Por José María Arévalo

(Acuarela de Joan Coch en joancoch.blogspot.com)(*)
Concluimos con este segundo capítulo el dedicado a la Ciencia en la conferencia que pronunció el arquitecto vallisoletano Javier López de Uribe “Acerca de la ciencia, la belleza y el arte” como discurso de recepción en la Real Academia De Bellas Artes de La Purísima Concepción de Valladolid, de la que hemos publicado en esta páginas la serie de artículos sobre “Arte y belleza”, y que completamos ahora con los apartados que dedicó a la Ciencia.
Había comenzado la conferencia, como publicamos la semana pasada, comentando la definición de ciencia, para abordar finalmente “El método científico”. “Volvamos ahora –continúa en este apartado- a reemprender el camino que nos señalábamos al principio, cuando establecíamos la preeminencia, la función directiva de la filosofía metafísica, que es el fundamento de las demás disciplinas científicas -,a las que proporciona nociones tan fundamentales como ente, causa, sustancia, verdad, etc.- hasta tal punto que sin ella las demás ciencias carecerían de inteligibilidad. El conocer filosófico, sin embargo, no sustituye a las ciencias sino que cada disciplina científica trabaja según un método propio: el conocimiento metafísico no lleva consigo saber una ciencia particular”.
Para hacer ciencia –continúa López de Uribe- es preciso que, el entendimiento humano proceda según un método, puesto que, por ser imperfecto, no intuye de un solo golpe, sin discurso, toda la verdad. Va poco a poco. El proceso general consiste en un movimiento desde la sensibilidad hacia la inteligencia; el hombre conoce la realidad siempre a través de los sentidos.
El científico, basándose en los primeros principios indemostrables que todos poseemos, procede por observaciones sucesivas. No empieza por establecer hipótesis -es decir, conclusiones más o menos probables-, sino por experimentar, para poder obtener posteriormente consecuencias mediante un proceso demostrativo, que es el raciocinio que se utiliza en la ciencia. Las hipótesis que se vayan elaborando quedarán a su vez confirmadas o eliminadas por los datos suministrados por la experiencia.
Millán Puelles, en su tratado sobre La formación de fa personalidad humana, afirma que «la génesis del saber (…) no es un simple paso de lo conocido a lo desconocido, un puro añadir verdades a otras que se tenían. La adquisición y el incremento del saber requieren que las verdades ignoradas pasen a ser no sólo conocidas, sino también sabidas, es decir, basadas, fundamentadas, en las que ya se poseen. De lo contrario, no se produce ciencia, pues la ciencia requiere la demostración, la prueba lógica que hace ostensible e1 nexo entre la conclusión y sus principios (…) Cuando no ocurre así, el entendimiento no funciona de un modo racional -es decir, lógicamente progresivo-, sino de un modo abrupto y discontinuo, que no nos da un conocer propiamente científico, ni siquiera en el caso de que lo acompañe una plena certeza natural» (Millán Puelles, Antonio, «La formación de la personalidad humana», Ediciones Rialp, S. A. Madrid, 1973, pág. 137).
En e1 centro de todo conocimiento científico –prosigue el arquitecto vallisoletano-, se encuentra la verdad, como ya quedó dicho. Respetarla escrupulosamente es cuestión de honradez intelectual (se refiere ahora concretamente al trabajo de Aurelio Ramírez Gallardo, al que dedicaba un cumplido homenaje en la conferencia) que permite sacar importantes consecuencias de ese apetito natural de conocer la verdad, de comprender, que Dios ha insertado en las mentes de todos los hombres. Sus estudios y desarrollos son minuciosos; entra de lleno en los problemas que estudia. Actúa por circunspección, es decir, a base de observaciones múltiples mediante las cuales va captando sucesivamente aspectos de las cosas, penetrando así con más profundidad en las esencias. Observa el objeto desde distintas perspectivas, y obtiene verdades cada vez más hondas.
Dentro del amplio campo del saber, la Ingeniería es una ciencia práctica, es decir, una ciencia que tiene como fin propio e1 hacer o construir algo, y que ordena el conocimiento de las cosas a ese objetivo. Considera no lo que es, cuyo estudio corresponde alas ciencias especulativas, sino lo que se ha de obrar en función de un objetivo determinado. Ahora bien, como el obrar sigue al ser, se subordina a las ciencias especulativas correspondientes a la misma materia -en este caso, la física y la matemática- que son las que enseñan los principios fundamentales de ese obrar. Es sabido que no se consigue aumentar la ciencia por análisis o acumulación indiscriminada de datos, sino por una mayor intelección de su sujeto propio.
Una vez más queda confirmado que, en el fondo, toda naturaleza intelectual es hipersensible, aunque se la pueda creer fría e imparcial.
Concluye así López de Uribe su disertación, en lo que se refiere a la Ciencia, pasando a los demás apartados sobre la belleza y el arte que ya hemos publicado, y que se complementan con este capítulo, tan igualmente interesante.
Dedicaremos próximamente nuevos artículos a otra de las conferencias del arquitecto vallisoletano, en posterior intervención, también en la Real Academia De Bellas Artes de La Purísima Concepción de Valladolid, sobre cuestión tan crucial como la “Integración de las artes”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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