Los lunes, revista de prensa y red

“Benedicto XVI y los jóvenes”, de Pablo Blanco Sarto, y “Ratzinger, padre de la Iglesia”, de Julián Herranz

(Acuarela de Dusan Djukaric en dusandjukaric.com)(*)

BENEDICTO XVI Y LOS JÓVENES

Artículo de Pablo Blanco Sarto, biógrafo del Pontífice, autor de ‘Benedicto XVI, el Papa alemán’, publicado en La Gaceta el pasado día 7

Me encuentro en Sudamérica impartiendo unos cursos también sobre Joseph Ratzinger –Benedicto XVI–. Puedo ver todo tipo de movimientos y tendencias, sectas y teología de la liberación, pobreza y consumismo (son compatibles, aunque no nos lo parezca). Pero, sobre todo, puedo ver mucha juventud. Es casi como una explosión, que se advierte cuando se viene de un Viejo Continente. Esto sí que es una continua jornada mundial de la juventud. No en vano, es este el continente del futuro y la esperanza. Aquí me encuentro con muchos jóvenes que me preguntan interesados por las ideas y el Pontificado del Papa alemán. No entran a las polémicas de “los mayores” o los viejos liberacionistas.

Frente a la imagen negativa presente en algunos medios de comunicación, ven a Benedicto XVI sin complejos: como un Papa para la posmodernidad, para la juventud y el futuro. Ven las cosas tal vez de otro modo. Por ejemplo: aquí los medios de comunicación no han presentado a Anders Breivik, el “monstruo de Oslo”, como un cristiano fundamentalista. No les cuadra. No lo pueden considerar como un cristiano. En el potaje de ideas del homicida que ha aparecido en Internet (donde había templarios, defensa del aborto y ataques a Benedicto XVI), no han reconocido ninguna filiación cristiana. Existe aquí una sencillez y un sentido común que a veces hemos perdido en otros lugares. Nos creemos que la Iglesia o el mundo es sólo Europa, o la visión que tenemos de ella.

Los jóvenes de estos países jóvenes quieren a Benedicto, a pesar de que no sepan mucho de teología alemana. Sienten y experimentan una especial simpatía hacia él. Se dan cuenta de que es muy distinto del Juan Pablo II del que les hablan sus padres. Benedicto no tiene la simpatía arrolladora ni la capacidad escénica que tenía su predecesor. Pero, cuando lo leen o escuchan, experimentan un instintivo movimiento de sintonía, empatía, cercanía. Ven que es un Papa para el hoy que habla de amor y verdad, de Jesucristo, de la Iglesia como su cuerpo y esposa, de adoración y respeto a la creación y al medio ambiente. Que habla con belleza y claridad. Le parece importante en esta sociedad posmoderna y algo esteticista, y a la vez quiere reconducirla a la belleza de Jesucristo, “el más hermoso entre los hijos de los hombres”, como reza el salmo.

Esto lo entienden los jóvenes. Pero, como Juan Pablo II, les habla claro y duro. No los adula ni les teme. Les admira por su juventud, pero tiene hacia ellos la mirada de padre, de profesor, casi de maestro. Sabe lo que tienen y lo que les falta. Benedicto XVI se da cuenta también de que, ante un foro tan numeroso y bien dispuesto como el de la JMJ, cualquier gesto puede convertirse en una catequesis. Por eso ha anunciado su intención de participar en la Fiesta del Perdón del Retiro. Va a confesar él mismo a algunas personas. Este gesto ha impresionado.

Según las noticias que llegan, se instalarán cientos de confesionarios, dando al parque madrileño un uso distinto y revolucionario. El precedente está en la JMJ de 2000, cuando el Circo Máximo romano se convirtió en un inmenso confesionódromo. Después de la confesión se quemaba un poco de incienso: los pecados se convertían en gracia.

Frente a los ataques a la Iglesia con motivo de los casos de pederastia y otros escándalos, el Papa repite que la Iglesia necesita purificación (incluso de los críticos). De allí lo de los confesionarios. La operación Limpieza ha empezado en la Iglesia. Además, serán de fabricación nacional. “Ávila exporta confesionarios de vanguardia para la visita del Papa”, reza un periódico digital. Y explicaba la noticia cómo un ebanista abulense ha construido 200 confesionarios para la ocasión. Tienen un diseño vanguardista en color blanco, que recuerda a una aeronave por sus dinámicas formas. Los confesionarios espaciales se instalarán en el Paseo de Coches una semana antes de las jornadas, y serán atendidos por cualquier sacerdote que lo solicite. Hasta ahora se han inscrito 2.000, pero las listas están abiertas. Los organizadores afirman que los confesionarios se reciclarán después de este bautismo de fuego para diversos usos.

La ecología –interior y exterior– es, por tanto, importante. Pero aún hay más. Como en Colonia en 2005, el Papa quiere aprovechar la ocasión para subrayar la importancia de la eucaristía en la vida cristiana. Es uno de los ejes centrales de su Pontificado. Para esto, se instalarán 17 carpas de adoración eucarística permanente en la explanada de Cuatro Vientos, durante la noche que la mayor parte de los jóvenes pasará allí. Va a ser aquella la más auténtica Movida madrileña. A los actos de catequesis y adoración hay que añadir toda una serie de eventos lúdicos o culturales: conciertos, exposiciones, proyecciones, obras de teatro… Y un vía crucis monumental. Servirán para acompañar sin difuminar los eventos principales. El arte, la belleza y la juventud son hermanos. Y en esto el Papa está también de acuerdo con los jóvenes.

