El paraíso de la contradicción

Por Javier Pardo de Santayana

(Intoxicated hope. Acuarela de Vincent Hui en hardsponge.com)(*)

Desconozco si he de referirme a ustedes, a usted, o a mí mismo, caso este último en el que lo que escribo se convertiría en mera reflexión. Así que me limitaré a señalar que, en la improbable suposición de que alguien haya frecuentado ya estas páginas, sabrá que tengo una especial fijación por el actual “boom” del surrealismo español, ahora en su momento de gloria desde que la marea política extendió su espuma sobre todo cuanto nos rodea, sea esto material o inmaterial, público o privado, importante o baladí.

Para demostrarlo ya tuve ocasión de desgranar una multitud de ejemplos significativos, pero no creo haber agotado el repertorio. Muy por el contrario, cada día se añaden más y más a la lista de hechos chuscos o llamativos en los que la hipérbole carpetovetónica se muestra en su todo esplendor.

La mayor parte de las veces se trata de una flagrante contradicción, figura ésta por la que quienes nacimos sobre la piel de toro parecemos sentir una especial predilección. O mejor, la llamada del arte. Se diría, en efecto, que nuestras seseras se hallan provistas de un curioso mecanismo que nos permite contradecirnos a nosotros mismos. El efecto más llamativo se produce cuando la contradicción surge como quien no quiere la cosa, o sea, con la impávida seriedad de Buster Keaton. Ahora mismo todos conocemos un paladín de contradictores de sí mismos que tanto defiende una cosa como la contraria, y que es capaz de hacerlo con solo pocas horas de diferencia.

Como no tengo demasiado tiempo que perder, evité forzar mi memoria o entrar en las hemerotecas en busca de otros ejemplos significativos; así que sólo me referiré a unos cuantos casos que me vienen ahora mismo a la cabeza y que comparo a fogonazos o pequeñas pero desconcertantes muestras de un no pretendido ingenio. Digo no pretendido porque suele surgir casi sin querer; tan proclives somos, por lo que parece, al esperpento.

Porque esperpéntico es, por ejemplo, no ya que al ministro de Trabajo sigan llamándole así habiéndose contabilizado cerca de cinco millones de parados – que la cosa tiene su guasa -, sino, sobre todo, que le hayan encargado de encauzar el cambio de la legislación laboral tras haber puesto a caldo a ese mismo gobierno y sus reformas desde la primera línea de pancartas.

Esperpento es también, y de inconmensurables dimensiones, que el presidente de un alto tribunal se lamente en plan plañidera de nuestras críticas a la judicatura, y lo haga después de haberse cargado el prestigio del Tribunal Supremo tirando abajo todos sus sabios y bien documentados considerandos, para acabar metiendo en las instituciones del estado a quienes, no sólo se lo quieren cargar, sino que, además, así consiguen los objetivos por los que asesinaron a cerca de un millar de españoles.

Esperpéntico es sin duda, y también contradictorio, aquel ayuntamiento que concedió subvenciones a deletéreos grupos feministas y, sin embargo, lleva años sin pagar a los proveedores, forzados ya a cerrar el negocio y mandar al paro a sus infortunados empleados.

Y no me digan que no es esperpéntico ver como hay ciudadanos indignados que ocupan durante un mes la Puerta del Sol clamando por la libertad de información, mientras hostigan a los periodistas o les obligan a salir escoltados por la policía.

Pero bueno; en esto de las contradicciones esperpénticas hay una larga tradición en estas tierras nuestras. Ya hace tiempo que la Organización Nacional de Ciegos eligió como sede central un edificio situado frente a frente del palacio de Buenavista. ¿Lo cogen?: sí, de buena vista. Así, como lo oyen. ¿Han visto ustedes cosa igual?

Pues para terminar tampoco es malo lo que he oído en Onda Cero, donde anuncian un interesante remedio dedicado probablemente a gente de mi edad, puesto que sirve para reforzar las memorias debilitadas. El producto se llama, muy atinadamente, “The memory”. Ahora adivinen el nombre de la locutora que lo publicita…

¡Premio al caballero! Su nombre es, efectivamente, Olvido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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