el arte de los catalanes expatriados en París. Madrid es otra cosa. Madrid está encerrado detrás de las montañas del Guadarrama y los ecos de fuera no le llegan, o le llegan tarde, como ahora. Barcelona tiene una ventana al mar Y otra al corral del vecino. Su arte es más europeo; es decir más influenciado por las corrientes exteriores. En París del novecieotos, los atentados anarquistas se suceden. Pintores y literatos no ocultan su simpatía por estas manifestaciones. Los vanguardistas, se entiende, pues, los artistas oficiales de principios de siglo, eran la crema y nata de la burguesía. A esos «el viento se los llevó». Todos han desaparecido de las antologías.

La primera «guerra civil europea» acabó definitivamente una época. Aquella matanza inicua, dejó vacíos los espíritus. Ya nadie creyó en nada. «La Gran Guerra» abrió el camino de la «Gran Revolución». El desorden no ha acabado aún, y Dios sabe cuándo acabará. Mientras tanto, el artista se encuentra cada vez más lejos de la estabilidad, cada vez más desplazado. De una misión civilizadora, el arte se ha convertido en un instrumento disolvente de la sociedad, en un instrumento de la revolución. En pintura, el culto de la personalidad, el Yo del romanticismo, sentimiento anárquico, afirmación del individuo contra el Nos social, ayuda a la disolución y llegamos a una situación en la que ya no hay regla, ya no hay arte definido, ya no hay más que artistas trabajando en el caos y la incoherencia. Como dijo Vlamink, «la incapacidad se ha disfrazado en gema».

Cuando yo llegué a París, esos problemas no estaban aún presentes en mi espíritu. Al principio, mi ignorancia de la lengua -y de muchas cosas más-, no me permitía otras relaciones que las de algunos españoles jóvenes artistas, que como a mí, no atormentaba mayormente otro problema que el de asegurar nuestro sustento. Mi ambición entonces no era triunfar, como se suele decir, mi ambición era sencillamente asegurar mi existencia ejerciendo una profesión que me gustaba. No sabía yo entonces, ni tenía idea, de que el arte pudiera tener una resonancia filosófica o una importancia metafísica. Todo lo que se me alcanzaba, y muchos artistas no han llegado nunca a sobrepasar ese estado, era que tenía que vivir de mi arte.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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