Por Javier Pardo de Santayana

(Roma 2009. Acuarela de Viktoria Prishedko en watercolorspainting.com. 56×76)(*)
En estos tiempos que corren da gusto ver a los jóvenes cristianos. Muchachos y muchachas que, a la frescura y la espontaneidad de la juventud, unen una mirada limpia y una alegría auténtica. Futuros hombres y mujeres que saben adónde van, que tienen una visión moral de su existencia. Que saben de qué va esto de vivir. De aquí deriva su alegría: en ellos hay como una seguridad básica, fundamental, que les saca de la desorientación reinante.
Porque tan pronto como alcanza la edad de la razón, el ser humano se topa con el misterio. Es, remedando a Descartes – ya saben, el de «pienso, luego existo» – el «pienso, luego no entiendo». Una frase en la que encontramos nada menos que la razón y punto de partida común de la religión, de la ciencia, del arte; del drama, en suma, de la existencia humana.
Y es que fuera del misterio todo es artificio. Gran parte de lo que hacemos más allá de subsistir está encaminado a ocupar de alguna forma nuestro tiempo. Pero el misterio permanece ahí. La actividad incesante a que está abocado el hombre no puede ocultar a éste su realidad última.
Hace poco oí en un programa cultural de nuestra televisión que sólo conocemos un 4 por ciento del universo; el 96 por ciento – materia y energía oscuras – sigue siendo absolutamente desconocido. También oí que pudiera haber otros universos «paralelos», pero que si tales universos existieran no llegaríamos nunca a conocerlos. Quizá sea por eso, y por la humildad que aconseja, por lo que entre los cosmólogos se encuentran más creyentes que entre otras ciencias parecidas. La diferencia está en la visión integral de la realidad.
Otra cosa vemos también entre los jóvenes cristianos, y es que se salen del modelo corriente, de la mediocridad reinante, Siempre se esperó de los jóvenes un punto de rebeldía; mejor dicho, algo de inconformidad con la rutina. Y, desde luego, lo que vemos en «indignados» y gentes por el estilo, es, sí, mucho «cabreo», mucho «anti», pero poca cosa más. Lo que vemos es, en realidad, mucho de lo mismo, o sea de lo que parece estar de moda. Mucha desorientación y, en el fondo , mucha acomodación a los tics del momento, a los eslóganes habituales. A lo que oímos en los pareados de las manifestaciones reivindicativas o leemos en las pancartas y en las frases serigrafiadas sobre las camisetas de los horteras al uso.
En este sentido quizá pudiera apuntarme ciertos rasgos juveniles. Me encanta, por ejemplo, ver a esos padres de familia numerosa que se toman a beneficio de inventario las recomendaciones de los juiciosos y los comentarios de los contaminados por los lugares comunes. Y, aunque mi reacción proceda de la admiración por su generosidad, confieso que lo que en ella predomina es mi satisfacción al ver que aún queda alguien que se atreve a nadar contra corriente.
Y a contracorriente han de ir – y a mucha honra – los jóvenes católicos. A contracorriente del egoísmo y el materialismo reinante, de la esclavitud del dinero, de la indiferencia moral que se extiende por todas partes. A contracorriente de lo «políticamente correcto», de la zafiedad, del odio, de la polémica elevada a la categoría de valor, de la banalización del sexo y de la vida en general; de la idolatría de los cachivaches tecnológicos.
Sí; ir a contracorriente de muchas cosas, pero conscientes del valor que como cristianos atesoran; de ese plus del que disfrutan. Plus por tener una visión cosmológica de la vida que les sitúa en la búsqueda del conocimiento; en el acercamiento a la Verdad. Plus sobre la mayoría de los no creyentes – antes o después amargados por la falta de perspectiva y por los avatares de la vida – porque ellos nunca estarán solos y porque serán capaces de disfrutar de la felicidad y arrostrar la infelicidad, perdonar a quienes les ofenden y valorar una sonrisa y una lágrima. Y porque el fruto de todo esto es esa esperanza que necesita el mundo.
Por todo esto y porque es su señal de identidad más clara, es por lo que vemos tan alegres a estos jóvenes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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