Lancelot 2010. Timanfaya

Por Carlos de Bustamante

(Fachada en Lanzarote. Acuarela de Francisco J. Castro en acuarelasfjcastro. blogspot.com)(*)

Lunes 23 de Agosto. Ayer, aplatanado o convaleciente de la bronquitis curada con jengibre por el hindú Doc. (¿) Wini, se me quedó en el tintero algo fundamental; sin duda lo más importante del día. Que, siendo domingo, nada les dije de la Santa Misa. Como en cuanto les llevo relatado, sigo el orden cronológico de los días, los sucesos pueden ser más o menos llamativos. Porque me creo persona normalita, pocas cosas les habrán “enganchado a lectura de este diario tan corriente. A propósito no dije vulgar, pues –perdonen la probable soberbia- seré (soy) corriente, pero no vulgar. Fuimos a Misa a la Parroquia del pueblo. De la que es párroco nuestro amigo don Sixto. Sacerdote, sacerdote, por dentro y por fuera. Multilingüe, edita en varios idiomas las oraciones propias del domingo correspondiente. Como a veces el batiburrillo en las contestaciones era notorio, parte de la Santa Misa la dijo don Sixto en latín: lo entendimos todos. Me dio que pensar… Ni quito ni pongo rey… ¿Qué dice el Papa al respecto? Pues no lo ha prohibido; incluso fomenta la alternancia en el uso del latín. Particularmente me encanta. A la salida y tras los saludos afectuosos, propuesta del yerno vascorro: ¿aperitivo en el hotel del Timanfaya? Aprobado por mayoría absoluta: cinco de cinco.

Desde Playa Blanca a Yaiza, es un paseo. Un cuarto de hora en automóvil. Paseo conmovedor. Es que la belleza, tiene diferentes puntos de mira. Cada persona el suyo. Para explicarme de forma más entendible: si subo al páramo castellano a un montañero, aquello le parecerá el paisaje más horrible del mundo. Si a la llanura inmensa, desoladora, llega un castellano “soñador”, en la desolación precisamente verá lo que el montañero nunca llegará a comprender. ¿Dónde la belleza de la inmensa planicie de campos yermos o casi yermos? Ahí, mis amigos. Cuando se pierde la vista sin variación alguna en las vistas infinitas, cuando el ojo humano se pierde en la lejanía donde se unen el cielo y la tierra, el soñador ve belleza. Terrible. Y lo terrible, cuando es cosa propia, cala dentro del alma hasta los huesos y el tuétano dentro de ellos. El corazón se expande: la paz y el sosiego plasmado en el terruño terrible, trastorna en belleza. Ensoñación infinita. Majestuosa infinitud del páramo castellano.

-¡Eh, oiga!, que estamos en el Lancelot canario.

-¡Pues claro, hombre! Pero si han visto el páramo y comprendieron la belleza de la estepa castellana, tenemos medio camino andado, para la, en cierto modo, parecida e impresionante belleza canaria.

Hace años, no muchos, la cumbre que preside los otrora campos feraces, se cansó de la sempiterna quietud y, violenta, expulsó a torrentes el magma interno, deseoso de recorrer otros mundos iluminados por el astro rey y no por el bárbaro fuego del abismo. Vomitó lava en cantidad tal que, como el páramo, se extendió desbastadora en inmensa llanura yerma-que hizo yerma- hasta la mar que la engulló aún sin querer. El cómo era antes no lo veo, pero lo sé. Labrantío generoso, que, no sin trabajo, hizo felices en la abundancia a los habitantes de estos pagos. Solidificado el líquido incandescente, el símil de páramo castellano, atravesó mares y cielos para instalarse-parecido- en la terriblemente bella llanura a los pies del gigante Timanfaya. Lo yermo aquí es aún más terrible: las entrañas del monstruo cubrieron la tierra. Roca viva en su lugar hasta donde alcanza la vista. Roca negra de negras aristas que no permiten ser holladas por ser humano o animal alguno. Y a lo lejos, el “finis terrae”. Infinitud de la mar oceana. Rocosa en la costa en los caprichos de formas extrañas de la lava candente al contacto con la friura del agua.

Sobrecogido como la primera vez que lo vi, nuestro vehículo se adentró por la senda abierta a través de lo que fue declarada reserva de la biosfera. Por la ladera que respetó el vómito al elegir sendas fáciles, poco nos faltó para llegar a la cumbre.

Descabalgamos. En tanto que los jóvenes hacían en dromedario el camino hasta el cráter, los mayores descubrimos otras novedades. Como el calor intenso no es allí novedad, penetramos en el hotel restaurante magníficamente instalado. Con lujo. Calor allí aún a la sombra.

¿Por qué tanto? Los pies, no la cabeza, nos dieron la respuesta: ¡ardía la suela del calzado liviano! ¡Y el mármol del suelo! Sin otro remedio más que caminar, seguimos el rastro de olores apetitosos para el aperitivo. Carne asada a la brasa.

¿Dónde los sarmientos?, ¿dónde las ascuas de las maderas nobles de los majuelos? ¿Dónde la fogata?: ¡nada! El olfato nos condujo al secreto. Sobre un orificio mayor que el del brocal de un pozo grande, se asentaba una parrilla en la que se realizaba el asado de tan gratos olores. ¿Y el fuego? ¿y las brasas? No lo había. El calor intenso, abrasador, que ascendía de la panza del gigante, hacía las veces de brasas como rubíes. Probamos el asado.

-¡Exquisito!, exclamaron a coro.

Especialista en el arte culinario de los asados, torcí el gesto.

-¿Acaso no te gusta suegro? ¡Pero si está delicioso!, me espetó Andoni (que así se llama el vascorro).

-A las chuletillas de cabrito-le dije- no hay pero que ponerlas, pero ¡ese tufillo…! Intrigados miramos al interior del abismo. No sé cuál serán los tormentos del infierno -que haberlo háylo- por mucho que se empeñen los incrédulos en negarlo, aunque no creo sea el fuego el mal mayor. Si así fuera, había descubierto el mismísimo infierno de los condenados, que a nadie deseo. ¡Ni el tufillo a azufre y otros olores indefinidos, que la imaginación transformó en insoportables! En el exterior, introducidos por oquedades siniestras, plantas espinosas nacidas qué sé yo dónde, salían al instante envueltas en llamas. Por orificios de los que sobresalían como chimeneas, alguien vertía agua, convertida en el acto en chorro de vapor despedido a gran altura… Me sentí incómodo.

-¿Nos vamos?, indiqué al parecer con mal gesto.

-¿Acaso no te gusta este espectáculo irrepetible?, preguntó el vascorro incrédulo. Si, sí, muy curioso, pero, añadí convencido, tanto tocar las narices a la montaña de fuego, está punto de cabrearse y vomitar otra vez lo que lleva dentro. Mejor, nos vamos, concluí mosqueado. ¡A ver…!

¿El próximo verano?: veremos…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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