RATZINGER, PADRE DE LA IGLESIA

Artículo del cardenal don Julián Herranz publicado en el especial ABC del pasado día 05/11/2010

EL Papa peregrina a Santiago de Compostela. Benedicto XVI manifiesta también con este viaje su sintonía espiritual con el Apóstol: «De Santiago el Mayor podemos aprender muchas cosas: la rapidez en acoger la llamada del Señor, también cuando nos pide abandonar la “barca” de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo siguiendo a Cristo por los caminos que Él nos indica, la disponibilidad para testimoniarlo con valentía». (Discurso, 21-VI-2006).

Son rasgos apostólicos que resumen bien el ministerio pastoral de este moderno Padre de la Iglesia —me atrevo a calificarlo así— que se llama Joseph Ratzinger. Porque las particulares circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo y las características de la persona y la obra de Benedicto XVI lo emparentan, en la doble dimensión intelectual y pastoral, con los Padres de la Iglesia antigua (Basilio, Atanasio, Agustín…), que por su rica doctrina y acción de gobierno interpretaron con especial clarividencia los signos de su tiempo y contribuyeron decisivamente a salvar la fe ortodoxa, la armonía entre razón y fe y los valores de la civilización. En este sentido me gustaría comentar tres grandes desafíos pastorales en el camino del Papa Ratzinger.

El primero se refiere a la interpretación del Concilio Vaticano II y a la llamada «crisis postconciliar». Fue un periodo de dramática confusión en amplios sectores eclesiales: tendencias a «actualizar» la teología marginando la divinidad de Cristo, interpretación temporalista del mensaje evangélico de salvación con reducción socio-política de la misión de la Iglesia, replanteamiento laicista de la identidad sacerdotal con mundanización de su estilo de vida y tremenda hemorragia de defecciones, experimentalismo litúrgico frecuentemente anárquico y desacralizador, etcétera. Por reacción, otros grupos se aferraban a un tradicionalismo reductivo de la verdadera Tradición cristiana, incluso en oposición a Roma.

A esas dos posiciones contrapuestas se opuso y se opone decididamente Joseph Ratzinger, primero como Cardenal en 1985 con el famoso «Informe sobre la Fe» justamente calificado de «histórica denuncia profética», y ahora como Papa celoso tutor de la unidad de la fe y de la comunión. «Nadie puede negar —nos dijo a la Curia romana en las Navidades de 2005—, que en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil». Y citando unas palabras de san Basilio sobre el post-Concilio de Nicea, precisó: «Por una parte existe una interpretación que se podría llamar hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura (…) Por otra está la hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad».

No tanto de san Basilio, el monje-obispo de Capadocia, sino más bien de san Agustín —que con su Ciudad de Dios desvinculó el destino del Cristianismo del destino político-cultural del decadente imperio romano— procedió la claridad con que Joseph Ratzinger afrontó otro gran desafío.

Fue el 18 de abril del 2005. En la homilía de la misa que precedió el Cónclave, refiriéndose al degrado cultural y moral en amplios sectores sociales, nos dijo a los cardenales: «¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas! (…) A quienes tienen una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se les aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos».

Así, mientras que Juan Pablo II se opuso especialmente a la «utopía totalitaria» de la justicia sin libertad, propia del comunismo y del nazismo, Benedicto XVI se opone a la «utopía relativista» de la libertad sin verdad, es decir, sin valores y verdades objetivas que tutelar. En el contexto socio-político esa actitud es signo de decadencia cultural y antropológica, pues «una democracia sin valores», a la que el relativismo hace «perder la propia identidad», es una democracia decadente, que puede fácilmente «degenerar en totalitarismo abierto o insidioso» (Discurso, 1-X-2005).

Pero Ratzinger, como los Padres de la Iglesia, no es hombre que se limite a señalar errores o peligros: él enseña que el Cristianismo es el encuentro con la Verdad encarnada, con Cristo, que revela al hombre no sólo el misterio de Dios sino también el misterio del hombre: la excelsa dignidad de su naturaleza y de su destino eterno.
Por eso, sin «hacer política», propone un tipo de sociedad en la que la armonía entre fe y razón sea la medida del verdadero humanismo, y donde un sano concepto de laicidad —que respete la dignidad de la persona y sus derechos inalienables, entre ellos la libertad religiosa de culto y de conciencia— permita superar el fundamentalismo laicista, hostil a la relevancia familiar, cultural y social del Cristianismo y, en general, de la religión.

Del fundamentalismo laicista al fundamentalismo islámico, tercer desafío con el que Benedicto XVI se ha enfrentado de modo dialógico y constructivo en el famoso discurso en la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006, en su posterior viaje a Turquía y, últimamente, en el Sínodo de Obispos sobre el Oriente Medio.
Su repetida afirmación de que «no actuar según razón es contrario a la naturaleza de Dios» y que «toda religión ha de respetar la dignidad del hombre» ayuda a comprender que el acto de fe ha de ser un acto razonable y libre, nunca impuesto por la violencia: ni por la violencia física del terrorismo ni por la violencia de leyes civiles que no respeten la libertad de culto y de conciencia.

En el fondo, se trata del encuentro «entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión», y de entablar un diálogo entre cristianos y musulmanes que se realice desde el mutuo respeto de la dignidad personal, que ayude a promover valores comunes como la paz y la vida humana y a «oponerse a la dictadura de la razón positivista que excluye a Dios de la vida de la comunidad». Interceda el Apóstol Santiago.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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