Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Camilo Huescar en su reciente exposición en la Galería Xeito de Madrid) (*)
No hace mucho escribí en este mismo blog un artículo en el que me refería al proceso de pérdida de autoridad que venimos padeciendo en las sociedades avanzadas.
Algunas de las expresiones de este fenómeno están contribuyendo de una u otra forma a esta percepción; precisamente en el artículo que acabo de citar señalé algunos casos evidentes. Ahora, la pérdida de autoridad, y el desafío que nos plantea, se están manifestando de forma ostensible y clamorosa. En nuestra tierra, desde luego, pero también fuera de ella.
Nos preguntamos si todos los sucesos a los que me refiero responden a unas mismas razones de fondo o tienen sus raíces en causas diversas, pero aun en este último caso – es decir, aunque no hubiera un origen común -, llegaríamos a la conclusión de que existe un problema más profundo de lo que imaginamos, y es la existencia de un ambiente difuso que impulsa a muchos de nuestros conciudadanos a reaccionar de forma violenta por las cosas que pasan, cogiendo así con el pie cambiado a algunos dirigentes pusilánimes.
Desde luego, ambiente no falta. La sociedad del bienestar y el fenómeno de la globalización han hecho que se extienda la idea de que vivimos en un mundo de derechos más que de deberes, y que éste no puede ser sino perfecto y al alcance de todos, quedando así más patentes que nunca las injusticias y desigualdades, sean estas grandes o pequeñas , y los desajustes y fallos tanto voluntarios como dolosos. Además, de lo que se trata es de tener y no tanto de ser. He aquí un mundo donde todo parece estar al alcance de nuestra mano y en el que no se perdonan las posibilidades perdidas o hurtadas a nuestro disfrute; un mundo en el que carecemos de un esquema de prioridades que se apoye en un orden moral. Todo invita a un placer que no alcanzamos y que se basa en la posesión de cosas. De aquí el vacío, que se llena de ruidos y de acciones sin sentido. Por otra parte, la incapacidad de los gobiernos para desarrollar una gestión justa y eficaz desacredita a éstos ante la indignada mirada de quienes se sienten maltratados.
El cóctel es, indudablemente, peligroso, porque el vacío al que me refiero es de naturaleza espiritual y tiende a ser ocupado de alguna forma. Así que, entre la reacción airada que desconfía de los mecanismos de la democracia y la carencia de principios de los miembros de una sociedad sumida en la indiferencia moral, se crea una mezcla explosiva cuyas consecuencias estamos percibiendo.
Ahí tenemos a los intransigentes de la Puerta del Sol de Madrid. Se nos presentan como idealistas y con su parte de razón, puesto que su motivación se basa en el evidente deterioro de las instituciones del Estado y en un mensaje de trasfondo moral: el rechazo de una sociedad inmersa en la mentira, como solía denunciar Julián Marías. Y y sin embargo, ¿qué nos ofrecen en la práctica? Pues justamente lo contrario: la desobediencia de la Ley, el ataque a la creencia de la mayoría de los españoles, la descalificación y la vejación de las fuerzas del orden, el hostigamiento a la prensa, y una violencia disfrazada de virtudes cívicas. Nada que ver, desde luego, con las «revoluciones árabes», cuyo objetivo aparente es liberar al pueblo de la tiranía. Solo se parecen en que ambos movimientos aparentan lo que no son, o al menos lo que pretenden realmente ser.
Ahora nos asombramos de los disturbios acaecidos en Gran Bretaña, donde se asaltaron e incendiaron tiendas y almacenes para robar, no ya artículos de primera necesidad, sino ropas de marca, ordenadores, altavoces y otros trastos de la Sociedad del Bienestar. Alto «standing». Y ojo al parche, que la mitad de los detenidos eran menores de edad.
¿Y qué me dicen de la airada reacción de esos jóvenes que abusan del resto de los ciudadanos y creen tener el derecho inalienable de emborracharse y armar pata en Lloret del Mar, o de los variopintos chulos de Lavapiés que acogotan a los policías cada vez que éstos entran en el barrio persiguiendo el crimen?
Cierto es que en el panorama de fondo tenemos una crisis económica, una legión escalofriante de parados , dirigentes ineptos y un futuro incierto y oscuro. Por tanto no es de extrañar que haya un profundo y generalizado malestar. Es más, muchos estamos más que indignados ante la deriva que observamos. Pero no es menos cierto que también tenemos una juventud maleducada en el sentido más exacto de la expresión. Una juventud que, salvo las naturales excepciones, carece de una mínima dimensión espiritual o trascendente, y, en consecuencia, de un esquema de vida que la permita contar con recursos cuando las cosas vienen mal. De ahí la tendencia a una reacción airada que busca dónde descargar su agresividad, y que se ensañará contra cualquier símbolo de lo que detesta: contenedores, farolas, vehículos, rótulos, personas, edificios oficiales, policías o periodistas.
Uno se pregunta qué han hecho hasta ahora en beneficio de sus conciudadanos estos vándalos, aquellos antisistema, esa gente que se autoproclama «indignada» y que en vista de ello violenta a los demás; esos muchachos que simplemente desean correrse la gran juerga o quienes desafían a la autoridad que les protege. ¿Qué clase de idealismo mueve a algunos a hostigar a los concejales, hacer la vida imposible a los comerciantes, quemar los contenedores de basura, destrozar el mobiliario urbano, insultar al Papa o, simplemente, situarse por encima de la Ley sin pedir permiso a nadie? ¿Qué pretenden con ello? ¿Convertirse en mitos imitando gestos aplaudidos por algún sector de la prensa? ¿Tener su momento de gloria? ¿Cambiar el mundo a base de lemas de camiseta?
Ante esta gente hemos visto, sobre todo, condescendencia. A veces nos preguntamos por qué ahora y por qué antes no. Pues será porque la situación general es lamentable, pero también, y sobre todo, porque se sienten estimulados por el ambiente general y por la debilidad de los dirigentes. Pero la solución al problema no está en la debilidad y el halago, sino en todo la contrario: en ejercer la firmeza del estado democrático. La única solución es aplicar serena y firmemente la Ley. El Estado será – y efectivamente lo es – imperfecto; habrá, sí, que regenerar casi todo y cuanto antes mejor, pero para ello ya existen los medios necesarios: de una parte, el voto; de otro, la sana reacción de la sociedad civil. Todo lo demás es demagogia en un país libre y avanzado.
Lo que no puede hacerse es dejar la calle a cualquier vociferante armado de pancarta y pareados. Nada hay tan destructivo para la democracia como la debilidad, siempre atractiva, sin embargo, para quien da prioridad al voto favorable; para quien es propenso a los gestos de «simpatía» al agresor y a manipular los ecos de la violencia; para quienes pretenden salvar la piel propia y de los que ejercen la violencia – o incumplen la ley a sabiendas – derivando la culpa hacia conceptos tan difusos como «la sociedad» o «el sistema». Y atractiva también para los que endosan la culpa a quienes tienen la autoridad física o moral, tachándolos de estrictos y poco amantes de la libertad.
En efecto, la progresía está dispuesta incluso a adular a los violentos y antisistema, otorgándoles cargos públicos con el pretexto de que ya no son tan malos o de que así acabarán entrando en el redil.
¿Cuándo vamos a obrar con sensatez y sabiduría, y, por tanto, sin complejos? Recordemos que entramos en tiempos difíciles que pueden complicarse mucho, que no hay libertad sin seguridad, y que éste es un axioma independiente de sistemas e ideologías.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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