La autoridad en entredicho

Por Javier Pardo de Santayana

(Sloop, Bermuda. Acuarela de Winslow Homer en winslow-homer.com)(*)

He escrito tanto que no recuerdo si ya traté aquí de este asunto. Creo que no. Me refiero a la progresiva pérdida de todo aquello que suponía para el hombre de hoy una referencia de seguridad, esa tranquilizadora constatación de que alguna autoridad se ocupa de que no se altere nuestro bienestar. Empezaré por las Naciones Unidas, pero no se asusten, que ya descenderé incluso hasta usted mismo.

Yo me pregunto, efectivamente, en qué quedó aquella organización internacional en la que tantas esperanzas depositamos en su día. Recordamos los tiempos en los que la presencia de los cascos azules infundía respeto hacia quienes enarbolaban el estandarte de la paz. Luego vimos como, ya en Bosnia, sus enemigos se atrevieron incluso a secuestrar a estos soldados, y aquel respeto se perdió. Para colmo, la creciente ineficacia del organismo, derivada de su escandalosa incapacidad para ponerse al día y modificar una organización estancada en la segunda guerra mundial, la desacreditó ante los ojos de unos ciudadanos que llegan a preguntarse para qué sirve tan excelsa institución.

Por otra parte, reconoceremos que los Estados Unidos ya no son lo que fueron. Recordamos, sí, aquellos tiempos en los que también ellos imponían una autoridad derivada del poder de la fuerza y de su defensa de la libertad. Pero también tenemos presente aquel 11 de septiembre en que unos personajes de guardarropía se les subieron a las barbas y, despreciando el obstáculo de los fosos oceánicos que mantenían a aquel país al socaire de la agresión, le humillaron con una operación de bricolaje en la que, para más inri, el atacante utilizó los propios recursos del atacado. A partir de ahí, cualquier don nadie se atreve hasta a insultarle.

¿Y qué decir de Europa? No hace nada era un ejemplo de lo que pueden conseguir la voluntad, el conocimiento, la imaginación, y, sobre todo, la solidaridad en un objetivo común. Así, un continente como el nuestro, generador de las mayores guerras de la historia, se convirtió en un espacio de paz y de progreso en el que se consiguió implantar, incluso, una moneda común. Ahora nos preguntamos qué quedó de todo aquello. En esta Europa desorientada, dividida e inmersa en la atonía, nos preguntamos dónde están la ilusión que conocimos y aquella confianza que un día sentimos en nosotros mismos.

Aún nos quedaba, afortunadamente, un sistema económico y social que creíamos muy sólido y de cuyo buen funcionamiento no dudábamos. Pero incluso éste acabó por decepcionarnos. Hasta la banca inglesa falló, y esto, de verdad, era algo difícilmente digerible; de tal forma que si hasta ahora no se ha planteado, como en el siglo pasado, la sustitución de nuestro sistema socioeconómico por otro distinto, será porque la alternativa disponible ya demostró sobradamente su ineficacia, abocándonos de paso a un enfrentamiento a escala mundial. Pero aún perdura el efecto de los excesos cometidos, y aún estamos en el trance de superar los daños.

Así que en la natural búsqueda de una razón en la que apoyarnos para sentir una tranquilizadora y deseable sensación de seguridad, ya solo nos quedaba, como en un retorno a la postura fetal, el recurso de refugiarnos individualmente en la familia y en nuestras propias y más profundas convicciones, ahora objetivo preferente de quienes predican e impulsan el relativismo moral

Así que aquel horizonte de arco iris y cielo azul que tan recientemente contemplábamos, y aquella sociedad a la que se suponía encaminada hacia su perfección definitiva, fueron sustituidos por una perspectiva dominada por la incertidumbre y por una “ciudadanía” desconcertada que, intensamente indignada, protesta de todo sin saber demasiado bien hacia dónde quiere encaminar sus pasos.

El resultado es que entre unos y otros nos tienen a todos de mal café, a los unos porque hemos visto como nuestros irresponsables dirigentes nos engañaban como a tontos y se cargaban por un puñado de votos o para presumir de estupendos todo lo que funcionaba más o menos bien, haciendo así que al final nada fuera lo que parece, y los otros, porque parten de que para arreglar tanta desdicha hay que cargarse de paso todo el sistema, empezando por el imperio de la ley, base esencial y básica de una democracia en la que, curiosamente, no creen, puesto que, según ellos, aquí nadie les representa por muchos millones de votos en las urnas que lo desmientan.

Mas no es esto lo peor. Lo peor es que, por no perder tampoco los votos de estos curiosos indignados que no se indignan por el acceso al poder de terroristas ni por las acciones de un gobierno concreto que nos llevó a la ruina, la autoridad de base democrática está haciendo dejación de su propio deber. Y se barrunta que si así procede es porque pretende legar un caldo de cultivo en el que toda protesta se sienta a gusto y relativamente protegida, para encauzar luego ésta astutamente en contra de aquellos a quienes corresponda ejercer esa facultad más adelante. Esto parece, por lo menos, a juzgar por el aperitivo que ya nos hicieron probar.

Bonita perspectiva: inseguros, desconcertados, engañados, indignados y manipulados. No se puede pedir más. Ah, si: y, además, sin trabajo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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